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COLUMNA

Repetición

El eco de los cohetes me estalla en los oídos, salgo al porche y agarrado al pretil observo cómo la noche se cubre de salpicaduras amarillas, escarlatas, azules y verdes: los niños se persiguen por la calle entre bengalas, en el aire todavía cargado de humedad y rocío, mientras yo me pregunto qué celebran realmente. A la pantagruélica comida y las botellas seguirán abrazos, cócteles, bailes desenfrenados hasta el amanecer, locales atestados de muchedumbres que soplan pitos y se manchan las chaquetas de confetis y lentejuelas; el acto se respeta hasta en sus últimos detalles, donde son obligatorios vuelven a celebrarse la ingesta de uvas, la borrachera, los vestidos costosamente cortados, la alegría. No soy detractor de todo este carnaval, pero sí me gusta mirarlo con la distancia del horticultor frente al montículo cubierto de hormigas, interesado por sus ires y venires. Durante las últimas semanas he paseado por las calles de Sevilla y he visto las fachadas estampadas con coloridos anuncios surcados de palabras extranjeras: los cotillones compiten unos sobre otros arrebatándose el espacio escaso que logran rebañar a las pintadas y los desconchones; mis conocidos abonan cifras dudosas buscando alcanzar el contento donde mayor es el gasto. Finalmente asisto a la inevitable fiesta y siento que es fácil dejarse arrastrar por el júbilo de los otros, contonearse, celebrar con risas y gestos un acontecimiento que no se define con demasiada nitidez en nuestros cerebros pero al que obedecemos con el mismo mecanicismo con el que se dispensan pésames en los velatorios: la rutina permite que el optimismo fluya sin interferencias.

Hoy, exhausto y con la lengua cubierta de escombros, me pregunto todavía por aquello que festejábamos. Podemos despedirnos del año precedente y recibir al entrante por igual; podemos cortejar a la nueva década, al siglo y al milenio, que desde hace mucho la publicidad nos aconseja inaugurar con el conveniente dispendio. Hay un comportamiento de insecto gregario, de maniático irrecuperable, en acudir a esas carpas en las madrugadas para destrozarse las piernas y los estómagos, para pelear y agotarse pujando en los índices de decibelios, en las cifras de watios, en el ruido y la multitud: las discotecas luchan en los carteles para ofrecer el empacho más rotundo. Yo pienso mirando todo eso que no existe nada más falso y a la postre deprimente que la fiesta por decreto; seguramente nadie celebre el año nuevo porque piense que lo merezca, sino porque siente que es su deber. Odiamos el círculo, queremos que los números entren y salgan, que posean inicio y final y podamos desprendernos de ellos pasado un plazo reglamentario. San Agustín escribía que el tiempo cíclico que postulaban los gnósticos no sólo atentaba contra la voluntad y la previsión de Dios, sino que era repugnante: consumir la eternidad en la realización de los mismos actos, en el pleonasmo sin final, en la perpetua repetición de lo idéntico le provocaba compasión y vértigo. Por esto cada año tiramos cohetes y gritamos hasta desfallecer, alegres de que lo ido no vuelva a presentarse; y para refrendarlo repetimos la misma fiesta del año anterior, la misma del futuro, la misma que seguiremos repitiendo hasta que los números dejen de surcar los calendarios, vacía como la fórmula de una liturgia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de enero de 2001