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Tribuna:LA CRISIS DEL PSOE

De Marx a Ortega JAVIER PRADERA

La disección de los resultados electorales del 12-M ha quedado sesgada dentro del PSOE por el torrencial desbordamiento de conflictos políticos, discusiones ideológicas y ajustes de cuentas personales represados durante largo tiempo. Junto a los dirigentes preteridos por haber apostado en las primarias a favor del dimitido Borrell, la proteica corriente guerrista -los portavoces de su ala derecha (el alcalde Francisco Vázquez) y de su ala izquierda (Juan Carlos Rodríguez Ibarra)- lee la derrota en las urnas como la prueba indiscutible de que la historia le ha dado la razón; el mercurial presidente de la Junta de Extremadura, cañón giratorio con capacidad de fuego multidireccional, esgrime razones estatutarias para exigir la convocatoria de un congreso extraordinario.En espera de que el humo de la batalla interna se disipe y sea posible contar las bajas, la crisis socialista merece cuando menos la cortesía de un esfuerzo interpretatitivo capaz de superar el mezquino recordatorio de los rencores y los agravios. El dato relevante del 12-M no es tanto la derrota del PSOE como el hecho de que el PP lograse retener sus 9.650.000 votos de 1996 e incorporar otro medio millón pese a una abstención siete puntos más elevada. Los errores de los socialistas y los aciertos de los populares se explican en buena medida por la diferente utilización de unos y otros de los recursos cognitivos que permiten cerrar el paso a las pasiones y los prejuicios a la hora de analizar la realidad. Aunque el XXVIII Congreso del PSOE apease a Marx del altar de sus señas de identidad partidista en 1979, los dirigentes socialistas no deberían olvidar esa contundente afirmación del prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política que los populares parecen haber aprendido: "No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino, por el contrario, su existencia social lo que determina su conciencia".

Parece razonable suponer que las grandes transformaciones económicas, sociales, políticas y culturales producidas en España durante los últimos 20 años (en buena medida gracias a los Gobiernos presididos por Felipe González) han modificado también las condiciones materiales de vida de una parte del electorado socialista; es igualmente presumible que la prosperidad económica, la creación de puestos de trabajo y la rebaja de impuestos bajo el Gobierno de Aznar han jugado electoralmente en favor del PP. Aunque la contraposición entre ricos y pobres continúe siendo decisiva a la hora de juzgar las situaciones de desigualdad, no es ya el único criterio operativo para marcar la división entre derecha e izquierda: en cualquier caso, sería grotesco afirmar que los 10 millones largos de personas que votaron al PP el 12-M viven hacinadamente dentro del paraíso de los ricos.

Pero no sólo ha cambiado la estratificación social española: muy probablemente el remozamiento demográfico del electorado (la mitad de los votantes del 12-M no tenían derecho al sufragio en 1977) ha producido significativas transformaciones en sus actitudes: "Las variaciones de la sensibilidad vital que son decisivas en historia se presentan bajo la forma de generación", escribió José Ortega y Gasset en El tema de nuestro tiempo. También en este terreno los fallos cognitivos han llevado a los socialistas a incurrir en contraproducentes anacronismos: desde las analogías victimistas entre la España de Aznar y la dictadura (como la esperpéntica equiparación del exministro Barrionuevo con las víctimas de la represión franquista tras ser condenado por el Supremo y recluido durante unos meses en la cárcel de Guadalajara) hasta la infundada suposición de que las nuevas cohortes de votantes compartían las ideas y creencias de los grupos de edad que protagonizaron la transición. Hace más de 25 años que el actual grupo dirigente del PSOE -situado en la cincuentena- arrebató el poder a los veteranos exiliados de Toulouse; también Santiago Carrillo y sus compañeros de la JSU se hicieron con el control del PCE en 1956 y fueron incapaces dos décadas después de permitir el relevo generacional. Entre tanto, los populares jubilaron a la inmensa mayoría de su vieja guardia (Manuel Fraga es la única excepción signifivativa) y remozaron sus cuadros con caras nuevas. No hace falta desplazar a las clases sociales por las generaciones como gozne de la historia para llegar a la conclusión de que la estrategia de rejuvenecimiento de la dirección del PP y el paralelo anquilosamiento del liderazgo del PSOE han contribuido a la victoria de los populares por mayoría absoluta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 22 de marzo de 2000