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Tribuna:

Rebajas

Mi hermano Pepe sostiene, dentro del ámbito familiar, que la inmensa mayoría de los objetos que hoy existen no valen prácticamente nada. Pepe ostenta un cargo estratégico en una empresa industrial y conoce estos asuntos mejor que muchos de nosotros. En amplias zonas de Asia o África los salarios por una jornada de 10 horas son inferiores a 150 pesetas, y las nuevas máquinas fabrican un formidable surtido de artículos a razón de decenas de miles a la hora. Las tiendas de Todo a 100 son indicio de aquello que está sucediendo globalmente. Lo que se vende a 100 pesetas puede haber costado menos de un duro, y un tornillo que se expende a 10 pesetas podría ser, virtualmente, de valor cero. Las radios, las calculadoras o los relojes se obtienen hoy por una suma asombrosamente pequeña, pero aún es más asombroso su ínfimo coste de producción. Del mismo modo que se ha aceptado que una botella de agua mineral se venda igual a 100 que a 200 pesetas, IBM puede rebajar, de súbito, un 40% la tarifa de sus ordenadores y Cortefiel un 50% sus ropas. El precio viene a ser, cada vez más, una ficción, tal como llegó a ocurrir con las monedas cuyo valor facial, desprendido de su correspondencia con la aleación, pudo marcar cualquier cosa. ¿Rebajas? Antes, esta orgía que vencía a lo más caro y aproximaba lo inaccesible emitía una festiva impresión de irrealidad. Ahora, la irrealidad es justamente lo contrario. Los artículos rebajados no son fantasías, sino que viajan directos hacia la realidad, y tanto más cuanto más se acercan al precio cero. El actual vendaval de compras ciudadano confirma cómo las mercancías parecen pesar muy poco: vuelan, se trasiegan, se escogen, se cambian y planean en un carnaval donde el espectacular simulacro de su precio ha hecho desaparecer para siempre el rostro de su entidad real.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de enero de 1999