DÍA A DÍA

Caviar

Pocas cosas hay que produzcan tanta frustración como el caviar. Manjar mítico, llega su temporada con las fiestas navideñas. Y llega una vez más la desesperanza cuando estas finiquitan. El amor transmutado en odio, como en cualquier novela barata de otros tiempos.

Los precios están por las nubes, las capturas han sido escasas, el dólar ha alcanzado las más altas cumbres de su cotización cuando los importadores tenían que confirmar sus encargos a los productores. Pero todo hay que darlo por bueno si al fin alcanzamos -una vez al año- la dicha de consumir el producto más exclusivo del mundo gastronómico. Los granos contados, las huevas desmenuzadas y en fila de a uno, que treinta gramos deben estirarse desde los canapés con mantequilla al gozo de tomarlo solo, con la cuchara de asta o de hueso, para que el frío metal, así sea plata, no empañe el sublime momento.

Todo es en vano: se nos presenta roto, con muchas fechas desde su envasado, mezclado con los de más baja calidad e insípido, infinitamente insípido, para que su consumo sólo enaltezca la imaginación y ella deguste lo que hubiera podido ser y no fue. Para eso, mejor el sucedáneo; pero no el de mújol o salmón. El de berenjena: Se asa, se desmiga y pasa por la sartén su suave carne, un poquito de curry y algo más de mayonesa. Truco concluido.-

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0013, 13 de enero de 2001.