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CRÍTICATELE

VISIÓN Un toque de distinción

Cirque du Soleil.Canal 9. 24 de diciembre.

El primer canal de nuestra televisión autonómica estuvo por una vez oportuno retransmitiendo en la noche de Navidad una de las actuaciones del esplendoroso Cirque du Soleil, que anda de gira por esos mundos y tiene prevista su llegada a Valencia en el mes de abril. Por esa sola vez, la programación de esa noche en Canal 9 adquirió de pronto el prestigio de lo inolvidable.Es sabido que a un gran enamorado del circo como Fellini le gustaban sobre todo los payasos, y de ellos el menos serio, el que recibe las bofetadas, el que hace reir porque no hay manera de que se tome su papel en serio. Incluso llegó a establecer paralelismos según los cuales C.G. Jung sería uno de sus payasos, mientras que Freud sería el severo enharinado, el que marca las pautas sociales, y un favor igualmente positivo hacía con Picasso, Wilder o Klimt, pero no con Brecht, por ejemplo. Cosas.

Todo eso es agua pasada, ya que el circo más moderno, por más que lleve detrás varias décadas de trabajo, está lejos de la tradición romántica en la reproducción de la lucha eterna entre lo gracioso y lo severo, el bien y el mal, para situarse en un terreno casi dancístico donde las posibilidades expresivas de la figura humana y su juego casi molecular con los objetos de la tradición circense (aros y balones, columpios y trapecios, velocípedos y patines: curioso que todos ellos sean artefactos que propician el movimiento como eje del espectáculo), en un territorio, siempre bajo la perpleja carpa, donde la influencia de los bailarines balineses, de las creaciones escénicas de Tadeusz Kantor o del cabaret berlinés de entreguerras tienen la suya que decir en medio de un ambiente concienzudamente festivo que no ignora las aportaciones de la tradición francesa de lo canalla, incluso de su vodevil.

Influencias teatrales

Influencias del teatro, sin duda, siempre que se considere que el teatro se alimentó también del circo y que incluso un autor tan dudosamente severo como Samuel Beckett habría cambiado con gusto el premio Nobel que no quiso recoger por su reconocimiento como payaso de altura. Influencias, en el Cirque du Soleil, de un teatro delicioso donde importa tanto el hilo conductor que lleva la transición entre los diversos números como la ejecución misma de cada uno de los episodios. De ahí la impresión de estar ante un espectáculo total y bellísimo en su interminable delicadeza que, aún dependiendo del azar del acierto de esa noche en el trabajo de los ejecutantes de las muchas demostraciones concluyentes que lleva a cabo, no puede sino resultar globalmente demostrativo del hallazgo de una belleza infrecuente. Inolvidable, ya digo, en todos sus detalles. Un regalo asombroso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 28 de diciembre de 1999