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Séptima etapa

"Quien diga que sobran las etapas llanas, no tiene ni idea", dicen los 'sprinters'

Andan los grandes sabios del ciclismo discutiendo del asunto un buen tiempo. Hay que ganar audiencia, dicen los de la Vuelta y los del Giro, hay que acabar con las etapas aburridas. Nada de llano y 200 kilómetros. Quebrado y 150 y ya verán qué divertido. Llega el Tour y canta: no nos moverán. Toma seguidas nueve etapas llanas (dos de ellas contrarreloj), el Tour es el Tour. Etapas largas y llanas en las que la mayor duda es saber si el fugado de turno llega o no (que normalmente es no: siete sprints seguidos en el 99, claro que estaba Cipollini; tres en 2000) y en las que lo único que hacen los favoritos para el final es sufrir: miedo a las caídas, a los abanicos, a ataques insidiosos... "Claro, el Tour puede hacer lo que quiera, porque ya tiene la audiencia", dice Manolo Saiz, apóstol de la modernización. "Pero yo creo que le sobran seis días llanos". Le responde Jean François Pescheux, diseñador del Tour: "El trazado es sencillo: tenemos que unir los Pirineos y los Alpes con etapas de transición y recorrer la mayor parte de Francia. Y Francia es así, llana. La topografía nos obliga. Claro que la audiencia es menor los días llanos y que a la gente le puede aburrir tanto sprint, pero tampoco podemos poner un Mont Ventoux todos los días".Así está la cosa: los favoritos temen, los escaladores sufren (llegan machacados con tanto desarrollo llano a la montaña). ¿Quién disfruta? ¿Quién va a ser? "Quien diga que sobran las etapas llanas y que no tienen interés no tiene ni idea de ciclismo", dice Marcel Wust, un sprinter, claro. "Las hay emocionantes y también aburridas, pero también las hay aburridas de montaña". Y como argumento definitivo: "Tampoco a Hollywood le salen divertidas todas las películas".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de julio de 2000

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