Tribuna:RELATOS DE VERANO
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'Fábula de un hombre'

de Eliseo AlbertoJosé supo que había llegado a su destino cuando se abrió ruidosamente una puerta metálica y descubrió ante sí una reja de barrotes aún más gruesos que los de su cárcel anterior. Se acordó de Galo La Gata trenzado en la ventana. Sacudió la imagen con un golpe de cuello. El alma le volvió al cuerpo cuando al otro lado vio pasar a un colegial con un globo en la mano. El niño lo miró con extrañeza. Tenía los ojos enormes y verdes, como pin-tados. Hizo un guiño. Soltó el globo. En ese preciso instante, un miembro de la Comisión HS develó una tarja de bronce donde podía leerse bien claro "Homo Sapiens" y, entre comillas, el apellido "González". Las luces de las lámparas lo dejaron ciego. La prensa quería reportar al mundo la noticia. El cubano había sido llevado al Zoo para ser expuesto como ejemplar único de la criatura más perfecta de la creación: el Hombre. El experimento se proponía demostrar que en condi-ciones ideales, un ser humano era capaz de vivir más de cien años sin gran-des dificultades, es decir, aproximadamente la edad que tendría José cuando saliese en libertad, luego de cum-plir dos tercios de siglo en cautiverio. La jaula estaba al final de la galería de los simios (prueba irrefutable de la evo-lución de las especies), y había sido decorada con buen gusto, acorde al criterio de presentar a cada especie en su hábitat natural. Tenía una chimenea, un cómodo butacón de cuero, un kilims persa y, en un librero, las obras completas de Oscar Wilde, única lectura permitida. La pared del fondo, recubierta en madera de corcho, escondía una recámara minúscula equipada con un catre minúsculo y un minúsculo servicio sanitario; las paredes laterales, al igual que la del frente, eran de barrotes, de manera que la celda se comunicaba directamente con la de Cuco, su vecino el orangután. José estuvo sin hablar hasta que, desde la rampa de los fotógrafos, un periodista preguntó en voz alta si en estas circunstancias prefería un cucurucho de maní o una mano de platanitos. "Tu madre". dijo José en correcto cubano. La única oponente del proyecto era la biólogo Ofelia Vidales. Estuvo en contra desde antes de la elección del modelo, cuando sus colegas discutieron la posibilidad de subirle la parada a todos los zoológicos con la inclusión de un animal que, hasta ese momento, sólo David Garnett, amigo de Virgina Wolf, se había atrevido a enjaular en las páginas de una novela olvidada. Ofelia decidió enviar un Informe al Ministerio del Ramo. Consideraba una salvajada enclaustrar a un ser humano en una pajarera. La cólera le alcanzaba para recelar del propio José por haberse prestado a aquella comedia triste. Del Ministerio ni siquiera obtuvo acuse de recibo. Por órdenes del Director del Zoo, fue designada a la sección de reptiles con el propósito de mantenerla lejos de la galería de los simios. Su esposo, el empresario Max Mogan, le pidió prudencia. Dijo que Dios había recomendado a los hombres que se amaran los unos a los otros. Ella ripostó que Jesús no había dudado en dar de latigazos a los mercaderes que convirtieron el templo de su Padre en una cueva de ladrones. "Desde que dejaste de fumar tienes un humor de viuda", dijo Max Mogan.

Resumen de lo publicado : El cubano José González y González se ve obligado, a los 17 años, a matar a un hombre en defensa de su amor, Dorothy Frei, la Pequeña Lulu

La cárcel le hace renunciar a su dignidad y se convierte en el jefe de una peligrosa banda del penal. A sus 33 años, es elegido por el alcaide y por los miembros del Comité HS como ejemplar perfecto, pues a pesar de las duras condiciones, es guapo y sus salud es perfecta.

Al principio, el público se sintió confundido. Y con razón. Algunos turistas pasaban de largo sin reparar en la jaula del Hombre. Otros se detenían para decirle alguna frase de burla. Poco a poco fue despertando más interés. El departamento de estadísticas advirtió una curva ascendente de visitantes. Muchos querían retratarse ante la jaula o comprar alguna calcomanía para pegarla en los cristales de los automóviles. No obstante, a pesar de los éxitos aparentes, los veterinarios estaban preocupados: el Homo Sapiens parecía sufrir una profunda crisis depresiva. El semblante comenzó a oscurecérsele con la sombra de una barba pen-denciera. Perdió varios kilos de peso. Los trajes de su ajuar le quedaban tan anchos que parecían robados a otro cuerpo. Sólo supo que alguien lo quería la tarde en que una anciana bonda-dosa, Madame Dolly, le lanzó por entre los barrotes un periódico del día. José lo cazó al vuelo. "Gracias", dijo y sonrió.

