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EL PRECIO DE LA LIBERTAD

Recuerdos sobre su iniciación en ETA, las primeras muertes y el proceso de Burgos

Mayo del 68

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Una tarde quedé con Teo, como le empezamos a llamar a Alí, aunque no le gustara nada, para tomar un café porque quería comentar con él unos papeles que había escrito sobre la historia de Euskadi que me había pedido Txiki. Pero no pudimos hablar porque antes de que entrara en el bar me quedé fascinado por las imágenes del telediario: París era una fiesta. Los estudiantes pretendían hacer la revolución y habían montado barricadas gigantescas amontonando coches, además de dejar las calles de la ciudad sin adoquines. Los arrancaban porque debajo estaba la arena de la playa, decían. Para cualquier observador serio de la realidad política europea, sobre todo si era de izquierdas, todo aquello era absurdo, carecía de sentido. Los estudiantes no representaban ningún papel en el sistema productivo, por tanto no tenía sentido que quisieran hacer una revolución. Pero para nosotros era la plena justificación de nuestra apuesta vital. Un sector social marginal, en Cuba un puñado de guerrilleros, en París los estudiantes, en Euskadi unos cuantos militantes, éramos capaces de poner en jaque a los gobiernos y obligar a los trabajadores a tener que definirse, a 'posicionarse', como empezaba a decirse, o con el poder o con los revolucionarios. (...)

Por supuesto, nos daba una envidia enorme la alegría que mostraban los manifestantes en su lucha contra la policía, y porque eran miles los que se movilizaban, y no como nosotros, apenas un par de docenas de personas todo el día escondidas. Si en Francia finalmente triunfaba la revolución sería una revolución alegre y llena de vitalidad, mientras que en Euskadi, por las formas de lucha, sería algo sórdido y un tanto jansenista o quizá jesuita, donde dominaría más que la exaltación vital de los valores de los trabajadores el miedo al pecado que representaban los valores burgueses. En Euskadi, los jesuitas vencerían una vez más a los franciscanos. La ascética sobre la mística.

Las armas

Maxi nos propuso a Pello y a mí que le siguiéramos con la excusa de aprovechar el rato, y fuimos a su habitación. Mientras revolvía en unas bolsas de plástico que había dejado en el interior de uno de los armarios, Pello y yo nos sentamos sobre una de las camas. No nos podíamos imaginar para qué nos quería. Tras desenvolver algo, se dio la vuelta y nos mostró dos pistolas. Una parecía sin estrenar, una Star del 7,75 con cachas marrones y cañón redondo. Realmente era horrible, no había visto nada parecido en ninguna película. La otra era todavía peor: una 6,35 negra. Nos pidió que eligiéramos.

Pello se adelantó y dijo que la que más le gustaba era la grande. Yo comenté que la pequeña sólo lograría amedrentar a la gente haciendo ruido con la boca (¡pum! ¡pum!). Entre Pello y yo se creó una extraña competencia, de repente nos tomamos este asunto como si tuviera algo que ver con la jerarquía en la organización o al menos con la antigüedad. Ciertamente, Pello llevaba mucho más tiempo que yo en ETA y tenía el mérito de haber montado la organización en un lugar como Éibar, donde no había más que unos cuantos quemados, y la convirtió en una de las zonas más activas de toda Euskadi; pero también era cierto que yo me había liberado antes que él. Maxi decidió que lo mejor era sortearlas. Sacó una moneda del bolsillo pequeño del pantalón y señaló a Pello con el mentón. (...)

Aquella noche dormimos todos en la casa del pelotari de Ondárroa.

Fue la última vez que vi a Pepe. Siempre le recordaré tal como estaba en aquella escena, en calzoncillos y haciendo gala de una extrema delgadez mientras simulaba que sacaba del cinto una enorme pistola del 9 largo que había hecho la guerra civil, para apuntar precisamente a un espejo que reflejaba su imagen quijotesca. Era el símbolo de un suicidio que expresaba mejor que ningún discurso lo que éramos en aquel momento y el espíritu ascético de inmolación que nos animaba, particularmente a él. (...)

