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Tribuna:

Homenaje

Me busqué la excusa de que la película era apropiada para ilustrar los tipos de condicionamiento y aprendizaje, que es lo que entonces estaba explicando a mis alumnos. Secretamente, lo que buscaba era rendir un homenaje, cerrar un ajuste de cuentas, responder con un lance paralelo a aquellos otros tantos en que él, el homenajeado, me había dejado exhausto en la silla y como muerto, con la retina poblada de imágenes enormes. Fue mi forma de sumarme al caudal de retrospectivas y dedicatorias que un montón de filmotecas habían emprendido ya, dentro y fuera de Andalucía; claro que la mía debía ser más íntima, más callada, casi clandestina, buscando algo más que la mera gastronomía cinematográfica: yo quería golpear el hígado de mis alumnos con aquel torrente de fotogramas salvajes, cortarles el resuello y mirar sus caras con algo de crueldad experimental. Después de La naranja mecánica, siguió para la historia del cine un largo apogeo del género de violencias gratuitas, donde las sierras eléctricas y los cuchillos de caza compartían protagonismo con los sufridos actores que en todas las salas se dejaban destripar, cercenar, desangrar, reducir a filetes. Mis alumnos, curtidos en toda aquella escuela de degüellos, quebrantos y barbaridades, contemplaron la película de Kubrick con un estupor entreverado de entusiasmo, con alegría, con siniestros coros de risas. En efecto, la brutal disección de Kubrick mueve a la repugnancia sólo en la trastienda, porque el deslumbrante decorado inicial busca entusiasmar, divertir, distraer. Como en esa otra paralela obra maestra, Trainspotting, un tema reputado de delicadeza moral puede ser tratado con todo el desparpajo y la rotundidad del mundo, puede usarse para reír, para ironizar, puede desacralizarse. Y seguramente la risa es requisito previo para llegar a tomar algo auténticamente en serio. A pesar de la actual avalancha de dudosas buenas intenciones y la elección de la violencia como culpable de todos los platos rotos de la vida en comunidad, la película de Kubrick conserva intacto su nervio, su magnetismo, su profunda y sabia mala leche; virtudes, dicho sea de paso, que poseen mucha más savia que la bobería anodina de las listas de Schindler. La violencia, aprendemos con Kubrick, no posee un signo único, no puede abrazarse o rechazarse de plano, en bloque, como quien elige las espinacas y deja los garbanzos en la esquina del plato: lo escandaloso no es la violencia, sino su procedencia. Intentar hacerla desaparecer como a través de un pase de prestidigitación, confiar en la resolución pacífica y sin malas digestiones de los enfrentamientos, resulta, además de candoroso, seguramente reaccionario. En cierto absorbente ensayo, Marvin Harris afirma sin vacilar que el pacifismo sólo conviene a quienes no están obligados a pelear para resolver injusticias, para aquilatar desigualdades, para vivir. Y, no sé por qué, tengo la desagradable impresión de que cada vez más somos víctimas del mismo experimento que sufrió Malcolm McDowell, aquel que quiere matarnos las ganas de patalear para sustituirlas por una impecable compunción humanitaria. A nadie se le escapa que la filantropía hace correr menos a los policías.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 24 de marzo de 1999