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"Estoy orgulloso de mí mismo"

Olazábal está doblemente satisfecho por el triunfo en el Masters y por haber superado sus graves problemas físicos

Nunca, en ninguna conferencia de prensa posterior a cualquiera de sus 24 victorias en los circuitos del golf, había José María Olazábal dejado aflorar sus sentimientos de una manera tan tierna como el domingo por la noche, vistiendo ya la segunda chaqueta verde que conquista en el Masters. Nunca, ni siquiera en Canarias, hace un par de años, cuando ganó su primer torneo tras una enfermedad que durante 18 meses amenazó con robarle la vitalidad física en la primavera de la vida; ni siquiera en Dubai, un año después, ni siquiera tras la Ryder Cup, había José María Olazábal disfrutado tanto contando su vida a la gente. Estaba feliz. Más feliz incluso que hace cinco años, cuando sorprendió al mundo ganando su primer Masters."Voy a disfrutar mucho más de esta victoria que de la de 1994 por varias razones", dijo. "La más importante es porque llega después de todos los problemas de salud que he tenido que superar. Y también, porque es mi segundo torneo grande. Cuando gané el primero muchos pudieron pensar que había sido un golpe de suerte, pero ganando dos, y especialmente de la forma en que lo he hecho, significa un montón más para mí".

La forma en que lo hizo fue extraordinaria, resistiendo solo en la cabeza desde el viernes el acoso de los mejores jugadores de la década y en un campo, el de Augusta, endurecido tremendamente por el temor a que se convirtiera en un territorio fácil. Manteniéndose sin desfallecer y logrando que todos los rivales acabaran más lejos de él todavía. Todos los ganadores de los grandes en los años noventa -Norman, Love, Janzen, Els, Price, Woods-, todas las estrellas fulgurantes del momento -Duval, Leonard, Westwood- intentaron darle bocados a su posición. Todos se quedaron sin dientes.Ante él, ante Olazábal, una persona que en sus momentos más bajos vio desfilar en la pantalla de su televisor toda una nueva generación de golfistas, de nuevas formas de entender el juego, la revolución de Tiger Woods y todo eso. Bastante material para pensar que nunca volvería a ocupar en el golf el lugar al que estaba destinado.

Un hombre feliz

Todo esto estalló el domingo en la cabeza del jugador guipuzcoano. Todo esto estaba detrás de la afirmación que más veces repitió. "Estoy orgulloso de mí mismo", dijo. "De verdad. Soy un hombre feliz en estos momentos y me siento feliz no sólo por mí, sino también por toda la gente que me ha apoyado en los momentos malos. Por mi familia. Por mis amigos".Su gente. Más tarde, cuando se relajó un poco en la casa en la que ha vivido toda la semana, la misma casa que ya alquiló hace cinco años cuando su primera victoria, intentaba quitarle dramatismo al asunto. "Es que soy muy tierno", se reía. Pero en aquella solemne sala de prensa, ver a Olazábal taparse la cara, intuir que se estaba emocionando más de la cuenta, saber que estaba llorando de verdad, fue un momento de los de nudo en la garganta para la gente. Fue cuando le preguntaron qué era lo primero que iba a hacer cuando llegara a su casa. "Abrazaré a mi familia, eso es lo primero", respondió. Y no pudo más. Se recuperó, y otro golpe de lágrimas cuando empezó a darle las gracias al médico de Múnich, Hans Wolfarth Muller, el único que supo ver el extraño mal que tal daño causaba en los pies de Olazábal que no le permitía andar no era la incurable artritis reumatoide que otros habían diagnosticado, sino un pinzamiento vertebral. Y él tenía la cura. Y él le curó. "Sin él", recordó Olazábal, "no estaría ahora aquí. He ganado este torneo gracias a él. Hizo un trabajo maravilloso conmigo y quiero darle las gracias desde aquí. Parte de la victoria le pertenece".

Después de su insólita exhibición de sentimientos, Olazábal se fue a disfrutar-sufrir de la cena del campeón en el club. Allí, rodeado de los viejos socios, que no le dejaron probar bocado solicitándole más y más autógrafos para sus nietos, Olazábal volvió a contar las historias que antes habían hecho reir a todos. Como cuando escenificó, en su magnífico inglés, ante todos los periodistas la charla que había tenido el martes con el mítico surafricano Gary Player. "Se me acercó y me dijo: "¿Cómo estás jugando?". Y yo le dije que así, así. Y me preguntó: "¿Cómo andas de confianza?". Y yo le dije que no muy bien. Y me miró, ya sabéis como es cuando mira fijamente, con esos ojos suyos, y me dijo: "Tienes un gran swing. Si no tuvieras un gran swing no te diría esto, pero tienes un gran swing y tienes que creer en ti mismo. Mírame". Y Olazábal salió de detrás del estrado y se puso en cuclillas, con los brazos extendidos, como un hipnotizador loco. "Así se puso", continuó. "'Mírame. Así, con la mirada fija. Tienes que creer en ti. Juega 18 hoyos. Si no lo haces bien, no importa. Te vas al campo de prácticas y te entrenas duramente. Y luego te vas al putting green y sigues haciendo putts. Y así es como se hacen las cosas'. La determinación con que me le dijo y sus palabras, creedme, me ayudaron. Me ayudaron a creer en mí también".

La próxima semana, Olazábal disputará en el campo de El Prat (Barcelona) el Open de España. Será su reencuentro con la afición española. Será el gran favorito. Pero como tarjeta de presentación, recordando cómo había llegado a Augusta, como una mariposa de puntillas, dijo bien claro y alto a los periodistas: "Pero no me pongáis de favorito. Yo voy allí de underdog, como alguien que no tiene nada que hacer".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 13 de abril de 1999