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Sydney 2000 CICLISMO

Los dientes, en un velódromo

Joan Llaneras heredó de su padre, antiguo ciclista, la pasión por el deporte que le ha hecho campeón olímpico

Toni Cerdá fue una figura inmensa e inconfundible que hace ocho años, en Barcelona 92, acompañó a José Manuel Moreno hasta la pista y sujetó al gaditano, le ayudó a colocarse sobre la bicicleta, el día en que ganó el oro en el kilómetro. El primer oro del ciclismo en pista español. Toni Cerdá, esa figura oronda e inconfundible, reapareció ayer en la memoria de los aficionados: sí, era ese hombre tranquilo, casi imperturbable, que lanza a Llaneras en la vuelta de reconocimiento, el mismo que, al borde del velódromo, espera para decirle la palabra clave en el momento decisivo. Sí, Toni Cerdá. Los dos oros españoles en pista unidos por el mismo personaje. "La medalla de Moreno", dice, "fue muy emocionante, porque la ganó en España, pero ésta, ésta, ésta la ha ganado mi chico".Llaneras no existiría en nuestra imaginación, no sería campeón olímpico, si no fuera por Cerdá. "Yo vivo en Algaida, un pueblo con velódromo, y Llaneras nació en Porreres, que está a 13 kilómetros. Su padre, Francisco, corría en pista, y empezó a traer al chaval desde pequeñillo al velódromo. Echó los dientes en el velódromo y eso se nota".

Joan Llaneras, de 31 años, echó los dientes en el velódromo y eso se nota. Se inyectó en vena las nocturnas de stayers, las carreras de puntuación, todos los fines de semana, las vueltas y vueltas, el peralte al fondo, el miedo a la caída. "Había en Mallorca un señor rico, un aficionado muy aficionado al ciclismo en pista, que hacía de mecenas", cuenta Llaneras. "Se llamaba Andrés Oliver y organizaba todos los fines de semana competiciones con nosotros, los chicos. Luchábamos por premios económicos, dinero que no parecía nada, creo que el primer premio eran 500 pesetas, pero que eran mucho para nosotros. Aquello fue fundamental y es lo que hay que hacer: si desde pequeños sólo se les ofrece entrenamiento, los chicos no se motivan, se aburren, hay que hacerles competir".

Llaneras compitió, cayó en manos de Cerdá y se hizo ciclista de los buenos. Su fama se hizo pequeña para la isla y llegó a la metrópolis, a los despachos de los equipos de carretera. Corrían los primeros años 90, los primeros años del ONCE, y Llaneras, nacido en mayo del 69, un Tauro serio y tenaz, fichó por el equipo de Manolo Saiz. Pasó cinco años. Algunos triunfos. Algún prólogo, alguna contrarreloj y la sensación de fracaso, el sentimiento de que el tiempo pasaba sin llevarle a ningún sitio.

En caso de tormenta, vete a casa, dice el consejo. En caso de depresión, refúgiate en los tuyos. Y aunque como dicen los poetas correr en pista en España es llorar, Llaneras volvió al velódromo, volvió con Cerdá, siguió creciendo. Entró en el circuito de los Seis Días, la docena de competiciones que se celebran por toda Europa en invierno: millón y medio bruto por semana, 400.000 limpias, días y noches compitiendo, la cama, en un cuchitril en medio de la pelousse. Con el tiempo, Llaneras, el serio, se convirtió, dicen, en un capo de la historia. Con un poco más de tiempo se ha hecho campeón olímpico. Se ha hecho una casa en Montagut, en Girona, cerca del lago de Banyoles, y allí vive, con su mujer, Eva, y su niño, Pau, de un año. Cuando está con ellos, tiempo que siempre es poco, Llaneras pasea y disfruta del bosque, del monte y la naturaleza. Piensa y repiensa. Y, a partir de ahora, también disfrutará de su oro de Sydney.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 21 de septiembre de 2000