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Sydney 2000. BALONCESTO. EL ANÁLISIS - JUANMA ITURRIAGA

Incapacidad

La situación se ha vuelto dramática. Y no sólo por el hecho de que su clara derrota ante Canadá coloque a España a un paso del batacazo -es decir, de tener que disputar el noveno puesto de la clasificación final a Angola, Nueva Zelanda y China-, sino sobre todo por la sensación de impotencia mostrada.Ante la pujanza física y técnica de los canadienses, los españoles fueron un equipo menor. Lo peor no es que se jugase mal, que tampoco fue para tanto, sino que no parece haber mimbres para ser más competitivos. Sobre todo, porque, físicamente, las diferencias con el resto de los aspirantes resultan evidentes. El juego interior lleva camino de la desaparición total, escaso de altura, poderío y contundencia.

Lolo Sáinz introdujo novedades en su quinteto base. La lesión de Rodriguez dio paso a Raúl López. Con De la Fuente en vez de Jimenez se buscaba ayuda exterior para Herreros. Además, Dueñas, el gran damnificado frente a los rusos, fue sustituido por De Miguel. Todo inútil.

En una primera parte excelente por su acierto y vigor, Canadá -si continúa jugando así, apuesto por ellos para disputar la final del torneo a los insoportables estadounidenses- hizo lo que quiso y cuando no lo pudo hacer sus hombres altos enmendaron los fallos.

Nuestro pívots, echándole todo el coraje del mundo, no pueden. No pueden superar por altura, ni por fuerza ni por lanzamientos a distancia. No contamos con atletas negros ni con armarios de tres cuerpos. Los nuestros no tienen los brazos largos ni una capacidad de salto destacable y sus habilidades técnicas son contrarrestadas por su desventaja física. Los rusos son altísimos y delgados. Los canadienses, ágiles y duros como rocas. En ambos casos el juego interior no fue capaz de aportar ni puntos, ni rebotes ni intimidación. No es cuestión de un mal día. Ni en Australia ni en España contamos con la solución para este problema.

La puesta en escena de Canadá fue demoledora. Parecía tener un embudo puesto en el aro y poco importaba quién lanzase. El resultado casi siempre era el mismo. Con Nash, su base de la NBA, dirigiendo, penetrando y asistiendo, los veinte minutos iniciales fueron toda una exhibición. Sus jugadores tienen consistencia, intensidad y ambición. Educados en la cultura yankee, no daban respiro, independientemente de que el marcador mostrase una diferencia que aumentaba cada minuto.

Ahí precisamente estuvo lo más destacable del equipo español. Nunca bajó los brazos. Peleó con lo que tiene y, al final, maquilló un resultado que podía haber sido escandaloso. En ese sentido no hay nada que objetar. Los tiradores fueron valientes y se mantuvo la intensidad defensiva, pero resulta casi imposible competir en estas alturas sin un apoyo interior.

Afortunadamente, horas despues Australia ganaba a Rusia. Si se cumple la lógica y Yugoslavia y Canadá copan los dos primeros puestos, una victoria por más de 12 puntos ante los anfitriones otorgaría el ansiado tercer puesto. Cosas más difíciles se han visto, pero no hay demasiadas razones para el optimismo. Esto es lo que hay y la lucha por las medallas se ha vuelto más una ilusión que un objetivo basado en la realidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 22 de septiembre de 2000