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DE CUERPO ENTERO FRANCESC CABANES

Caballero de faja roja y largo sueño

Se miden en los hexámetros de Homero y tienen las manos vigorosas, precisas y rápidas. Llegan de la antigua región de Lidia, rica en manantiales y en yacimientos de oro y plata; o de la comarca valenciana de la Costera, entre los almendros, olivos y naranjos de Genovés, un pequeño pueblo cerca de Xàtiva. Del rey Giges se ocupa la leyenda y los poetas épicos; de Francesc Cabanes, los medios de comunicación y Toni Mollá, que le escribió una hermosa historia de homenaje personal, "per haver estat el millor". El rey Giges es apenas verso y aroma de aceite de arrayán; Francesc Cabanes, sustancia elástica confiada al corazón, al sistema nervioso y al patrimonio popular de un país. Eso sí, ambos juegan al juego de la pelota: el primero en un censo de dioses de mármol; el segundo, en su calle de la Font, con la adolescencia arrebatada y el vecindario de fiesta en las partidas de domingo; luego, en toda la geografía planetaria del trinquete: "de Vinaròs a Oriola", a Euskadi, Bélgica, Francia, Italia, y más allá del océano, México, Argentina, Estados Unidos. Francesc Cabanes es un meteoro y un espectáculo de vitalidad y entrega sin límites al deporte de la pelota valenciana. Desde 1975, despierta las expectativas y se erige en fábula y en un catálogo de innovaciones, de títulos y de prodigios. Muy pronto, ingresa en esa orden luminosa del prestigio bien sudado: los caballeros de la faja roja, junto a Quart, Juliet, Rovellet, Eusebio y Sarasol, Enric Sarasol, su amigo y su discípulo, en el inventario de Toni Mollá. Francesc Cabanes i Pastor nació el veinte de diciembre de 1954, en el pueblo de Genovés, de cuyo topónimo tomaría su nombre de pelotari. Hijo de Josep el Teuler y de la tía Carme, ya le esperaban su hermano Pepe y su hermana Carme, una familia de pasar modesto, que muy probablemente no se percató de la naturaleza de aquella criatura: una carne suave y recién inaugurada a la vida, y también una carne destinada a transformarse en columna de energía pensante, por el sentimiento de las gentes y la estética de los artistas Manuel Boix y Manuel Fuster. De niño, Paco Cabanes acudía al colegio y le pegaba a la pelota, en cualquier lugar y a cualquier hora; así invocaba la perfección de su oficio y el magisterio de su juventud; así, entre carreras y obsesiones infantiles, fue cincelando su propia estatura olímpica; así, llegaría a convertirse en "una llegenda viva, l"ídol i el model de la pilota valenciana". El 9 de octubre de 1991, Francesc Cabanes i Pastor recibió del entonces presidente Joan Lerma una de las más altas distinciones que concede la Generalitat: la medalla de oro al mérito deportivo. Luego, Genovés se retrató con las otras personas distinguidas, en aquel acto, entre ellas, el malogrado titular del Tribunal Constitucional, Tomás y Valiente, y el maestro y poeta castellonense Enric Soler i Godes. Genovés declaró que "si bien el deporte de la pilota ha estado durante un cierto tiempo falto de promoción, actualmente las instituciones como el Ayuntamiento y la Diputación de Valencia se están moviendo al respecto, montando y adecuando canchas". Por el álbum de fotos de Paco Cabanes desfilan desde Juan Carlos I, hasta Pasqual Maragall, Jordi Pujol, Ciprià Ciscar y muchos otros políticos, jugadores vascos, compañeros y amigos, sus padres, su mujer, sus hijos y un traje de marinero de primera comunión. Por su memoria desfilan otras muchas turbulentas imágenes: las partidas contra los mejores pelotaris vascos, en la modalidad de frontón, como Intxauspe y Martinikorena; la derrota frente a Sarasol, en el campeonato individual; y el espléndido enfrentamiento con el joven Álvaro, el nueve de julio de 1995, en Sagunto, cuando Genovés recuperó el título y decidió retirarse de las competiciones oficiales. Había superado pronósticos, retos íntimos y adversidades: el trinquete fue un relámpago y un épico y noble duelo de caballeros de pantalón blanco. Álvaro tenía veinte años y todo el futuro por delante; Paco Cabanes, Genovés, cuarenta y uno, la experiencia, el coraje, la púrpura y un largo sueño. Sí, dijo, me gusta dormir, diez o doce horas, cuanto más mejor. Toda la gloria como confetti de la sierra de la Creu, sobre su largo y fecundo sueño.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 21 de diciembre de 1998