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Tribuna:

CiU en el rincón FRANCESC DE CARRERAS

Una novedad más que significativa para las próximas elecciones generales es la posición de Convergència en el actual panorama de la política catalana. Esta nueva posición ya era previsible tras la debilidad mostrada en el último año, tanto en las elecciones municipales como, sobre todo, en las autonómicas, su terreno más cómodo. Pero estas previsiones se han visto desbordadas tras el pacto PSOE-IU, que cierra la opción de CiU de pactar en el futuro con los socialistas nivel de Estado y le aboca, en su política española, a la única posibilidad de pactar con el PP. Ello afecta negativamente a la imagen del pujolismo que tiene parte de su electorado, es muy probable que también repercuta en los resultados de los próximos comicios y puede obligar al partido de Pujol a tener que realizar un giro estratégico -otro más- que hace unos meses no tenía previsto.Esta situación de CiU no es ninguna sorpresa y puede decirse que se la ha ganado a pulso en los últimos años. Parte de no reconocer un hecho obvio: la fuerza electoral de Pujol en Cataluña no ha sido debida a su radicalismo, sino a su moderación, tanto en el terreno económico y social como en el terreno nacionalista. CiU es importante en la política catalana a partir de 1980 y, sobre todo, a partir de 1984, porque ha sabido ocupar un amplio espacio central producto de una política populista y pragmática. En cuanto se ha radicalizado en los aspectos nacionalistas de su programa político, la pérdida de apoyo electoral se ha hecho evidente.

Dos ocasiones ha tenido CiU para consolidar su centrismo. La primera fue la mal planeada operación reformista, a mediados de los años ochenta, que constituyó un fracaso ajeno a su voluntad, aunque muchos convergentes nacionalistas se alegraran de ello. La segunda se produjo en 1992, cuando Miquel Roca disputó el liderazgo a Pujol en el partido y fue rápidamente marginado sin más consideraciones. A partir de ahí Convergencia emprendió un nuevo rumbo del que ahora muchos, que en aquel momento callaron por cobardía revestida de prudencia, se arrepienten.

El nuevo rumbo consistió básicamente en optar estratégicamente por una doble vía, aparentemente antagónica, pero que, dirigida personalmente por un personaje tan hábil y carismático como Jordi Pujol, pensaban que no podía fallar. Esta doble vía consistía en combinar, por un lado, la participación, desde el exterior, en el Gobierno de Madrid -lo que se ha llamado la participación en la gobernabilidad del Estado-, y por otro lado, desarrollar políticas en Cataluña que reforzaran la llamada "conciencia nacional catalana": Mossos d'Esquadra en tráfico, ley de la lengua, Declaración de Barcelona con el PNV y el BNG, selecciones deportivas catalanas. Paso previo pero imprescindible para todo ello era descabalgar a Roca y al roquismo del partido y de la Generalitat, colocando en su lugar a una nueva generación de dirigentes jóvenes, los llamados "talibanes". Molins en la oposición municipal de Barcelona y Xavier Trias, candidato al Congreso en Madrid, constituyen el último episodio de esta operación.

Lo que sucede es que la operación, una vez consolidada, ha resultado un fracaso. De ahí la tristeza e inseguridad que reflejan el rostro y los movimientos de Pujol en los últimos meses, las continuas disputas internas en la dirección convergente, el visible desánimo de los altos cargos, la irritación creciente de los intelectuales de su órbita y, sobre todo, la desafección demostrada en las elecciones locales y autonómicas del año pasado por antiguos fieles votantes que se han abstenido o han votado a otro partido, sea el PP, los socialistas o ERC. Convergència, que había sido antes que nada un gran movimiento social, ha pasado a ser un simple partido. El sectarismo dogmático y el desapego de la realidad social acaban teniendo un precio.

La Cataluña imaginada que se ha querido oficializar no se corresponde con la Cataluña real: abandonar el amplio espacio centrista por una ideología nacionalista no sólo demasiado radical, sino sobre todo anticuada y casi folclórica, ha sido letal para el partido de Pujol. El votante medio prefiere tener buenos servicios de enseñanza, una eficaz sanidad, una moderna red de comunicaciones y un cuidado medio ambiente, a toda la falsa retórica de las selecciones deportivas catalanas, las imposiciones lingüísticas que perjudican al catalán y recuerdan otros tiempos de signo contrario, o tener a los mossos regulando el tráfico de las carreteras. Los delirios patrióticos entusiasman a algunos durante un tiempo, pero al final la mayoría se fija en lo más visible: un irresponsable déficit público, aromas de corrupción y la peste de los purines. Volem fer de Catalunya un país de qualitat, nos ha ido repitiendo Pujol en sus sermones de fin de año. Pues ahí la tenemos: la ideal Cataluña de TV-3 convertida a la postre en el vertedero de excrementos de cerdo más importante de Europa.

Convergència se debate entre la supervivencia y la identidad. Estas elecciones la pondrán de nuevo a prueba y los nervios son más que evidentes. De momento, puede certificarse que ha perdido ya la posición central que ocupaba en sus buenos tiempos y está situada en un rincón del espectro político: alejada de unos socialistas que han pactado con Izquierda Unida, rival de una Esquerra sumida en la equidistancia y, en definitiva, condenada sin remedio a aliarse con el PP... precisamente de quien más quiere distanciarse en estos momentos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 10 de febrero de 2000