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Tribuna:

El gigante cojo

Uno de los hechos que más llama la atención de la cascada de balances del siglo XX a la que asistimos estos meses es la mezcla de pesimismo y buenas intenciones. Muchas de las voces son prescindibles y forman parte del aquelarre mediático finisecular que llegará a su paroxismo el próximo año; algunos, no obstante, deben retenerse por su autoridad intelectual y moral, así como por su travesía biográfica de la centuria.Entre estas últimas cabe situar, sin duda, la del célebre historiador del arte Ernst H. Gombrich, nacido en Viena en 1909, y muchos años director del Instituto Warburg de Londres, cuyas recientes declaraciones a La Vanguardia acerca de la "extinción de la cultura europea" han causado cierto revuelo. Junto con la pérdida de la tradición clásica, Gombrich lanzaba un reproche rotundo al arte de su siglo: "Me produce vergüenza ser historiador del arte en el siglo XX. ¡Cuando en la ciencia ha habido logros portentosos, como el descubrimiento de los mecanismos hereditarios! ¡Y que, mientras los científicos alcanzaban tales proezas, un artista enviaba a una exposición un urinario como si esto fuera un gran logro del siglo XX! Me irrita el abismo entre el nivel intelectual de lo que ocurre en ciencia ahora mismo y la discusión solemne sobre un chiste de estudiante".

Algunos artistas y críticos se han apresurado a defender al aludido Marcel Duchamp del desprecio de Gombrich sin detenerse a considerar el problema central que éste ha suscitado: la brutal pérdida de peso específico del arte con respecto a la ciencia a finales de este siglo, en claro contraste con el equilibrio de uno y otra en sus inicios. En lugar de recurrir a protestas corporativistas, quizá tanto artistas como críticos deberían preguntarse si el gesto de Duchamp no fue, en definitiva, sino una lúcida anticipación del proceso determinado por Gombrich. De ser así, la injusticia valorativa de éste no anularía su justa irritación.

No creo que nos hallemos ante la inminente extinción de la cultura europea, sino, más bien, ante su transformación en el seno de un escenario mucho más complejo. Naturalmente asistiremos a extravíos irreparables, pero también a la gestación de meras líneas de fuerza que, además de proporcionarnos claves inéditas para la lectura del mundo, nos revelarán algunas de las mutilaciones que lo que llamamos cultura produjo en su camino. No sería de extrañar que el fin del eurocentrismo significara, paradójicamente, el rescate de la cultura europea.

Pero incluso desde este punto de vista el diagnóstico de Gombrich es atractivo puesto que vendría a poner de manifiesto la incapacidad del arte occidental para mantenerse en la médula de la conciencia de nuestro tiempo. El infinitamente superior impacto de la ciencia, pese a los desastres tecnológicos acaecidos a lo largo del siglo y a los debates éticos alrededor de algunas de sus conquistas, arrinconaría todavía más al arte en su exilio periférico, acentuando la cojera espiritual con la que nos adentraríamos en el próximo milenio. En algunas de sus manifestaciones Gombrich se acerca a las posiciones de George Steiner: la paulatina pérdida de influencia civilizatoria por parte del arte occidental estaría relacionada con su progresivo alejamiento de las presencias reales, de los significados nucleares de la existencia humana. Mientras la ciencia, aun habiéndose expandido por sinuosos senderos, a menudo turbiamente secretos, se presenta ante nuestros ojos como plenamente integrada en las inquietudes y esperanzas del hombre, el arte, con toda su enorme capacidad de convocatoria en los escaparates y mercados, parece enfermizamente encerrado en catacumbas morales o, por el contrario, irresponsablemente suspendido en la trivial gestual. Ajeno a las presencias reales: ausente, irreal, por más que hablemos continuamente de él; o quizá, preciso es decirlo, porque hablamos de él continuamente.

Quizá sea la dinámica acentuadamente autista del mundo del arte lo que ha contribuido en mayor medida a construir muros invisibles a su alrededor. El arte moderno ha transcurrido por una suerte de voluntad de crisis permanente que, mientras ha actuado en el interior de los procesos creativos, ha sido sumamente estimulante, moviendo a la experimentación y conquista de nuevos lenguajes, pero que, convertida en tópico, y aun en dogma, ha supuesto la cristalización de un territorio endógeno que ha propiciado una autocomplacencia, a veces narcisista, a veces directamente nihilista.

Curiosamente, sin embargo, el poder externo, epidérmico, de lo que se considera arte es tan apabullante que es muy difícil encontrar paralelismo en periodos precedentes. Nunca, como hoy, hemos estado rodeados por una tan densa red de continentes artísticos, desde los tradicionales a los virtuales, de modo que, aunque sea como cáscara o como producto, parecemos estar rodeados permanentemente por "obras de arte". Con toda seguridad la irrupción política "o espectacular" de las obras de la ciencia nos parece mucho menor. Pero en sus determinaciones profundas el desequilibrio actúa en dirección contraria. Tenemos una imagen fuerte de la ciencia: sirve, y ha servido, para matar, incluso para exterminar, pero puede curar y salvar. En cualquier caso, tenemos la impresión de que "estamos en sus manos", para bien o para mal. Seguramente la gran mayoría cree en su prestigio y en su carácter decisivo.

La imagen del arte -no como escaparate sino como creación propia de nuestro tiempo- es, por el contrario, difusa, delgada, escasamente determinante. En comparación con gran parte de este siglo, en las dos últimas décadas se ha enfriado la atmósfera del arte, súbitamente desprovisto de tensiones en su interior y de pasiones a su alrededor. Inauguramos constantemente nuevos museos pero no creemos que el arte se ocupe de lo decisivo ni tenga un lugar decisivo en nuestras vidas.

Si las palabras de Gombrich pueden sonar injustas, al descalificar un siglo artísticamente tan rico como el que pronto terminará, los síntomas que las amparan son reales y comportan graves riesgos. No podemos seguir acumulando arqueologías artísticas -por contemporáneas que sean- mientras nos distanciamos cada vez más de la fuerza simbólica, de la tensión vital que comporta el arte como percepción enigmática de la existencia.

Desnudos de ese otro conocimiento, el conocimiento que proporciona la ciencia nos haría caminar, en el mejor de los casos, como un gigante cojo.

Rafael Argullol es escritor y filósofo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 17 de diciembre de 1998