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24ª jornada de Liga | FÚTBOL

90 minutos de Djalminha y 4 de Tristán

El brasileño fue el mejor del partido; el delantero, el salvador del Deportivo

Cuatro minutos le bastaron a Diego Tristán para pasar a la posteridad del partido. Lo intentó primero con un remate desde fuera del área, alto. Pero su gran obra llegó inmediatamente después: agarró el balón en el área y le dijo que ni hablar al tiro agónico y desesperado que exigía la ocasión, con seis minutos tan sólo por delante y el 1-2 que cerraba prácticamente la temporada en el cogote. Tristán dijo que no, que él sólo concibe el fútbol desde la pausa. Y se paró. Tentó a Celades a que le entrara para doblarle con un quiebro, pero, como el madridista le aguantó, levantó la ceja y ajustó el balón a un rincón. Gol: 2-2. Oxígeno para la Liga.

Djalminha. El mejor del partido, con muchos cuerpos de ventaja sobre el resto. Participó mucho y de manera prodigiosa. Dejó pases interiores milimétricos y avisados de gol por todas partes -y malgastados por sus compañeros-, cambios de juego letales, fintas de lujo y unos cuantos disparos venenosos. Estuvo filigranero, pero a la vez efectivo. El Madrid no supo responder a ninguna de sus maniobras. Todo lo que hizo el Deportivo en el primer tiempo, que fue mucho, pasó por sus zapatos. También se dejó llevar por esas protestas que le pierden, sobre todo camino de los vestuarios en el descanso. Pero lo bueno de su fútbol ganó con mucho a lo malo de su carácter. De hecho, ni siquiera perdió la fe. Se tomó el partido en serio y asumió su condición de crack hasta el minuto final. El peligro del Deportivo. Fiel a sí mismo, y pese a la trascendencia del momento, se atrevió, y con éxito, a lanzar el penalti del 1-2 a lo Panenka.

Figo. Sorprendió por partida doble. Para empezar, por lo táctico: en sus fugas de la banda para arrastrar hasta el interior del campo a sus vigilantes y aclarar el costado derecho se escondió buena parte del éxito del Madrid en los minutos iniciales. Lo hizo en el 0-1, cuando se las apañó para abrirle una autopista a Salgado, pero también en la mayoría de las contras de su equipo. Y sorprendió por sus permanentes ayudas defensivas -también las hizo Raúl-, a las que le acabó obligando el perfil del partido. Su falta de pericia en estas funciones, eso sí, le hizo arrollar a Djalminha en cuanto éste le fintó en la jugada del penalti del 1-2.

Emerson. Infatigable. Por su culpa, por su habilidad para recuperar los balones que escupía el área, casi todos los ataques del Deportivo gozaron de una segunda oportunidad. El corazón de su equipo.

Casillas. Pocas veces había tenido tanto trabajo. Lo resolvió de manera formidable bajo los palos en tres o cuatro remates, pero sufrió en los balones cruzados. La tranquilidad, pese a los agobios, volvió a ser su mejor virtud. El poste, eso sí, fue su gran amigo. Hasta cuatro veces la pelota impactó en la madera.

Celades. Simplemente, correcto. Pasó problemas para interpretar las apariciones de Djalminha por su zona y le faltó presencia para contener a Emerson. En el gol decisivo le concedió a Tristán los centímetros y los segundos que necesitaba para inventarse un disparo.

Makaay. Representó como ninguno el principal mal del Deportivo. Dilapidó los mejores minutos tirando a la basura ocasión tras ocasión. Una de ellas, incomprensible: tras un disparo al palo de Djalmi-nha, a dos metros de la línea de gol y solo, envió con su izquierda el balón a las nubes. Tiró de primeras todo lo que le llegó, como siempre, pero esta vez sin puntería.

Roberto Carlos. Pasó de puntillas por el encuentro. Sus subidas por la banda, una de las mejores armas del Madrid habitualmente, no aparecieron por ningún lado. No se le vio en Riazor, pero él salió muy feliz del partido porque no recibió la amonestación que le habría impedido jugar el sábado ante el Barça. Tal vez eso explique su dimisión de ayer.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de febrero de 2001