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La amistad como metáfora

Los avatares de una sociedad civil pueden ser entendidos mejor, tal vez, si los consideramos a la luz de lo que ocurre con formas más simples y elementales de la vida social, dejando aparte por el momento cuestiones de escala y complejidad; tan simples y elementales como las de la sociedad diádica (o triádica, o plural) en que consiste la amistad.La amistad es una experiencia social cotidiana y, sin embargo, extraordinaria. En su acepción ideal, en lo que podemos llamar la verdadera amistad, ésta supone el reconocimiento recíproco basado en una amplia comprensión mutua, la ausencia o la mitigación profunda del egoísmo y la incitación a dar lo mejor de nosotros mismos y esperar lo mejor del amigo en cuestión. Urgidos por la amistad, los amigos tienden a expresar sus mejores sentimientos, afinar su juicio, movilizar su energía y actuar con la mayor determinación.

Es cierto que en la vida real la amistad, mientras dura, está aquejada, como todas las experiencias humanas, por los malentendidos implícitos en la repetición de los gestos y los discursos de encuentro de los protagonistas, como toda performance cuya reiteración amenaza dejarse ganar por la inercia y transmutar su naturaleza de acción en la de un objeto. También está amenazada por la ambivalencia de los testigos de la relación, que participan de ella porque le sirven de referencia, pero quedan al margen. Y muy en particular puede verse afectada por el clima moral y emocional del conjunto social más amplio dentro del cual opera, unas veces favorable, porque promueve la ecuanimidad y la generosidad de juicio, otras no tanto.

Así, por ejemplo, durante mucho tiempo, el clima moral y emocional de España ha estado bastante influido por el talante de una generación educada en las escaseces de la posguerra, habituada a pensar que la suma de los recursos disponibles era limitada, de modo que el avance de los unos se hacía a costa de los otros, y, en consecuencia, muy poco dispuesta al entusiasmo ante el espectáculo del bien ajeno; lo que hace que, con frecuencia, su conversación amistosa sea parca o muda en el elogio, y acerba y disimulada en la crítica, lo que sirve de freno, más que de impulso, a la libertad de las gentes.

Con todo, cuando es auténtica, la amistad alberga momentos luminosos (o numinosos) asociados a sentimientos de libertad y ejercicios de apertura a formas nuevas de experimentar el mundo, con riesgo pero sin zozobra. Son actos libres realizados contra el telón de fondo de una confianza basada en una memoria de encuentros y acontecimientos amistosos, y anclados en la tradición de una pequeña comunidad.

Claro está que no todas las amistades declaradas son verdaderas, y abundan las construidas sobre el sentimiento compartido de una búsqueda no de lo mejor, sino simplemente de lo conveniente. Tampoco es fácil distinguirlas y, en todo caso, el aturdimiento de la juventud, de la que muchas amistades arrancan, no facilita el hacerlo. Pero aunque nos equivoquemos, ello tiene su compensación. Porque si la sensación de satisfacción que produce la experiencia de una verdadera amistad es profunda, tanto o más puede serlo la de perderla, cuando la amistad desaparece porque se transforma en indiferencia, o se revela, retrospectivamente, como una amistad falsa.

La intuición de la falsedad de una amistad, en retrospectiva, crea un vacío en el horizonte que a veces se cierra muy rápidamente. Hay algo que se precipita en el olvido. Se asiste con asombro a un desdibujamiento de las figuras que se funden con el paisaje, como si volvieran a la nada de donde la amistad pareció haberlas hecho surgir al comienzo. Vemos rostros cuyos rasgos se borran. Escuchamos palabras que se convierten en ruidos de fondo. Y la historia de una amistad queda reducida al interrogante de cómo fue posible.

Con la pérdida de la falsa amistad, nos liberamos de una carga y aprendemos cosas (que sin esa experiencia quizá no habríamos aprendido) sobre la naturaleza y el valor de la verdadera amistad, las condiciones de su realización, los errores de juicio que hemos podido cometer y los defectos de carácter que nos hayan podido inducir a cometerlos. También nos damos cuenta del carácter efímero de un tiempo perdido e irrecuperable.

Pero aunque la microsociedad formada por la díada (o tríada) amistosa es relativamente frágil, ello no debe hacernos olvidar la otra cara de la moneda: su capacidad de aguante y elasticidad ante los embates de la vida. Todo depende de que se consiga mantener un nivel significativo de confianza entre sus componentes. A su vez, esto depende de la observancia de ciertas reglas de reciprocidad y obligaciones de lealtad, y (hasta cierto punto) de la igualdad de rango entre los protagonistas. Puede depender, también, de la frecuencia y la importancia de sus interacciones, en especial de las que constituyen un espacio de conversación donde se manifiesta su diversidad y está abierto a intervenciones imprevistas e imprevisibles (pero tal vez no inesperadas), donde se intercambian libremente las opiniones, y donde cada uno no sólo respeta la perspectiva del otro, sino que intenta comprenderle, poniéndose en su lugar, de modo que, al cabo, cada uno de los amigos puede desarrollar un juicio reflexivo, equilibrado y complejo sobre las cosas que componen el mundo común a todos ellos, y así el juicio de cada uno, siendo distinto, incorpora de alguna forma al de los demás.

La amistad es, por tanto, un orden espontáneo de libertad relativamente estable si se mantienen los sentimientos de confianza, se cumplen las reglas, se mantiene la igualdad, los intercambios son relativamente frecuentes y se conserva abierto un espacio de conversación; pero también es frágil y susceptible de deteriorarse y ser destruido. Y lo que esto sugiere es que la amistad puede ser entendida como una metáfora, una experiencia elemental de la vida cotidiana cuya forma se asemeja, salvadas las distancias, a la de una

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sociedad civil, de modo que el entendimiento de la una facilita el de la otra.

Que la teoría de una sociedad civil sea perfectamente accesible al conjunto de los ciudadanos y no un tema esotérico propio de expertos es uno de sus méritos, y contribuye a justificar la importancia central que en ella se atribuye a los ciudadanos en el espacio público. Esta importancia se deriva de dos circunstancias relacionadas con el tema de la amistad: primera, que los ciudadanos suelen tener la capacidad cognitiva práctica necesaria para entender el principio de funcionamiento de esa sociedad, que es (como en la amistad) el de un orden de libertad entre individuos de igual rango, y, por tanto, para entender el fondo de los asuntos públicos. Segunda, que los ciudadanos suelen tener la capacidad moral y emocional necesaria para articular la búsqueda de su bien propio con la del bien del otro, y, en último término, con el bien común constituido por un orden de libertad para individuos diversos.

Creo que, si dejamos aparte los temas de escala (y reajustamos los sentimientos y el horizonte temporal de referencia), una reflexión sobre la buena amistad que hay que conservar, y la falsa amistad que hay que perder y saber perder, puede ayudarnos a comprender mejor el carácter de una sociedad civil, su fragilidad y algunos de los mecanismos que pueden protegerla, entre los cuales cabe incluir el uso razonable de la amistad misma al servicio de estrategias de concordia civil y de respeto del orden de la libertad, y no cainitas y de desprecio de este orden.

Víctor Pérez Díaz es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 13 de diciembre de 1998.

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