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CARTAS AL DIRECTOR

El amor y la guerra

Hay un país poderoso, entre México y Canadá, que nació para la historia moderna sobre el exterminio de sus primeros pobladores, de los que sólo quedan museos etnológicos y algunas reservas.En ese país se han asesinado presidentes, candidatos a la presidencia o líderes pacifistas. Las personas de color fueron sometidas a la esclavitud más inhumana, y aún hoy día, junto con otras minorías, son considerados ciudadanos de segunda (excepto que corran mucho o jueguen bien al baloncesto, entonces son un orgullo nacional). Proliferan sectas y otras organizaciones secretas que hacen de la violencia su principal seña de identidad y acaban suicidándose colectivamente o enfrentándose suicidamente a las fuerzas del orden.

Es un país tan pacífico que un porcentaje alto de sus habitantes van armados hasta los dientes, y algunos de ellos, adolescentes o maduros, curan sus frustraciones o sus cabreos tiroteando escuelas, restaurantes o plazas públicas. Ha financiado todas las dictaduras que en este siglo sometieron a los ciudadanos de los países centroamericanos y suramericanos, aplastando y humillando todos los intentos de esas poblaciones de alcanzar la libertad y la dignidad como personas y como pueblos. Su brazo es tan largo que se fue a hacer la guerra a sitios más alejados, como Corea, Vietnam, Irak..., para que todo el mundo supiera quién era el más fuerte.

Persiguió y aún persigue a países tan poderosos como Nicaragua, Cuba, Granada..., porque suponían una amenaza para la seguridad nacional. Tiene amigos o protegidos tan recomendables como los israelíes, que llevan 50años pasándose por el forro las resoluciones de la ONU y acribillando al pueblo palestino. Los presidentes y altos mandatarios de esa nación han recibido por muchas de esas acciones felicitaciones, medallas, apoyos y parabienes.

Después de estos pequeños apuntes pacíficos de su historia, ¿cómo nos va a sorprender que su actual presidente esté en apuros, perseguido por un implacable fiscal? Al bueno de Bill se le ocurrió hacer el amor en lugar de la guerra, y eso, en ese país, es imperdonable. No sería nada extraño que el señor Bill Clinton tuviera que declarar la guerra a algún país extranjero para paliar los efectos políticos y personales que puede causarle un simple revolcón con la becaria Lewinsky.-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 13 de agosto de 1998