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Tribuna:

Mestalla

J. J. PÉREZ BENLLOCH

El lunes pasado y en el programa A primera hora de TVV compareció el vicepresidente del Valencia CF, Jaime Ortiz. Cuando sus entrevistadores y -suponemos- la audiencia esperaban una sarta de opiniones más o menos elusivas o tópicas sobre las vicisitudes del club y el reciente encuentro contra el Real Madrid, el joven mandatario merengue se salió por peteneras y se pronunció por la construcción de un nuevo campo de juego en distinto solar del que ahora ocupa. Aunque resulte probablemente gratuito para los lectores, recordemos que el actual recinto está en proceso de remodelación y en las obras se invertirán unos 4.000 millones de pesetas.

De lo dicho por el citado dirigente futbolístico queremos subrayar el pintoresco proceso por el que se arriesgó a formular tan temeraria e imprevisible propuesta. Relató el mentado que la idea no es suya, sino de la alcaldesa de la ciudad, Rita Barberá, a propósito de una visita al nuevo estadio municipal de Sevilla. Al parecer la edil quedó estupefacta ante aquel dechado arquitectónico -16.000 millones del ala- y sintiendo un espasmo de envidia, sana envidia, claro está, sugirió la conveniencia de hacer algo similar en la ciudad que gobierna.

Nada habríamos de objetar si todo hubiera quedado en un comprensivo desahogo provocado por un plausible deseo de emulación para con la capital hispalense que tan de cerca nos pisa el rabo, cuando menos demográfico. Lo grave es que intencionadamente alentase esta idea para que fuera abriéndose camino entre la opinión pública y en el mismo consejo directivo de la entidad valencianista. De ser así, y no es más que una sospecha, habríamos de recordarle que en su mano estuvo disuadir oportunamente a los reformadores del Mestalla, abanderando un proyecto similar al que acaba de deslumbrarle. De haber viajado más sabría cuán hermosos estadios lucen por esos mundos del deporte, esas llamadas nuevas catedrales del milenio. Con esas referencias estamos seguros de que jamás hubiera dado luz verde a la chapuza que se está consumando cuando pudo optarse por otras alternativas mejores y desdeñadas por irrazonables o muy tangibles motivos. Quizá sepamos un día quién y cuánto se cobró por este dislate.

Pero anduvo lenta de reflejos, como el mismo concejal de urbanismo, y ahora ya es tarde para desfacer el entuerto. La nueva ciudad que se está alumbrando habrá de crecer con esta mácula que es el viejo Mestalla maquillado, del que, además, están por verse las ventajas de su renovación, habida cuenta de su incomodidad. Cabe, en este sentido, que un día se rebelen unos miles de espectadores, hartos de padecer la tortura de ocupar determinadas localidades.

Comprendemos el arrojo y la buena voluntad del consejero referido, animado, como nos consta, por su valencianismo. Pero él, tan bien como el mejor informado, conoce las vicisitudes que concurrieron para remozar el campo, fruto de muchos silencios cómplices y no pocas ignorancias e indolencias municipales. Quienes alertaron sobre el despropósito fueron desoídos. Ya no queda pues más remedio que pechar con el muerto y no remover las cenizas, no sea que se chamusquen más de cuatro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 7 de octubre de 1999