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Al segundo mes de exposición la fama de José había conmovido al país. Un modisto de estirpe le donó su colec-ción de verano para que exhibiese sus playeras en aquella novedosa vitrina, y un restaurante florentino anunció el compromiso de alimentarlo de por vida, tan seguros estaban sus accionistas de que el negocio sobreviviría en la preferencia de los clientes. A la hora del almuerzo, un cocinero regordete destapaba a ojos vista la humeante bandeja de pastas gratinadas, al tiempo que proclamaba a viva voce las recetas de la cocina italiana. En contra o a favor se pronunciaron los pacifistas, los activistas de los Derechos Humanos, los partidarios de importantes grupos ecologistas, los funcionarios de Amnistía Internacional, los hombres de izquierda, los de derecha y los de letras. Las feministas fueron las que más alto tocaron las trompetas de protesta e hicieron del caso una bandera de lucha: ¿por qué un hombre, y no una mujer, iba a representar a los seres humanos? Grupos neo nazi comenzaron a escribir amenazas lapidarias en los muros del Zoo.

El proyecto siguió adelante, acorde a lo previsto, aunque se reforzó la seguridad con rondas cosacas. Los colegios llevaban a los alumnos a la galería de los simios para que vieran de cerca al único animal que ríe, al único animal que sueña, al único animal que llora.

-Un ser dotado de inteligencia -aseguraban las guías del Zoo: -Por su cerebro voluminoso, el peso de la masa encefálica y su posición vertical, el Hombre es muy peligroso. Mejor tenerlo entre rejas.

Era como si el hombre se estuviese viendo por primera vez a sí mismo. Científicos de los cinco continentes se dieron cita para descubrir, anonadados, que el Homo Sapiens era una criatura fascinante. Los periódicos multiplicaron una noticia propia de telenovelas: José tiene corazón. La prensa escrita, radial y televisiva incluyeron en sus reportajes entrevistas a los familiares del cubanos. "Santa Bárbara está con mi hermano, y yo estoy con Santa Bárbara", dijo en primera plana Regla González: "Siempre dije que llegaría a ser un hombre importante". Un hombre importante. Ofelia Vidales no quería reconocerlo pero había comenzado a sentir compasión por el cubano. Consideraba la lástima un sentimiento confuso y traicionero. La lástima le había hecho dar un par de pasos en falso. Por lástima se había casado sin amor con Max Mogan, y por lástima había fingido ser feliz ante sus tres hijas. Las mañas de la misericordia volvían ahora a complicarle la vida. A pesar de que se lo tenían prácticamente prohibido y en contra de sus rígidos principios, ella se había acercado alguna que otra vez a la jaula para conversar con José. El cubano le contó de su padre, el mejor carpintero del mundo, y de los siete hijos varones de Regla, su hermana mayor, a quienes conocía por fotos. Por último, le relató la historia del muerto que cargaba sobre su conciencia, y ella le creyó cuando le dijo que había matado en defensa de la Pequeña Lulú y, por tanto, en legítima defensa de la felicidad. Ofelia intentó poner en orden los desórdenes de su corazón y en un rapto de extrema lucidez comprendió que no era exactamente lástima sino un cariño extraño lo que sentía por él. A partir de ese momento no pudo quitarse de adentro el ronroneo de la duda. La confusión comenzó a quemarle el alma a fuego lento, que es como mejor se cuece el amor.

-¿Puedo ayudarte en algo? -se atrevió a preguntarle una vez.

-Consígueme rábanos para la ardilla Lelé -dijo José. Lelé solía visitarlo al atardecer, cuando el público se había marchado, y a él le gustaba alimentar esa amistad con cáscaras de frutas frescas. Era una ardilla roja y mansa, de coleta gruesa como trenza de mulata. Pasaba la noche en un rincón de la celda, mascullando y confiada. Porque lo peor no eran los días (con el tiempo aprendió a ignorar a los espectadores y a desempeñarse con notable naturalidad): lo peor, lo interminable, eran las noches. El Zoo se convertía en una jungla. Afuera, Santa Fe apretaba su cinturón de luces. El rugir de los leones distantes, los bostezos de los hipopótamos, la risa de la hiena, los suspiros de los osos pandas, el canto de un pelícano y los pedos del orangután, mezclados con los ruidos lejanos de la urbe (el hormigueo de los autos, el abejar de los aviones, el alarido de una campana) conformaban un coro inquietante, más triste aún que los adagios nocturnos de la Cárcel Metropolitana, donde de rato en rato se escuchan los calipsos de Galo La Gata, las rumbas flamencas de Ruy El Bachiller o los tangos de algún ladrón de Buenos Aires. Una de esas madrugadas soñó con Ofelia. Al despertar, bañado en sudor, tuvo la corazonada de que se le iba a complicar la vida, y de qué manera, con las ansias de un amor prohibido por la propia vida. Le contó a Lelé. Por respuesta, en el supuesto de que lo fuese, la ardillita, sentada en el rincón de siempre, adelantó sus patas delanteras y le propuso compartir un trozo de piña. José aceptó. ¿Por qué lo hizo? Pobre. La piña le supo a Cuba.

Gracias a Dios que existía Lorenzo Lara.

Mañana, tercer capítulo

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