Al día siguiente quedé con Teo, con Kepa y Manu, dos militantes de la zona, para hacer prácticas de tiro. Me moría de ganas para ver cómo funcionaba mi pistola; Teo parecía un experto en armas a juzgar por el conocimiento que demostraba sobre marcas de tanques, aviones, fusiles y cañones. Me recogió enfrente de la estación de Algorta y nos dirigimos a un lugar cerca del paso a nivel que estaba junto a la iglesia de Santa María de Getxo. Enseguida llegaron Kepa y Manu; el primero llevaba una gran bolsa de viaje que, a juzgar por cómo la cargaba, debía pesar muchísimo.

Salí del coche para que ellos entraran al asiento posterior del 4L y nos dirigimos hacia la zona de Plencia pasando por Berango. Nos adentramos por carreteras vecinales, pero no había manera de dar con un lugar que convenciera a Teo: si no era porque había mucho tráfico era por un caserío de las proximidades o porque no se sabía qué podía haber al otro lado del pinar. Como me iba impacientando cada vez más, empece a disparar a las señales de tráfico, naturalmente con poco éxito. Teo iba poniéndose más y más nervioso, pero a mí me parecía que nadie podría identificar con disparos el ruido que hacía mi pistola; en las películas el sonido era mucho más rotundo y parecía que la tontería que le había dicho a Maxi sobre el pum-pum de mi pistola era cierta.

Finalmente, nos decidimos a adentrarnos por un pinar hasta dar con una pequeña campa que nos hacía sentirnos suficientemente protegidos y desde donde se observaba la carretera. Kepa abrió la gran bolsa y sacó unos papeles de periódico que cedió a Manu para que los colocara en un árbol a modo de diana; luego sacó un fusil de mira telescópica y lo montó: ajustó la culata al cañón y luego el telescopio, introdujo un cargador cerca del gatillo y se lo ofreció a Teo para que se estrenara.

Este adoptó la pose de todo un profesional: respiró hondo, adaptó el codo a la cintura y agarró el fusil; los dedos de la otra mano se abrieron como un abanico antes de introducir el índice en el gatillo. Contuvo la respiración y disparó. El papel, ni se inmutó. Ninguno de nosotros percibió el más mínimo indicio de disparo ni en el pino, ni el suelo ni en ningún otro árbol de los alrededores; si no fuera por el apagado ruido del disparo, los tres juraríamos que no había disparado. Teo se quedó muy desconcertado. Se adelantó unos pasos y repitió el rito con idéntico resultado. Parecía como si disparara con balas de fogueo. La tercera vez que repitió la operación, tras avanzar una decena de pasos, se quedó mirando incrédulo al fusil como si le estuviera tomando el pelo.

La muerte

Conchi dijo que era amiga de Mako y, cuando comprobó que había eliminado mis sospechas me dijo que había venido a avisarme de que en un control habían matado a Etxebarrieta y otro compañero había logrado huir.

Pusimos la radio y al poco tiempo dio la noticia: había habido un enfrentamiento entre un comando de ETA y un guardia civil de Tráfico que les había interceptado para pedir la documentación; el resultado fue la muerte del cabo Pardines Alday. Los dos miembros del comando se habían ocultado en Tolosa, pero cuando salieron para cambiar de refugio fueron de nuevo interceptados. Se resistieron y uno de ellos había muerto, mientras el otro huyó. El muerto llevaba el carnet de identidad a nombre de Lukas Aigües, esto es, mi compañero del banco que me había dado su carnet, aunque luego se comprobó que en realidad era Francisco Javier Etxebarrieta Ortiz.

