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Tribuna:

'Tempo': largo

Larga es la situación de emergencia e inestabilidad a la que se ve sometida permanentemente la enseñanza musical -y la profesional- en Cataluña. Véase al respecto el artículo de la escritora Rosa Regás La música y su futuro, publicado en EL PAÍS del 13 de enero de 1999. No tiene desperdicio.

A la penuria de medios en la que, vergonzosamente, se ha desenvuelto la música tradicionalmente, en los últimos años ha venido a sumarse una masiva demanda de estudios que ni los centros o conservatorios públicos y privados, ni las instituciones políticas, han sabido o querido absorber, encauzar u organizar, de forma que han aparecido, proliferado incluso, nuevas escuelas y academias que intentan lograr desde el ámbitos privado lo que parece imposible conseguir en el público: el derecho lícito a una formación artística larga, difícil y costosa. Y ello sin un modelo pedagógico consensuado eficaz para agrupar tanta demanda.

No se nos oculta que esta demanda ha facilitado también la aparición de un número no pequeño de personal docente de poca o mala preparación pedagógica, lo que determina fatalmente el futuro desarrollo musical e instrumental del alumno en una disciplina en la que la base es quizá más condicionante que en cualquier otra, hasta el punto de comprometer seriamente el futuro. Tan importante es este punto que se puede afirmar que no hay un auténtico grado superior de nivel si no hay un grado elemental de nivel, de modo que cualquier alta escuela superior deberá controlar o supervisar los estudios que se cursan en los primeros grados a fin de no hacer perder más tiempo que el estrictamente debido al futuro músico, para el cual los primeros años de formación son de extremada importancia. Todas las leyes, incluida la LOGSE, y las terminologías a que dan lugar, en las que actualmente nos desenvolvemos, no serán suficientes por sí solas para sustituir un precepto elemental: un buen profesor puede formar a un buen alumno, y también un buen alumno puede hacer bueno a un profesor, pero este entendimiento es principio fundamental en toda relación pedagógica eficaz.

La situación que hasta aquí tratamos de describir, situación endémica y siempre con un cierto aire de provisionalidad, podría tener fin con la creación de la Esmuc (Escuela Superior de Música de Cataluña), que desde la Generalitat se está impulsando para que finalmente tengamos un centro de alto nivel, basado -se nos dice- en conocidos y prestigiosos centros de enseñanza: Mozarteum, Escuela de Música Reina Sofía (Madrid), etcétera. Sin embargo, no parece que este loable proyecto contente a todos los colectivos, especialmente al más importante: una gran mayoría de estudiantes de música de toda Cataluña. Y en este clima de descontento surgen algunas cuestiones que se nos antojan eternas, por repetidas, pero ineludibles.

En primer lugar, la carencia de medios económicos en la que se desenvuelve un futuro centro de educación superior, que, por los informes expuestos hasta hoy, se irá configurando a lo largo de distintas etapas, lo que le da un aire mucho más de ensayo que de proyecto definitivo, tan necesario y esperado por un gremio sometido secularmente a la vana ilusión. Una carencia de medios que condiciona y obliga al centro a una selectividad rigurosísima -según lo que se ha explicado hasta ahora-, por lo que necesariamente se verá excluidos un número importante, mayoritario, de alumnos.

Otro tema importante, que encaja perfectamente con el anterior y que se ha repetido hasta la saciedad, es el bajo nivel (otra vez la palabreja) de nuestros estudiantes o instrumentistas, lo que no es cierto o lo es sólo a medias. Probablemente no es ni mejor ni peor que en otras materias, pero sí es verdad que un número no desdeñable de instrumentistas salidos de nuestros conservatorios han sido y son admitidos en muchos centros de enseñanza superior extranjeros: de Alemania, el Reino Unido, Holanda, Austria, EE UU, etcétera. No me cabe la menor duda de que estos estudiantes y muchos otros que siguen estudiando aquí serían suficientes para configurar una gran orquesta sinfónica de primer orden. Nuestro pequeño mundo musical, y no sólo el educativo, padece un papanatismo enfermizo y crónico del que hay que salir de una vez por todas. El complejo de que todo lo foráneo es mejor es inadmisible, una falacia no exenta en muchos casos de ocultos intereses.

Somos partidarios, por tanto, de un centro autóctono que satisfaga la demanda real, las expectativas de un cambio en la educación y formación de nuestros jóvenes músicos sin más restricciones que las estrictamente necesarias, basadas en una realidad artística, no en una carencia de medios.

Así pues, creemos que la puesta en marcha de un centro de formación de estas características debería ser debatida y consensuada por los músicos y los estudiantes de música, y no sólo por los teóricos, de modo que se evitaran las fundadas sospechas de secretismo y partidismo, implicándonos en un tema ante el cual hemos sido siempre muy críticos y que no deberíamos eludir, aunque sólo sea para que no se produzca otra vez el archisabido 'así es si así lo queréis'.

Gonçal Comellas es músico.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 16 de febrero de 2001