Cornisas
Como para todo, suicidarse tiene unas reglas, y es que, por culpa de unos pocos suicidas sin escrúpulos, pagamos todos. Por ejemplo, qué manía tirarse del Viaducto y manchar la ciudad. Bueno, pues gracias a estos desconsiderados, nuestro señor alcalde ya ha tomado medidas: ha tapiado con una cristalera el precioso mirador, y así, muerto el perro, se acabó la rabia. Se rumorea que ya pueden tener cuidado las farmacias, porque un buen número de suicidas se forran de barbitúricos y antidepresivos, y también así la palman. Otros que tendrían que estar alerta son los vendedores de sanitarios. Las bañeras, sin ir más lejos, podrían, no pasando mucho tiempo, quedar fuera de servicio, ya que, como ustedes recordarán, otro número importante se corta las venas en ellas. Pero, bueno, quizá podamos encontrar una solución. Se me ocurre, ¿por qué no pasean los presuntos suicidas debajo de las cornisas, que parece ser el único punto que dejan libre para destrozar la vida de los que sí quieren vivir?- .


























































