Reportaje:

Un alemán enamorado del sol

En Francfort, Dieter Moll y su familia eran felices, pero la primera sonrisa no la conseguían hasta las once de la mañana. El cielo constantemente gris con el que se encontraban cada vez que abrían la ventana no invitaba a tomar el desayuno con el mejor humor. Después de trabajar en África durante dos años como periodista, Dieter regresó a Francfort y reveló a su esposa e hijos el truco para adelantar el reloj de sus sonrisas: el sol. En 1986 llegaron a Benissa (La Marina Alta), tras comprar Dieter el 50% de las acciones del semanario Costa Blanca Nachrichten, del que ahora es director y propietario. En Benissa han encontrado una sociedad menos reglamentada. "Nos gusta la forma de vida de los valencianos", resume Dieter. "Cenamos a las diez de la noche y, si podemos, nos echamos una siesta", revela. La familia Moll ha viajado mucho por España. Según lo que han visto, pueden afirmar que La Marina Alta "es una de las zonas más bonitas de la Península, con una perfecta combinación entre mar y montaña". Otra cosa que destacan de la Comunidad Valenciana es la facilidad en las comunicaciones. Los Moll siempre han vivido en grandes ciudades y Benissa es el primer pueblo en el que han fijado su residencia. "Queríamos experimentar cómo se vive en un pueblo, pero si echamos en falta la cultura, como el cine o el teatro, nos vamos a Benidorm o Alicante. Y si necesitamos sumergirnos en el ambiente de una ciudad grande, pasamos un fin de semana en Valencia", cuenta. Dieter llegó a una España recién admitida en Europa y, por tanto, ha sido espectador del cambio operado en la Comunidad Valenciana en estos años. Al llegar, la encontró sumida en el ruralismo tardío. "En Benissa, el cajero del banco llevaba un lápiz en la oreja y escribía los asientos a mano", recuerda. ¿Y ahora? "España se ha adaptado muy bien al resto de países de Europa y puedes comprar de todo", valora. En definitiva, los Moll son felices en la Comunidad Valenciana. Sólo hay una cosa que Dieter no entiende: que se obligue a aprender valenciano en las escuelas. "Estoy de acuerdo con que no se pierda el valenciano, pero en una Europa que está creciendo no tiene mucho sentido darle tanta importancia a un idioma que habla tan poca gente", dice. Y además, nota "intolerancia" en algunas actitudes. "Si entro en una tienda en la que hablan valenciano, al notarme extranjero empiezan a hablar en castellano, pero si entra mi contable, que no es valenciano, puede que no hagan ese cambio", señala. Lo que más le gusta. Dieter destaca el sentido de la libertad que tienen los españoles, y también el empeño con el que defienden sus hábitos. "Si un día le digo a mi contable que no pare para tomar un café porque hay mucho trabajo preferirá acabar más tarde a renunciar a ese descanso. Y eso me parece bien", asegura. Lo que menos. En su opinión, España se ha convertido en un país donde gobierna el consumo. Y eso, para Dieter, "conlleva una pérdida de ética y moral que puede resultar peligrosa". Lo que más le chocó al llegar. La fiesta por la noche. "Es raro que el concierto empiece a medianoche o más tarde y al día siguiente la gente vaya a trabajar. No conocía esa vida tan intensa que llevan por aquí", señala. Cómo nos ve. Dieter ha encontrado una "sociedad muy abierta con los extranjeros, con gente tolerante, lo que nos ha permitido tener buenos amigos", asegura. "Nos sorprendió el carácter tan positivo de la gente", añade.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 01 de agosto de 1999.