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Tribuna:

Romanos, cartagineses

No está escrito que la historia acabe bien. Lo peor es que no acaba nunca. Incontables son los que la han perdido. De ellos apenas queda más traza que la necesaria para que sea inteligible la narración de los vencedores necesitados de vencidos ostensibles. La victoria de Roma exige conocimiento de un campo sembrado de sal sobre lo que fue una vez Cartago. Todo el mundo lo sabe. Pero poco más puede saberse. Es impensable un mundo de cartagineses. En este caso, pues, ¿quién negaría que el final fue feliz?

Ahora, justo cuando acababa el año ocurría la nit balear, que Canal 33 emitió íntegramente. La nit es un acontecimiento organizado por la Obra Cultural Balear (OCB) en el que esta entidad concede premios a personas y colectivos que se han distinguido por su aportación a la 'cultura balear'. En el acontecimiento del año 2000, de aquella noche, intervinieron, además de algún premiado, dos de las máximas autoridades de Baleares, el presidente del Gobierno balear, Francesc Antich; la presidenta del Consell Insular de Ibiza y Formentera, Pilar Costa, y el consejero de Cultura, Damià Pons. También intervino Marcelino Iglesias, presidente de la Diputación General de Aragón. En todos los parlamentos de las autoridades políticas de Baleares figuraban, prominentes, las referencias a una inminente degradación final de la 'identidad' balear (utilizo balear como abreviatura de las específicas de cada una de las islas). Con amargura se aludía a este fin precipitado y, a veces, las voces se hacían oscuras denunciando la amenaza. Se pedía a los presentes en el acto y a los que lo veíamos a distancia una incorporación diligente a la resistencia. No era difícil percibir que la única victoria que se planteaba era, en todo caso, la, si es posible decirlo así, de no perder. Era, pues, si se alcanzaba, una victoria para evitar la derrota. Más complicado resultaba, sin embargo, dar los detalles sobre en qué consistiría la derrota y, en el caso de que se produjera, de quién sería la victoria. En este punto, el léxico se hacía exiguo y opaco. Todos los términos usados giraban, como disciplinados satélites, en torno al verbo ser. Ser idéntico, por ejemplo, la magnitud inmóvil, la definición última de Dios. Obviamente, no se quería decir esto y llegar hasta el extremo desierto de lo que pueden significar las palabras. Se pasaba, pues, de una descripción adecuada, precisa y reconocible de la realidad, o de uno de sus más relevantes aspectos, al uso de un lenguaje críptico, de cuarto oscuro, que sólo una avidez cómplice podía entender. La consigna imperativa, enigmática y turbadora que dio Miquel Costa i Llobera -'siau qui sou'-, aunque no repetida por los oradores, estaba ahí, acechante en las penumbras. ¿Cómo reconocerse siempre y continuarse? ¿Qué instinto, ya que no saber, debe seguirse? ¿Quién vigilará y denunciará el error, la malversación del ser? Ciertamente, la sociedad mallorquina -y la balear- tradicional está en trance inequívoco de desaparición. Decreciente, por extinción personal, es la memoria de su fisonomía campesina antigua. Y por tanto, la imagen de esta sociedad antigua es, cada vez más, resultado de artificio rememorativo, de una selección historiográfica. Puede, por ejemplo, verse el cristianismo como parte cualitativa de la identidad o se podría, contrariamente, considerarlo como una violentísima imposición social. Es sólo un ejemplo de cómo los factores de identidad son no sólo variables, sino resultado de coacciones e ineptitud en el manejo del pasado. Fácil es, pues, construir un paraíso de vaguedad en el que quepa incluso la miseria campesina de siempre como algo deseable, como constituyente mayor de una autenticidad perdida. He aquí la gran nostalgia, un reducto de referencias a las que nadie quisiera, sin embargo, volver excepto, sin duda, los señores que ya no existen. Por ello, el discurso del ser no quiere nunca decir lo que parece. Va siempre más lejos de lo que, en muchos casos, se pretende decir.

Es previsible que los habitantes de las islas dejen de hablar catalán en un futuro próximo. Los efectos de las inmigraciones peninsulares, primero, y continentales, después, son difícilmente neutralizables. Y a ello aludieron, claro, los oradores. No se tiene poder suficiente para ejercer controles sobre la programación de presencia humana en territorios de muy rígidos límites que ofrecen pocas posibilidades de variedad de asentamiento. La selección turística ha sido

implacable y radical la liquidación del orden campesino tradicional. Y esto no tiene sustitución posible. Los inmigrantes han llegado amparados por autoridades políticas, la española, antes y ahora, y la europea, sólo ahora, que garantizan los accesos a un terreno de hecho percibido como vacante, como un solar. No se conoce solución cultural a este dominio. El desvalimiento balear ante su propia descomposición es real y no un desvarío nacionalista. No ha habido manera de negociar esta, si se puede llamar así, deportación interna. No ha existido incluso un cuadro conceptual adecuado para entender lo que ocurría. Hace años, la queja intelectual era la de la ausencia de una burguesía que se hiciera cargo de la nacionalidad. Fue siempre una queja de ilusos. Y el llamado una vez 'mallorquinismo político' es un conjunto de textos inservible para otra cosa que no sea la absorta contemplación histórica de un pasado. Lo peor de los paraísos perdidos y su imprudente uso político es que en ellos cabe todo el mundo. Son lugares, además, sin salida, de reclusión perpetua. Está claro, sin embargo, que por primera vez existen políticamente las posibilidades de negociar la quiebra social, imprevisible hace 60 años. Justamente ahora, cuando quizá ya es demasiado tarde. En cualquier caso, esta negociación de la derrota requiere un lenguaje transparente, inequívoco. La única discusión razonable es la del futuro: mantenimiento de la lengua catalana, regulación del acceso al territorio y de su consumo, derechos políticos dentro o fuera -depende de la capacidad de conseguir poder- de los órdenes existentes, español y europeo, autoridad fiscal...

Todo, en el fondo, una vieja historia. Ganaron, ciertamente, los romanos, perdieron los cartagineses. La derrota parece siempre abrupta y la victoria meditada. No es cierto. Lo que ocurre es que, a menudo, no queda nadie para contarlo.

Miquel Barceló es catedrático de Historia Medieval de la UAB.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de enero de 2001