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Tribuna:TOUR DE 2000. Séptima etapa. LA CLAVE

El médico de equipo

"El mejor fichaje que puede hacer un equipo es un buen médico. ¡Cómo anda ése! ¿Qué médico le lleva para que ande así!". Frases como éstas se oyen más de una vez dentro del pelotón y demuestran la enorme importancia que los ciclistas dan al médico de equipo. ¿Tan determinante es realmente su labor? ¿En qué consiste? El médico de un equipo profesional tiene dos funciones. La primera, como es de esperar en todo médico, es la de preservar la salud de sus pacientes (que en este caso no son tales, sino deportistas sanos y jóvenes). La segunda función, tan importante (o incluso más) que la primera (que nadie se lleve a engaño), es la de ayudarles, en la medida de lo posible, a que mejoren su rendimiento. No obstante, y a pesar de lo que muchos puedan pensar, ambas funciones no son necesariamente antagónicas: si un ciclista no está sano (muy sano) no puede rendir a tope.La labor del médico de equipo es dura. Ésta sería una jornada de trabajo en un día cualquiera del Tour. Primero, hay que empezar a tomar datos desde por la mañana, cuando los ciclistas se despiertan: peso (para ver si los ciclistas están pasados hacia uno u otro extremo) e incluso porcentaje de grasa corporal (al menos una vez por semana, y con el mismo fin), tensión arterial y pulsaciones en reposo (que le indican cómo se van recuperando etapa tras etapa), y a veces analítica de sangre (para comprobar que sus niveles de hematocrito son normales y que su sangre está más o menos limpia de sustancias de desecho que se acumulan tras cada etapa). Algún ciclista le hará una consulta antes de partir para la línea de salida ("dame algo para el dolor de garganta", "hoy he dormido muy mal", y un largo etcétera de quejas lógicas y previsibles). Una rápida comprobación de que cada ciclista tiene su pulsómetro preparado para grabar sus latidos cardíacos durante la etapa, y al coche (o al camión del equipo) hasta el hotel de meta. Una vez allí, a preparar sueros y a cargar jeringuillas (al menos los días de las etapas más duras del Tour). Y que nadie lo interprete mal. Es una labor desagradable (a nadie le gusta, ni al médico ni al ciclista) pero posiblemente necesaria. Y que no implica necesariamente dopaje. Son sueros con agua, electrolitos y glucosa, para rehidratar al ciclista por vía endovenosa y para recargar sus depósitos de glucógeno lo antes posible.(¡Que la siguiente etapa es dentro de 18 horas escasas!). Y son jeringas cargadas de megadosis de vitaminas (por ejemplo, vitamina B12 y ácido fólico para ayudar a que se formen nuevos glóbulos rojos, o vitamina C para reforzar las defensas de un ciclista que ha cogido un buen catarro). O cargadas de sustancias limpiadoras (son los famosos recuperantes como el glutation o algunos aminoácidos) que ayudan a eliminar sustancias tóxicas de la sangre y de los tejidos (como por ejemplo los radicales libres, el amonio o la urea). Posiblemente muchos de los recuperantes administrados por vía endovenosa (las vitaminas a tan altas dosis, por ejemplo) no produzcan ningún efecto sobre el rendimiento del deportista ni sobre su capacidad de recuperación. Lo cierto es que no hay estudios publicados al respecto con deportistas sometidos a tamaño esfuerzo. Y lo peor que pueda pasar es que se eliminen por la orina si el organismo (tan sabio siempre) interpreta que no los necesita. Eso, sin hablar del efecto placebo o psicológico (muy difícil de cuantificar, pero sin duda importante).

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Ya por la noche, y si no ha habido caídas o problemas de salud que obliguen a trabajo extra (visitas al hospital más cercano para hacer radiografías, etc.), el médico se sienta a analizar en su ordenador los datos del día: las pulsaciones grabadas en el pulsómetro de cada ciclista, los porcentajes de grasa, niveles de urea, etc. O a preparar concienzudamente los planes de entrenamiento para el mes de agosto. Y antes de dormir, a rezar para que no se presenten los inspectores de la UCI. Aunque la conciencia del médico esté bien limpia y todos los hematocritos estén por debajo del 50%. Pero los datos de su analizador de sangre no siempre coinciden con los de la UCI. Es normal, pues todas las máquinas y mediciones tienen un margen de error. Eso lo sabe cualquier científico. Como cualquier fisiólogo sabe que el hematocrito es un parámetro muy fluctuante.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de julio de 2000