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Tribuna:

El periodismo y sus víctimas JORDI GARCÍA-SOLER

Mucho se lleva dicho y escrito sobre el secuestro de Maria Àngels Feliu con toda su muy prolongada historia, con ramificaciones de todo tipo, desde las policiales hasta las políticas, pasando sobre todo por las mediáticas. ¿Por qué, pues, insistir en este tema? Porque el tratamiento informativo dado a este caso debería ser objeto de atención y, a ser posible, de profunda revisión para el futuro. Los periodistas, el conjunto de los profesionales de la comunicación, y creo yo que también la totalidad de la ciudadanía, deberíamos analizar y reflexionar sobre cómo determinadas conductas profesionales y ciertos tratamientos informativos están en abierta contradicción con los más elementales principios de la ética periodística. Josep Pernau, un periodista veterano al que uno ha tenido el placer de tener como maestro en la profesión y al tiempo como referente ético personal y periodístico, ha escrito un muy buen artículo en la revista médica Jano, bajo el título de Todos dañamos a Maria Àngels Feliu, en el que ha señalado que "con el chisme difamatorio en voz baja, que a veces contó con la caja de resonancia de cierta televisión irresponsable, todos pudimos contribuir a causar un daño que sólo la verdad ha podido reparar". Es ésta una constatación grave de unos hechos ciertos y que está claro que afectan a buen número de las informaciones dadas sobre el secuestro de Olot durante los cinco últimos años, no sólo por algunos medios de comunicación que por lo general tienden al amarillismo y al sensacionalismo de la peor especie, sino también por otros que se precian de rigurosos. Deberíamos reflexionar sobre ello. Deberíamos hacerlo también sobre cómo se informa con todo tipo de datos, por más escabrosos y poco o nada ciertos o comprobados que puedan ser, sobre tragedias humanas que afectan a personas y familias concretas, por ejemplo con motivo de la muerte de José Agustín Goytisolo o del fallecimiento de un par de muchachas halladas hace pocas semanas en un piso de Sant Andreu, y al mismo tiempo se silencian u ocultan las causas reales de la muerte de algún que otro famoso, tal vez porque se trata de un mito popular a quien se considera intocable. De forma deliberada, premeditada y consciente en no pocos casos, de modo inconsciente, imprevisto y en definitiva irresponsable en muchos otros, los periodistas, los profesionales de la comunicación, tenemos una participación directa en la creación de determinados estados de opinión que coadyuvan a hacer posibles auténticas y reales tragedias, verdaderos dramas humanos con protagonistas concretos, víctimas directas de la dictadura impuesta por la sociedad de titulares en la que vivimos inmersos. Parecen ser éstos malos tiempos para la ética profesional de los periodistas y, en general, de todos cuantos trabajamos en los medios de comunicación. Cuando la información se mercantiliza al máximo, cuando lo único que realmente importa es el espectáculo mediático que da buenos niveles de audiencia o el amarillismo que produce buenas ventas, el periodismo puede ser también uno de los responsables de auténticas y concretas tragedias humanas. ¿Cuál será la próxima? Depende, sin duda, de los periodistas, pero también del público y de su capacidad de rechazar cierto tipo de periodismo y de exigir auténtica información de calidad. Porque también el público tiene su propia responsabilidad, ya que la oferta de basura periodística responde, al menos en parte, a la demanda de periodismo basura.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de mayo de 1999