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El maravilloso dinosaurio

Fabio Capello le llamaba despectivamente La Lavadora. Vestía de blanco, era ancho y no se movía. Los prejuicios de Capello contra Suker estaban relacionados con un fútbol que se muestra cada vez más sectario con unos jugadores de otra época, de cuando el fútbol era una de las bellas artes y no el industrioso empeño actual.El único compromiso de Suker ha sido con el balón. Ni su cuerpo ni su mente estaban preparados para aceptar los rigores de la presión sobre el adversario, los desmarques continuos y todo eso que ahora se conoce como juego sin balón. Él pertenece a otra estirpe, sublime por la pureza de su toque, de sus remates, de sus pases. Incluso el último Suker, el Suker inmóvil, ha aprovechado como nadie la extraña facilidad de su pie de oro, capaz de goles sorprendentes por su delicadeza y precisión.

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Si Suker ha sufrido el desdén de algunos entrenadores, es algo que no sirve para limitar su considerable impacto en el fútbol español.

En el Sevilla se convirtió en un héroe, y en el Madrid hizo lo que mejor sabe: una cantidad notabilísima de goles, muchos de ellos inolvidables, producto de un variadísimo repertorio de remates.

Los grandes escenarios

Suker nunca ha engañado a nadie. Se le ha tomado o se le ha dejado, pero en su juego siempre ha habido tiempo y lugar para lo diferente y para un sentido casi teatral de su profesión. Ha disfrutado como pocos de las grandes competiciones y de los grandes escenarios, como ocurrió en el pasado mundial de Francia y en la Eurocopa de 1996, en Inglaterra. Nunca se ha dejado borrar por la responsabilidad, porque su interés ha pasado por sentirse actor principal de los partidos. Lo ha hecho a su manera, confiado hasta la arrogancia en unas habilidades que tenían mejor eco en los graderíos que en la opinión de los entrenadores.

Contra el modelo dominante, a la gente le gusta identificarse con futbolistas como Suker, quizá porque ellos todavía son capaces de recordarnos la rareza de este juego. Mientras Capello y toda la corte de capelitos convierten el fútbol en un asunto exclusivamente humano, lleno de obligaciones administrativas, Suker y los pocos de su raza trasladan el juego al terreno de los virtuosos, donde lo único que verdaderamente importa es el desafío que representa una pelota, desafío que Suker ha aceptado con imaginación y grandeza, convencido, como un viejo dinosaurio, de que el fútbol en realidad pertenece a los exquisitos y no a la tropa de picapiedras que lo tiraniza en estos tiempos.

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