Irune se asomó y preguntó qué había ocurrido. Le respondí que habían matado a Pepe porque deduje que el carnet de identidad que había pasado a la organización era utilizado por Pello o por Pepe, si el apellido no era Sarasketa tenía que ser Pepe. Irune contestó que él había matado a un guardia civil.

No le respondí porque me invadió una enorme e incontrolable sensación de orfandad. Tenía la impresión de que el único que sabía de verdad para qué me había liberado era Pepe porque quizá era el único que tenía una idea medianamente clara de cuál era la extraña e inaprensible lógica del lío en que nos habíamos metido. Como se había empezado a ver en el BT de Ondárroa, teníamos sentimientos encontrados respecto a la frenética actividad desarrollada por la organización. Por un lado estábamos satisfechos porque había generado más noticias en la prensa y de mayor dimensión que todos los grupos políticos juntos, pero por otra parte nos daba la sensación que habíamos caído en una especie de borrachera de la acción por la acción que nos llevaba a relegar las actividades políticas propias de la organización. (...)

De pronto me asaltó un temor, sin duda infundado, pero que se fue haciendo cada vez más grande hasta convertirse en un puñetazo en el pecho. Quizá los guardias me habían reconocido y, teniendo en cuenta lo ocurrido con Txabi Etxebarrieta, en lugar de intentar detenerme en plena carretera me habían dejado pasar, esperando que me confiara y me durmiera para venir a detenerme.

Esa obsesión impidió que conciliara el sueño y me pasé toda la noche escuchando los ruidos de los coches y los ladridos de perros cada vez más espaciados... Sólo cuando las cosas empezaron a recuperar sus auténticas formas como si, movidos por una voluntad interior, arrojaran las tinieblas, vi que los guardias dejaban de parar a todos los coches, quizá porque el tráfico se había intensificado, y me dormí sentado con la cabeza apoyada en la ventana. Lo peor no era que no hubiera cama donde descansar, sino la soledad y el miedo. Esperar tontamente a que vinieran a cogerme... No podíamos quedarnos con los brazos cruzados lamentando la muerte de Txabi y la detención de Pello o, lo que era peor, nuestra propia suerte; teníamos que aprovechar al máximo las nuevas posibilidades de lucha que nos ofrecía su sacrificio. Lo importante era no pensar. (...)

En ese momento empezó el telediario. La primera noticia fue que Melitón Manzanas, el comisario de la Brigada Político-Social de Guipúzcoa, había sido asesinado en Irún a la puerta de su casa. Apareció una foto de él, como de carnet de identidad; luego, el chalet donde vivía: Villa Arana. Un terrorista le esperaba cuando volvía a comer a mediodía, y le descerrajó varios tiros. No había testigos. Quizá porque había coincidido que estaba cayendo un gran chaparrón.

Teo me acercó su destornillador para que lo chocara con el mío. Pero no fue un brindis de celebración, parecía más bien la liberación de la tensión en que nos habíamos mantenido durante tanto tiempo:

-Esto se acabó -dijo trágicamente, como buen andaluz.

-Efectivamente -asentí.

Pero lo que se acababa no era la tensión, sino nuestra propia vida, ambos teníamos clarísimo que en cuanto nos cogieran nos iban a matar. Y una vez vista la noticia en el telediario sentíamos que, en efecto, aquella muerte significaba nuestra voluntad de cerrarnos todas las puertas para que no pudiéramos salvarnos, para que la tentación del reformismo no anidara jamás en nosotros, para que entre el pueblo vasco y el Estado español no cupiera otro lenguaje que el de la muerte y los tiros. Y esa política tenía un precio: nuestra propia muerte.

He comprobado que es imposible vivir con la idea de nuestra muerte siempre presente. Por eso nos inventamos un truco que debe ser bastante frecuente entre la gente que por su oficio la ve pasar casi todos los días a su lado, que consiste en pensar que ha habido un momento en que ya te han matado y, por tanto, el resto de tus días los estás viviendo gratis, como de propina.

