Cuando lo cotidiano es arte

¿Qué diferencia existe entre hervir agua, añadirle hojas de té y beber la infusión y celebrar la ceremonia del té? Son gestos muy similares, separados por un abismo ritual y filosófico. "La ceremonia del té da importancia a un acto inocente y cotidiano, y lo eleva a arte, a una categoría más trascendente", explica a la maestra del té Rita Lozano con cuidado al elegir las palabras. "Es una parada en la vida cotidiana, una búsqueda del silencio, del vacío interior". En la misma sala del Museo de Bellas Artes de Bilbao en la que se expone hasta el 13 de diciembre una selección de piezas de arte japonés, donadas hace 40 años por los herederos del coleccionista José Palacio, Lozano celebrará la ceremonia del té. La primera cita será el próximo día 30. Sentados en el suelo, en la tradicional postura seisa, alrededor de Lozano, la anfitriona-maestra que guía la ceremonia, 15 personas imaginarán que se encuentran en una casa del té japonesa, siguiendo una liturgia creada hace más de 400 años. Rita Lozano estaba fascinada desde siempre por las tradiciones orientales. En el libro Una grulla en la taza de té, del premio Nobel Yasunari Kawabata, encontró a finales de los años 60 las primeras pistas sobre el significado de las tradiciones japonesas. Aún conserva el libro con las tapas gastadas, aunque desde la primera vez que lo leyó hasta ahora ha profundizado en las filosofías y la literatura orientales, ha aprendido tai chi y, desde hace poco más de un año, celebra la ceremonia del té en el tiempo que le deja libre su profesión de fisioterapeuta. Lozano, vizcaína de 51 años, se empeña en mantenerse dentro de los límites ortodoxos de la ceremonia. "Se requieren cuatro requisitos: armonía, pureza de mente, reverencia y tranquilidad", enumera citando a los clásicos de la tradición japonesa. A partir de ese esquema, lleva a la práctica la liturgia. Ningún detalle de la ceremonia queda fuera de control. Los utensilios de bambú, el recipiente con agua caliente, las primorosas cajitas que contienen el té -verde y machacado- y las tazas participan en un juego sensorial, en el que se rompe con el ajetreo cotidiano y se abre la puerta para disfrutar del sonido de agua cayendo a la taza y acariciar la suavidad de la porcelana. Lozano huye de un falso folclorismo que contamine las esencias de la ceremonia. "Ni soy japonesa ni he vivido en Japón", advierte mientras acaricia el chal indio de seda que cubre sus hombros. "Trato de actualizar la ceremonia, pero no frivolizamos. En la esencia y en las formas nos mantenemos dentro del ritual". La maestra del té invita a descubrir en esa liturgia los paralelismos con formas de expresión del arte contemporáneo. "¿No es la ceremonia del té una performance?", se pregunta. "Si la sacas del contexto, la casa del té es una instalación". La avalancha de la estética zen sobre la moda y la decoración occidental le ponen en guardia. "Ahora se concibe la ceremonia como otra forma de estética zen. Y lo que está de moda se convierte en superficial", sentencia.

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