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Tribuna:

Va mal

Descansar no es sinónimo de trabajar poco, o menos, o nada. Descansar es, en el caso de los urbanitas, escaparse de la metrópolis, sus atascos, sus ruidos, sus obras, sus incongruencias y aberraciones. Descansar es hacer pequeñas cosas distintas y acaso banales pero que han llegado a obsesionarnos durante el largo invierno por nuestra falta de tiempo para realizarlas. Qué sé yo, cualquier tontuna, como poner en limpio el archicorregido listín de teléfonos que ya no éramos capaces de descifrar, leer números atrasados de aquella revista o incluso acariciar el entrecejo de un gato rubio y trashumante que pasa a nuestro lado y nos dice "¡hola!", o sea, "¡miau!". Luego ya podemos volver, volver, volver...Yo, que huyo de las tentaciones gregarias, ingreso en Madrid (creo que con cierta sonrisa mefistofélica) mientras mis conciudadanos inician, desalados, eso que la autoridad competente denomina Operación Salida. Ellos congestionan las carreteras, cubrirán las playas cual la mismísima marabunta, crearán atascos circulatorios muchas veces superiores a los de la capital allá donde durante unos meses no los hubo, implorarán una mesa en abarrotados e ínfimos restaurantes y hollarán el paraíso de silencios que yo evocaba en un artículo anterior.

Yo circularé por Madrid como Stirling Moss, por lo menos, encontraré aún restaurantes abiertos, medio vacíos y refrigerados, con cosas ricas dentro y un servicio relajado a la par que versallesco, aparcaré a la sombrita ante la mismísima puerta de mi casa, que es la suya, etcétera. Me reconciliaré con este Madrid que es mi pueblo.

Pues bien, comparezco aquí para confesar públicamente que, al menos en mis tanteos iniciales, mis sueños se han visto defraudados. En el capítulo ruidos, la obra de mi vecino de al lado rebasó con creces todos los plazos previstos, y no sólo eso, sino que los operarios han instalado un auténtico taller en el descansillo. En él se cepillan todo lo cepillable, utilizan sierras mecánicas y berbiquíes poderosísimos, un horror. Ante mi portal sigue abierta y amenazadora la zanja de una obra menor terminada, ella sí, hace siglos.

Todo está sucísimo, a pesar de las regadoras nocturnas y impulsivas, lo que no impide que el jardinero municipal, un ángel verde, derroche toneladas de agua encharcando los hierbajos del bulevar. En cambio, mis pobres y valerosas malvas reales de la calle de Dulcinea, según se baja a Raimundo Fernández Villaverde, se han agostado prematuramente bajo los rigores del sol de julio. Han aumentado las pintadas, horrorosas por cierto. Observen las que adornan un banco en la glorieta de Bilbao esquina a Sagasta y, si quieren, "después se dan la media vuelta" y se van a contemplar las de toda la vida por las calles de San Mateo, Santa Águeda, Santa Brígida y, bueno, de todo, todito Maravillas, cada vez menos maravilloso.

Los pobres no se han ido este año de veraneo, y como nosotros los "burgueses" (todos los somos en comparanza) hemos mermado, se les ve mucho más. Aumenta la piedad que inspiran. ¿Cómo van a sobrevivir en el mes de agosto, quién va a comprarles su periódico, sus kleenex, quién va a pararse a leer el cartel en que enumeran sus infortunios y socorrerles con unas monedas? Escucho a una rumana llorosa: tiene tres hijos, pero no una casa, ni un marido, ni dónde caerse muerta. Lo malo es que todo será verdad: uno no se disfraza de rumana para embaucar a los transeúntes. Veo una viejecita medio caída, implorante, a la puerta del mercado de Maravillas; un homaless dormido o muerto bajo el sol estival sobre un banco, semitapado con una manta; un señor con toda la pinta de funcionario público que pide limosna en la calle de Fuencarral y luego otro congénere en la calle de Toledo (yo creía que ahora los cesantes por "de-safectos" cesaban "a petición propia" y se iban a casa con todo el sueldo, pero parece que ya no es así: a lo peor ha habido algún recorte mientras yo estaba fuera); un joven negro en posición fetal bajo unos andamios en Callao, en zona muy orinada, según detecta mi pituitaria (Madrid debe ser no sólo la ciudad más ruidosa de la UE, sino también la más meada), y, por doquier, personas yacentes esperando... nada.

Llego a casa y leo en El País Domingo a Arundhati Roy: "Ésa es la verdadera tragedia de India. Las órbitas de los poderosos y de los indefensos giran alejándose cada vez más las unas de las otras. No se cruzan nunca, no comparten nada. Ni un idioma. Ni siquiera un país". Aquí tampoco: Madrid va mal.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de agosto de 1998