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Tribuna:

Historiador

JOSÉ MANUEL ALONSO Hace dos años despedíamos a Manuel Tuñón de Lara. Gran investigador e impulsor historiográfico por sus múltiples obras y por aquellos coloquios que organizó en su exilio y sirvieron para abrir la historia española a las nuevas corrientes europeas. Fue una personalidad siempre asequible, que orientó y animó a cientos de estudiantes y discípulos dejando una gran escuela. En 1983, la UPV tuvo el acierto de nombrarle catedrático de Ciencias de la Información, entendiendo que los periodistas son historiadores de la actualidad y, además, han de hacer lo que decía Montanelli: "inteligible todo lo que intelectuales y políticos intentan hacer ininteligible". Tuñón de Lara rompió con el tipo de historia tradicional que se quedaba en la simple narración de acontecimientos, para que fuese una Historia donde se juntaban y compenetraban los datos o los hechos con la explicación y comprensión, es decir, su análisis, y también su difusión, convencido de que la Historia debe dirigirse al gran público. Fue historiador de esos que se ponen una mano sobre los ojos, como visera, para que no les deslumbre el sol de los vencedores y otear por donde vienen las manipulaciones. Siempre abierto, siempre plural, siempre con una idea: esclarecer los hechos y desempolvar, si es preciso, los legajos de la historia para no caer en los mismos errores. Como decía Ramón y Cajal: "Si tuviéramos una idea clara y exacta de lo que hemos sido; si conociéramos nuestra historia sin leyendas ni ficciones, podríamos comprender fácilmente lo que podemos ser". Por eso, por ese sentido de pulsar la realidad (la de ayer o la de hoy) con la mente puesta en el futuro, Tuñón de Lara se entendió siempre bien con los futuros (actuales) periodistas. Por eso, parece como si Ortega estuviera pensando en Tuñón al escribir: "La Historia no es solo contar el pasado sino entenderlo. Pero si es entenderlo por la fuerza tiene que ser también criticarlo y, en consecuencia, entusiasmarse, angustiarse e irritarse con él, censurarlo, aplaudirlo, corregirlo, completarlo, llorarlo y reírlo".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 31 de enero de 1999