El juicio (1970)

Si ETA había cometido todos los delitos de los que nos acusaban, lo lógico sería que sus miembros fueran juzgados y condenados por ello. Pero eso era demasiado simple para una dictadura. La Ley de Bandidaje y Terrorismo basaba su justificación en la existencia de unas circunstancias políticas especiales que hacían necesaria su vigencia, y éstas consistían en la existencia de una guerra fáctica aunque no hubiera mediado una declaración formal; lo cierto es que esa guerra se estaba produciendo, ¿por qué?; simplemente porque en todo el territorio español había diez personas armadas, y ¿quiénes eran?: naturalmente, nosotros; de manera que cuando el jefe de policía de Bilbao dijo que 'se había declarado la guerra caliente a ETA' no estaba hablando metafóricamente, sino 'jurídicamente'. Lo lógico hubiera sido, por lo tanto, que fuéramos juzgados y condenados por haber realizado esa guerra sin declarar al Estado español. Pero eso era demasiado lógico para los franquistas. El escenario, como dirían ahora, era que el Estado español padecía una situación de guerra en la que lo de menos era contra quién; en aquel escenario, nosotros, a pesar de ser ciudadanos españoles, nos negamos a auxiliar al Gobierno español y colaboramos con su enemigo; ¿cabe alguna situación más kafkiana? Era imprescindible que algunos compañeros se declararan prisioneros de guerra durante el proceso para que luego todos lo reivindicáramos.

Lo primero que hice fue intentar demostrar que a las preguntas del fiscal no se podía contestar con un sí o un no, como pretendía el presidente, porque una pregunta encierra muchas categorías. Entonces, cuando me preguntaron si era miembro de ETA, respondí que sí. A continuación intenté demostrar, con ayuda del abogado Castells, que las declaraciones fueron realizadas no bajo coacción, sino ilegalmente, porque el juez se había presentado en la comisaría de San Mamés donde estaba detenido. Como los demás, intenté aprovechar las preguntas sobre la militancia en la organización refiriendo la 'opresión cultural, lingüística y nacional que sufre el pueblo vasco', y a preguntas de por qué había ingresado en ETA respondí que 'porque veía la contradicción que tenían ciertos movimientos nacionalistas, que hacían abstracción de la explotación, por superar la contradicción que tenía el movimiento socialista al abstenerse en la lucha nacional por la liberación total del pueblo, y en ETA encontré reunidas las dos ideas'; proseguí: 'Personalmente, no a nivel de organización, soy marxista-leninista. De la misma manera que cuando me preguntan si soy separatista digo que soy internacionalista...'. Como quería prolongarme en la explicación, el presidente no sólo me mandó callar, sino que dijo que me retiraría el uso de la palabra. Sobre el terrorismo de ETA dije que, lejos de aterrorizar al pueblo, lo que hacía era despojarlo de su miedo. Finalicé mi intervención aclarando el sentido que daba coherencia al proceso: 'Me considero prisionero de guerra y me acojo al Convenio de Ginebra; lo que ocurre es que no hemos querido hacer uso de ese derecho, de no presentar más que nuestros nombres y apellidos, porque hemos querido aprovechar esta ocasión para exponer la lucha del pueblo vasco y la opresión que sufre. Gora Euskadi Askatuta!', y mientras pronunciaba estas palabras subí alguno de los escalones del foso hacia el estrado porque temía que en cuanto subiera la voz los grises me cogieran. Por el rabillo del ojo veía cómo uno de ellos venía tras de mí agachado para agarrarme en cuanto recibiera la orden; como en el estrado, justo encima, estaban las pruebas (libros, armas y el hacha), la prensa del Movimiento explicó este gesto como un intento de alcanzar el hacha; incluso algunos periódicos dijeron que llegué a cogerla, lo que se ha repetido en algunos libros, pero nada más lejos de mi intención en aquel momento.

