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La destrucción de los Budas en Afganistán

VANDALISMO EN NOMBRE DEL ISLAM

La destrución de las milenarias y gigantescas estatuas de Buda en Afganistán, perpetrada en nombre del Islam por el régimen de los talibán es un atentado cultural de proporciones incalculables. El autor de este artículo es uno de los principales especialistas mundiales en la historia de Irán, Afganistán y Asia central.

La destrucción de dos Budas gigantes esculpidos en la ladera de una montaña en Bamian, en las montañas de Afganistán, es un desastre de inmensas proporciones que retrotrae a la Revolución Cultural de China.

La acción se comete en nombre del islam, pero éste no ofrece ninguna base para un vandalismo semejante. De hecho, el mundo musulmán ha admirado las dos esculturas casi desde el día en que el islam echó raíces en la región, alrededor del siglo IX.

La destrucción afecta a las representaciones gemelas de Buda más importantes que existen; una de ellas es la mayor estatua de un Buda de pie en el mundo, con 53 metros de altura. Las esculturas datan, según la mayoría de los especialistas, aproximadamente del siglo V, y nos recuerdan que la iconografía de la figura de Buda se creó en las regiones del este del imperio iraní antes de viajar hasta Extremo Oriente.

En los primeros tiempos, fascinaron por igual a budistas y musulmanes. El chino Hiuan Tsang visitó el lugar como peregrino en el segundo cuarto del siglo VII. Vio que el mayor de los dos Budas 'brillaba por el oro y los ornamentos preciosos', una alusión al ritual de 'adornar a Buda', en el que se cubría la estatua de brocados de oro y joyas.

Los musulmanes contemplaron los Budas con la misma admiración y sin emitir jamás una palabra de condena. En el siglo XI, el escritor iraní Sam'ani, de Marv (que ahora se encuentra en el sur de Turkmenistán), describió ambos 'ídolos' y contó que se llamaban Surkh But (Buda rojo, en persa) y Khing But (Buda blanco como la luna). 'Dicen que no existe nada parecido en todo el mundo', escribió. Seis siglos después, el autor musulmán de un diccionario de persa escrito en India (el Farhang-e Rashidi) seguía calificando Khing But como 'una de las maravillas de nuestro tiempo'.

Las pinturas murales que cubrían los nichos abovedados en los que se yerguen los Budas eran muy admiradas y tienen tanta importancia como las estatuas, porque son un vestigio único de la pintura de los siglos VII y VIII en aquella zona del mundo. Con una sola excepción -cuando la artillería de un jefe mogol destruyó, en el siglo XVII, la parte superior del Buda de más tamaño-, los musulmanes de todo el mundo, incluidos los de Siria, Irán e India, han contemplado siempre los Budas con profundo interés, igual que han hecho en el caso de otros monumentos antiguos.

Las pruebas reunidas por los arqueólogos en Bamian muestran que, al cabo del tiempo, el lugar quedó abandonado sin ningún signo de destrucción, una observación que corroboran los hallazgos paralelos en otros emplazamientos budistas de la parte oriental del mundo iraní: Kara Tepe, cerca de Termez -en la frontera entre Afganistán y Turkmenistán- o Adjina Tepe, en Tajikistán.

De hecho, todo el mundo islámico ha observado siempre la tradición de respetar las ruinas antiguas: hubo visitas de emires y sultanes -que grababan bellas inscripciones para dejar constancia de su viaje- a Persépolis, cerca de Shiraz (Irán), desde el siglo X hasta épocas recientes. En la Siria histórica, Palmira recibía a numerosos visitantes. Y todavía hoy se extienden incontables ruinas griegas y romanas en los países árabes, desde Jordania hasta Marruecos.

Los sultanes otomanes vivieron felices en una tierra aplastada por el peso de los dioses y diosas griegos. Ningún sultán tembló nunca ante la idea de que las estatuas pudieran suscitar una recuperación de las antiguas prácticas religiosas de los griegos.

Sin embargo, ése ha sido el argumento citado por el predicador Mullah Omar cuando decretó la necesidad urgente de destruir todos los monumentos budistas en Afganistán para salvar a su pueblo de la idolatría. Cuando esa ira se extiende a los museos que contienen hermosas esculturas budistas realizadas entre los siglos II antes de Cristo y VIII después de Cristo, hay que preguntarse si no serán motivos muy diferentes los que dictan esos crímenes contra el tesoro colectivo de un pueblo hundido en la pobreza.

Desde hace 10 años ha ido saliendo poco a poco de Afganistán una serie de objets d'art toscamente excavados. Entre ellos, una parte inmensa de las vasijas de bronce que se venden en las subastas y los canales del comercio artístico como estilo islámico primitivo, además de objetos de cerámica, a menudo procedentes de Bamian. A las esculturas budistas hay que añadir un número también muy elevado de antigüedades del segundo milenio antes de Cristo, halladas en Bactria (la región que rodea Balkh).

La orden de 'destrucción' proporciona una cortina de humo muy útil para ocultar el saqueo masivo del país, una operación que sólo se puede realizar con la connivencia de las autoridades de bajo y medio rango. Va en contra de la opinión de la mayoría del mundo islámico, tanto pasada como presente, y, en el derecho islámico, un método reconocido para tomar la decisión apropiada en asuntos polémicos es precisamente ése: respetar la opinión mayoritaria en la comunidad.

Por desgracia, las voces más airadas en contra de la destrucción tienen pocas posibilidades de causar impresión. Las autoridades indias, que no hicieron ningún esfuerzo visible para detener, en 1992, la destrucción de la histórica mezquita del siglo XVI en Ayodhya a manos de una muchedumbre hindú, no están precisamente cualificadas para ofrecer advertencias moralistas sobre la protección del legado cultural. En un país en el que la gente se muere de hambre a centenares, en los campos de refugiados de Herat, y otros mueren por congelación, parece que existen necesidades más urgentes que la destrucción de unas estatuas erigidas en honor de una fe que desapareció de la región alrededor del año 1000.

Los talibán -palabra que en persa significa 'estudiosos del Corán'- deberían estudiar más, tal vez, y examinar el Corán con más atención. Es posible que descubrieran que, hasta ahora, hay varios preceptos fundamentales del islam que se han escapado a sus ojos: desde la obligación de dar de comer a los pobres hasta la compasión y la misericordia que figuran entre los atributos de Dios y se supone que deben inspirar la conducta de los verdaderos creyentes. La trayectoria de los talibán es mediocre en todos los aspectos.

Souren Melikian, redactor de arte del International Herald Tribune, es uno de los principales especialistas mundiales en la historia cultural de Irán, Afganistán y Asia central.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de marzo de 2001