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Tribuna:

Silencio

Erik Satie decía que, en su música, tenía tanto valor cada nota como cada silencio. No es una obviedad: esta afirmación determina que el silencio no es mera pauta que ordena, da paso o resalta una jerarquía superior de las notas, sino que forma parte con ellas del cuerpo de la música. Sin silencio no hay música. El silencio, que, aparte de sus cualidades metafísicas y místicas, puede considerarse como el primer o esencial recurso del lenguaje, ha ocupado la atención y el estudio de filósofos, poetas, lingüistas o teólogos, y es también materia facultativa, en su prescripción práctica, de psicólogos y médicos. Porque el silencio está lleno. Ante un accidente, ante una situación traumática, se aconseja con frecuencia un silencio circunstancial que prepare para la desgracia o la pérdida, que vaya haciendo notar lentamente que la vida ya no va a ser la misma que días antes, horas antes, minutos antes, apenas un segundo antes, para la víctima de su contenido, del contenido de ese silencio. Hay, pues, silencios bondadosos, positivos, curativos, misericordiosos.También hay silencios que preservan nuestra dignidad. Está el mundo lleno de bocas sucias e injustas pronunciando palabras que pretenden insultarnos o agredirnos, aunque en lo profundo ofendan y hieran en realidad a quien las emite, palabras oscuras e indirectas, palabras mentirosas que se escupen con un gesto en los labios que jamás adoptaría la verdad, palabras malintencionadas, interesadas, serviles, inmorales, que quieren arrasarnos. Suele tratarse de bocas muy cercanas, pero que ocultan su rostro, cobardes, y transmiten su daño a través de otras bocas cuya apariencia es la de un canal ecuánime, falsamente bienintencionado, que viene con su cara a alertarte de lo que otros dicen. Nuestro silencio tendrá entonces el elegante valor de una sonrisa.

Y luego hay un silencio ambivalente (que podría ser un juego de palabras con ése al que se refiere el poeta cuando afirma: "De un poema hay que oír, antes que su palabra, su silencio"), un silencio mediante el cual lo que no se menciona no existe, o al menos impide el desarrollo de los efectos que se derivarían de su plena existencia. No mencionar algo o no nombrar a alguien supone, de un modo incierto pero eficaz, arrebatarle su capacidad de ser, su identidad, ningunearlo, y, en consecuencia, eliminar todo aquello que pudiera traer consigo, obligar a su posibilidad a permanecer en el silencio yermo del espacio platónico, en el silencio informe del limbo de la abstracción. Se trata casi siempre de un silencio avieso, un silencio muy engañoso, porque no tiene voz, pero podría escucharse el estruendoso contenido de la destrucción que provoca: algo o alguien que deja de existir porque se obvia su nombre. Es un silencio de cruel y manipulador pragmatismo.

El jueves por la mañana me llamó alguien por teléfono desde Barcelona; sabía que había sucedido algo en Madrid, muy cerca de mi casa. "No hables de ellos", me dijo, "no escribas sobre ellos, porque es lo que buscan". Y entonces pensé en esa capacidad que tiene el silencio de que algo no exista, en que hay nombres que merecen no ser dichos, gente que debiera ser condenada a ese ostracismo, a ese poder eliminatorio que tiene el silencio de hacer que algo no sea, siglas sin deletreo ni nombre, nombres sin pronunciación. Pensé en lo retórico de la cuestión de Hamlet ("To be or not to be?"), quien estaba ya siendo o estando o pareciendo, no sólo ya desde el momento en que otro hombre imaginó la posibilidad de su existencia y de sus preguntas, sino, sobre todo y de forma incontestable, desde el instante mismo en que esa mano había escrito su nombre, Hamlet. Pensé que, por definición, los monólogos no admiten réplica, y que, por tanto, el silencio es la única respuesta posible. Pensé en Shakespeare. Dudé.

¿Y si todos contuviéramos el asco y la rabia, como me aconsejaban desde Barcelona? ¿Si no mencionáramos ese nombre que nos empuja a gritar? ¿Si impidiéramos que ese nombre pudiera ser protagonista de nuestras páginas o de las imágenes del televisor? ¿Si sacrificáramos nuestra queja justa al objetivo de minar su existencia? ¿Qué debemos hacer? ¿Sería eficaz nuestro silencio? Lo que no se menciona es como si no existiera. Pero, no sé.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 14 de julio de 2000