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Tribuna
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Chillida

Juan Cruz

A veces, cuando pasea por la playa de la Concha, alza sus pies sobre el suelo y simula que ataja un balón; le gusta jugar así, en solitario, en medio del paseo principal de su ciudad, que él ha culminado rindiendo un homenaje al viento que peina desde niño la paz de sus sueños. Donosti: ahora abre allí su museo. Un día nos lo enseñó, en medio del silencio de Euskadi, como si fuera su contribución a su sueño mayor: la paz del mundo en el que también fue un niño. Tocaba los árboles y las maderas recién cortadas con la ilusión del que acaba de descubrir un juguete antiguo escondido como los tesoros. Fue, en esa visita, el emocionado adolescente que de súbito se halla no sólo ante su pasado, el de su arte, sino ante el porvenir de su propia ciudadanía, la que busca a través de los sueños la paz de la gente. Es un soñador, es sobre todo un soñador al que la vida situó en medio de las preguntas sin fin de guerras grandes y chicas. En medio de esa derrota que la violencia arroja sobre la razón, a veces se alza con rabia e impotencia, como si ante el terrorismo o la maldad el arte fuera sólo el suspiro sin porvenir del hombre. Una noche se desveló y vio, en medio de la oscuridad en la que dibuja el tiempo, una gran montaña que se abría para hacerle sitio al aire; al día siguiente la dibujó y la buscó, y la halló en Fuerteventura, la isla donde otro gran soñador, Miguel de Unamuno, dedicó su destierro a imaginar viajes. De aquel sueño los políticos hicieron luego ovillos, y él se guardó la melancolía de la frustración soñando otras montañas tan leves como el aire. No es extraño que su poeta haya sido, por ejemplo, Jorge Guillén, y no es tampoco extravagante que sus filósofos sean Kierkegaard o Heidegger, porque su ser está hecho de amor y tiempo, lo que sus manos contienen. Su silueta se recorta en el cielo como un símbolo que tiene en su interior la rabia irreprimible de Euskadi, tan hermoso, tan martirizado. Fue un buen portero, y tiene las manos abiertas como para atrapar el aire que llega antes que el balón y que pesa, como los sueños, lo que la imaginación quiere. Su casa está llena de madera, y desde ella se ve la inmensa paz del mar de Euskadi, donde alimenta sus sueños, la levedad poderosa de sus esculturas. Verá la paz, siempre lo quiso, ése es su museo.

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