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Tribuna:EUROCOPA 2000LA OTRA MIRADA

Cuestión de entrecejo

A los deportistas grandes de verdad se les conoce antes que nada por el entrecejo. El balón está listo ya para rodar. Es el instante en que las facciones del deportista grande convergen hacia ese punto hipnótico que es el entrecejo y el rostro se simplifica y adquiere una torva rigidez de máscara. Las reglas de la realidad están a punto de ser abolidas. La representación va a comenzar, pero los actores principales se han anticipado a la función y hace tiempo que están ya interpretando su papel. En ese instante, si uno se fija bien, puede ver cómo se asoma por entre la mirada cejijunta el hocico de ese depredador insomne que es la voluntad de ser y de vencer, pues el entrecejo es el verdadero espejo del alma del deportista ganador.Si yo fuese mánager de fútbol, o jefe de cantera, miraría a los jugadores como alguien me miró a mí hace ya mucho tiempo, cuando hice unas pruebas para los juveniles del Madrid. Era un tipo fondón con chándal que, sin haberme visto todavía jugar, me miró fijamente a los ojos, y no necesitó mucho más para establecer su diagnóstico: "Chaval, me parece que lo tuyo no es esto".

Hay impostores, claro está, que presumen de entrecejo y juegan así a convertir la incertidumbre en convicción, del mismo modo que algunas serpientes inofensivas fingen el aspecto disuasor de las mortales de verdad, pero tarde o temprano descubriremos la superchería. Yo creo que Iván de la Peña tiene mucho menos entrecejo del que aparenta. Y al revés: Induráin daba la imagen de un alma cándida, pero pocos deportistas habrán tenido tanto entrecejo como él. Un caso curioso es el de Jorge Valdano. Quizás su finura intelectual, su elegancia interior, su vocación de hombre civilizado, le impida, por pudor, simplificar el rostro en entrecejo y el alma en voluntad ciega del triunfo, pero yo vi cómo a veces le salían gárgolas monstruosas entre los ojos cuando encaraba el área, y en sus mejores momentos de entrenador nadie diría que esa mirada tan ceñuda hubiera frecuentado las perplejidades de Borges o la inocencia abismal de Neruda. El suyo es un entrecejo sin patria, desperdigado entre el instinto y la razón.

Clemente, sin embargo, nunca tuvo verdadero entrecejo: lo suyo fue sólo el sucedáneo de la intransigencia y la tozudez. Porque el entrecejo es ante todo una furia iluminada , una situación de trance que en cualquier monento puede convertirse en gracia y levedad.

El entrecejo es un nubarrón de cólera en el ánimo, la sombra de la fe sin resquicios en un rostro donde cualquier duda supondría un escándalo. Por eso Guti, que tan buenas cualidades tiene como jugador, es un poco el Hamlet del fútbol, y en él la acción va casi siempre precedida por largos monólogos de encrucijada. Es el jugador sin desenlace próximo a la vista, sólo le falta la calavera.

Pero, de un modo u otro, el balón está ya listo para rodar. Miremos a Camacho, a Raúl, a Guardiola. "Bona nomina, bona homina", que decía Cicerón: "Buenos nombres, buenos augurios". Ésta no es una selección de mera furia meramente española, sino de muy escogidos entrecejos. Es decir, de talento con convicción. ¿Quién decía que ya no había creencias? Así de suciamente heroico es el deporte, donde no hay belleza que no se sustente en algún tipo de crueldad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 14 de junio de 2000