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COLUMNA

Atajo

El lunes, tras el empate del Villarreal en el que Guardiola asombró con más aciertos que errores, se reabrió el debate anti-Pep que, por ciclos, alimenta el lado más salvaje del alma culé. Con su estilo estridente, Lluís Canut decía en Catalunya Ràdio que había llegado la hora del cambio, incluso para algún que otro futbolista considerado 'más que un jugador'. La referencia, expresada con un chungo sentido del eufemismo, era clara. Más tarde, en Radio España, Luis Lorente lanzó a sus oyentes esta demagógica pregunta sin concesiones: '¿Debe el Barça renovar a Guardiola?'. La bola de nieve, desempolvada del almacén en la que descansaba desde que el nuñismo más heavy la sacó a pasear engordándola con rumores, volvía a rodar por la pendiente mediática.

Con su decisión de no renovar, Guardiola trunca este tufillo conspirativo y encuentra el mejor atajo entre sus intereses y las indecisiones del club. Él ya no tiene edad para soportar según qué y el club no puede seguir utilizándolo como símbolo por la mañana y chivo expiatorio por la tarde. No ha habido otro como él, ni siquiera a la hora de despedirse con un elegante discurso sincero, pero que permitía leer entre líneas. Y más aún teniendo en cuenta que Gaspart, el único día en el que era indispensable, no estaba a su lado. Ha sido el mejor en el sentido futbolístico, pero también en una interpretación del barcelonismo que supuso un obstáculo para más de una tentación de catenaccio identitario. Mamó leche culé, debutó con Cruyff, aprendió con Koeman y Laudrup y, de repente, vio cómo todo este mundo en el que él era alumno y no profesor salía por la puerta falsa, rodeado de la habitual contaminación que genera una directiva que tiene el honor de haber visto marchar a sus mejores héroes.

En su última etapa adquirió excesivo protagonismo, cubriendo las lagunas que dejaban los que no se mojan o no se enteran de nada. Contra indiferencia, implicación, contra egoísmo, compromiso, ése ha sido siempre su método. Pertenece, pues, al pasado. Como jugador, porque su estilo, hijo de un sistema que ha sido vilmente desmantelado, no puede hipotecar el inestable futuro de un club que no sabe lo que quiere. Como culé porque el sentimiento que durante 17 años ha representado Pep ya no es el mismo. Como futbolista, en cambio, su vida sigue. Le veremos por satélite, en resúmenes que pondrán de manifiesto su talento y nos dolerá que, por nuestra mala cabeza, no fuéramos capaces, entre todos, de seducirlo hasta el final. Si se quedaba, lo iban a criticar hiciera lo que hiciera. Así que, por lo menos, que sea una decisión suya, tan personal como su juego, la que le permita seguir haciendo fácil lo difícil, una cualidad inusual en un club y un entorno que suelen hacer difícil lo fácil. Fue bonito mientras duró. Con su decisión, Guardiola consigue que nadie empañe este recuerdo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de abril de 2001