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Tribuna:

El empate

LLUÍS BASSETS

Dos legitimidades contrapuestas se desprenden de los resultados de las elecciones catalanas del domingo. El empate entre Pasqual Maragall y Jordi Pujol que habían anunciado algunas profecías demoscópicas ha tomado forma material: CiU tiene más escaños, pero PSC-Ciutadans pel Canvi tiene más votos.El reparto de escaños no ofrece dudas respecto a quién tiene el encargo para formar gobierno. Hay tres fórmulas de mayoría parlamentaria al alcance de Pujol: con el Partido Popular, con Esquerra Republicana, y en solitario siempre que tenga el permiso de una de las dos fuerzas anteriores en cada situación decisiva, incluida la investidura. Maragall, en cambio, no cuenta con ninguna fórmula que no pase por la participación de la propia CiU o como mínimo de una de sus dos componentes.

Puede tener su lógica que quien ha recibido más votos populares reivindique su victoria, así como la posibilidad de participar en la formación de un gobierno. Pero está bastante claro el carácter meramente táctico de este movimiento inicial, que presagia la dureza de la oposición que le espera a Pujol.

La práctica y la cultura políticas españolas no permiten muchas ambigüedades, pero no hay duda de que Maragall cuenta con legitimidad para reivindicar su condición de líder político más votado. En realidad, Pujol personalmente ha sufrido la derrota en la provincia de Barcelona, su circunscripción, donde ha quedado a casi 120.000 votos y a cinco escaños de distancia respecto a Maragall. Y esto sin contar los 78.000 votos de Iniciativa per Catalunya. La lista conducida por Pujol en la mayor de las cuatro circunscripciones catalanas ha sufrido una merma de unos 125.000 votos respecto a las elecciones de 1995, y ha dejado por el camino tres de sus 34 diputados.

Ha sido en todo caso su coalición, CiU, la que ha aguantado en las otras tres circunscripciones, hasta reducir la diferencia en votos en el cómputo global catalán a poco más de 6.000, que se convierten en más de 80.000 si se suman los de IC. Más importante es todavía el vuelco en escaños que aportan las tres circunscripciones de Lleida, Tarragona y Girona, hasta superar en un diputado a las fuerzas que apoyan a Maragall y situarle en posición de formar gobierno.

Esto se debe, naturalmente, al tirón personal del propio líder de CiU, pero en otras latitudes y tradiciones políticas -es cierto que con otro tipo de circunscripciones y de leyes electorales mayoritarias- los resultados que ha cosechado Pujol en Barcelona le descartarían a la hora de encabezar el gobierno. En las nuestras le sitúan en una posición bien difícil, ya que no ha conseguido ninguno de los objetivos que se había propuesto: tiene menos de 60 diputados, depende de otras fuerzas políticas, no dispone de energías para encarar el pacto fiscal para Cataluña que había prometido, y mucho menos la relectura del Estatuto y de la Constitución que debía servir para elevar los techos del autogobierno, y encima ha perdido el envite presidencialista y plebiscitario que se esconde en todas las elecciones catalanas desde 1984, pues su rival le ha derrotado en votos en el conjunto de Cataluña y especialmente en su circunscripción.

Entre los sobreentendidos del sistema electoral español figura que el cabeza de lista de Madrid sea el candidato a la presidencia del Gobierno y que el de Barcelona lo sea a la Generalitat. Pero este supuesto no deja de ser también una adherencia de un cierto presidencialismo que se ha colado de rondón. De los cuatro cabezas de lista de CiU en las respectivas circunscripciones catalanas, el único que tiene posibilidad de formar gobierno es quien ha recibido un mayor castigo por parte de los electores, hasta perder su primacía entre ellos. Y su fórmula de gobierno pasa, para mayor dificultad, por el auxilio de dos fuerzas -PP y ERC- que también han recibido un castigo electoral, severo en el caso del partido de Aznar y más leve en el de Carod Rovira.