El capitán Troncoso se puso aún más lívido que de costumbre y desenvainó el sable dirigiendo su punta contra mí como si temiera que fuera a abalanzarme contra él.

Consecuente con mi declaración de prisionero de guerra, tras el grito empecé a cantar el Eusko Gudariak y los compañeros se unieron al canto.

A los guardias no les resultó nada fácil desalojarnos, porque el resto de los procesados estaban esposados unos a otros.

Más tarde nos hicieron pasar de nuevo ante el tribunal para preguntarnos si teníamos algo que alegar. Gesalaga, mostrando un sentido del humor a prueba de bombas, dijo que sí, que le goteaba el 'glifo' y quería que se lo 'aleglaran'.

Al día siguiente se celebró en Éibar el funeral por Roberto Pérez. Fue un entierro civil, como los que yo había conocido de niño, según nos contaron en un pueblo de tanta tradición socialista y tan arraigada cultura laica.

El sábado 12 de diciembre murió otra persona protestando contra el proceso de Burgos, en Milán, en una manifestación de estudiantes, y el 13 comenzó un encierro de intelectuales catalanes en el monasterio de Montserrat que tuvo una gran repercusión; reclamaban también la amnistía y el derecho de autodeterminación de los pueblos.

En vista de que no cesaban las protestas, el régimen empezó a tomar medidas, y la primera fue, el 14, la declaración del estado de excepción en toda la Península; a partir de ese momento empezaron a organizarse manifestaciones masivas en favor de la dictadura. La primera, en Burgos, liderada por García Rebull, capitán general de la VI Región Militar, que había estado en la División Azul luchando con las tropas hitlerianas. La gente gritaba: '¡ETA, al paredón! ¡ETA no, Franco sí!'; al día siguiente, 17 de diciembre, hubo una manifestación en la plaza de Oriente que retrotraía la situación política española a mediados de los años cuarenta, dominada por los actos de apoyo al Caudillo como respuesta al aislamiento internacional del régimen decretado por la ONU, lo cual le convertía más que nunca en un residuo de la época de los fascismos en Europa. Exactamente lo que buscábamos, cerrar las salidas al franquismo para no dejarle ni el recurso de las falsas reformas y salvar con tal actitud nuestros huesos.

Pero estos actos no impidieron que también los demócratas siguieran movilizándose, tanto en Euskadi como en España y en el resto del mundo. El día 15, por ejemplo, los sindicatos franceses convocaron un paro de cinco minutos; se produjeron doscientas detenciones en Guipúzcoa: cuarenta empleados del Banco de Vizcaya detenidos por la policía en el momento en que empezaron una huelga.

Uno de esos días varios compañeros recibieron un jarro de agua fría, y no se trataba de una metáfora: durante el proceso hacía tanto frío en Burgos que estalló una cañería en un ala de las celdas de preventivos.

El 21 de diciembre Carrero Blanco manifestó en las Cortes: 'Cuando, cumpliendo las consignas del VII Congreso de la Internacional Comunista de 1935, el Frente Popular se apodera del gobierno de España para imponernos un Estado satélite esclavo de Moscú, el pueblo español, con sano espíritu de conservación, se levanta en armas conducido por nuestro glorioso ejército, cuya primera función es defender a la patria de sus enemigos interiores y exteriores'; y se refirió a tres tipos de guerra: limitadas, nucleares y subversivas. Y como para darle la razón, aparecen por primera vez los Guerrilleros de Cristo Rey, que dan una paliza inmisericorde a dos curas de Ondárroa.

El 28, día de los Santos Inocentes, se nos comunicó la sentencia. Las condenas superaban las peticiones: si éstas eran de seis penas de muerte, las condenas llegaban a nueve, porque Txikerra, Goristidi y Teo Uriarte recibieron dos penas de muerte cada uno.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 17 de febrero de 2001.

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