Nadie debe discutir ni poner en duda las reglas de juego aceptadas por todos que conducen a la paradoja de traducir más votos en menos escaños. Así podrían interpretarse las palabras de Maragall, cuando asegura que "los partidos que vieron reducido con claridad su apoyo electoral pueden, formalmente, pretender la formación de un gobierno, pero los resultados de las elecciones les desautorizan de forma categórica". A falta del recuento oficial y definitivo, el líder socialista responde con estilo contundente al llamamiento de CiU a que se pliegue ante Pujol y reconozca su victoria.

Las elecciones hay que ganarlas primero en las urnas y después en la presentación de los resultados ante la opinión pública. De ahí el axioma de la modernidad electoral, que permite a todas las fuerzas presentarse como vencedoras en una u otra medida. El PP, a pesar de su retroceso, ha conseguido el objetivo de convertirse en fuerza decisiva y en ofrecerle a Aznar un aliado debilitado justo hasta el instante previo a la inanición. ERC ha aguantado la bipolarización y se ha constituido también en fuerza decisiva. El PSC ha alcanzado sus mejores resultados en unas autonómicas y la mayoría en votos populares. CiU tiene en sus manos la posibilidad de formar gobierno.

Todos ganan, pero en realidad todos pierden, porque nadie ha conseguido los objetivos que se habían propuesto, empezando por Pujol, pero siguiendo también por Maragall, que buscaba una mayoría para formar gobierno y se ha quedado justo a un paso de obtenerla, proponía un cambio que le condujera a la presidencia de la Generalitat y tendrá que aprovechar la legitimidad de los votos populares para hacer una oposición eficaz que le abra de par en par la puerta hasta ahora sólo entornada.

El equilibrio entre ganancias y pérdidas se produce en la propia composición del Parlamento, en el que aparecen dos mitades con un solo escaño de diferencia tanto en el eje ideológico que distingue a las fuerzas nacionalistas de las que no se definen como tales como en el eje ideológico que distingue a la derecha de la izquierda. Apurando el juego de empates, incluso la abstención, que se consideraba hasta ahora una enfermedad con efectos mayoritariamente sobre la izquierda, ha afectado en esta ocasión también a la derecha.

La mano invisible de la voluntad popular ha puesto los

huevos en todos los cestos y en proporciones muy similares. Cataluña cambia, pero su metamorfosis será lenta, sin el terremoto de una jornada electoral pero con muchos y sucesivos sobresaltos, que harán su vida política mucho más interesante.Habrá oposición en Cataluña, en puridad por primera vez desde la instalación del primer Parlamento, en 1980. Pujol no podrá seguir gobernando como lo ha hecho hasta ahora, con la suficiencia y el desenfado utilizados en la adjudicación de emisoras, en la gestión de los medios de comunicación públicos, o en el estrangulamiento de Barcelona, a la hora de tomar decisiones de infraestructuras o de ordenación del territorio.

En realidad, Pujol ya no podía seguir gobernando como siempre en la última legislatura. Y de hecho no lo hizo, porque fue su legislatura vacía, dedicada íntegramente a dos objetivos: ganar estas elecciones y resolver la cuestión sucesoria. Ahora ha conseguido por los pelos lo primero y no tiene más remedio que dedicarse en cuerpo y alma a lo segundo, pues por algo cuenta con un socio como Josep Antón Duran i Lleida, preparado para asumir la tarea y con un partido sin disposición alguna a facilitarle las cosas.

Todo esto es efecto del empate o de la doble legitimidad, la de los votos y la de los escaños, la que permitirá a Pujol gobernar en muy malas condiciones todavía un trecho más de tiempo, incierto e indeterminado, y la que obligará a Maragall a realizar su tarea de jefe de la oposición y a tejer la malla de su futura mayoría de gobierno.

Pero el efecto más notable es la desaparición de una ecuación, la identificación entre Pujol y Cataluña, que ha venido condicionando la vida española de los últimos 20 años. Y esto sucede así también porque el primero en Cataluña ya no se llama Jordi Pujol.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 19 de octubre de 1999