Tribuna:
Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

¿Adónde vas UV?

Si algo hay de destacable en la posición adoptada por UV en la cuestión del pacto lingüístico es la de su irracionalidad. Si UV decidiera consciente y deliberadamente tirar piedras sobre su propio tejado, si sus dirigentes decidieran barrenar el barco, el rechazo del pacto y la negativa a apoyar la creación de un ente normativo serían lógicos y coherentes. Por el contrario si UV aspira a lo que sus dirigentes dicen aspirar nada más contraindicado que la posición que han adoptado. Veámos. El conflicto sobre la lengua ha sido desde su origen un conflicto político, razón por la cual siempre me han parecido faltos de sindéresis quienes sostenían que debía resolverse en el terreno científico y por científicos. Ahí no hay nada que discutir, y todo el pan está repartido. El conflicto nace como una disidencia entre letrados, es cierto, pero se convierte casi en su cuna en un pleito político entre un valencianismo tradicional, ruralizante, capitalino, romántico, populista y de dominante conservadora y un valencianismo modernista, racionalista, comarcalista, urbanista, elitista y de dominante progresista. Entre un valencianismo de perfiles políticos confusos y un valencianismo de definición idiomática que, en razón de ello, no ha podido escapar a la autocontradicción. Entre un valencianismo que afirma la diferencia específica, pero sin capacidad para determinar cuáles son los criterios que definen la misma, y un valencianismo que postula y construye un proyecto de país sobre la base de un diseño en el que la especificidad valenciana se diluye. La escisión valencianista, pronto radicalizada al extremo de ser los unos los traidores a los ojos de los otros, y viceversa, estaba lista para su explotación política cuando llegó la transición, mas ésa es una historia bien conocida: se usó del debate para generar un conflicto identitario que desactivara el "fuerte potencial nacionalista" aquí existente (Abril Martorell dixit). Aunque los efectos negativos son mucho más amplios (por ejemplo, el conflicto ha obturado hasta la fecha las posibilidades de que la derecha valenciana tenga un proyecto de país y una política propia), desde la perspectiva que más interesa a UV, la nacionalista, los efectos han sido devastadores: la pugna identitaria ha dejado sin referentes propios a la mayoría de los valencianos, pues no se sabe ni bien ni mal en qué consiste eso de ser valenciano, a falta de esos referentes la mayoría se ha refugiado en lo viejo conocido, es decir, el españolismo tradicional, y ello arrastra como consecuencias debidas la hegemonía de los partidos de ámbito español y la minoración y marginalidad de los partidos que se reclaman de esa identidad valenciana a la que el pleito pone en cuestión. El mantenimiento del pleito tiene otra consecuencia nefasta para UV: como gusta decir el profesor Franch una de las claves del éxito convergente radica en que en CDC están juntos blaveros y catalanistas, esto es imposible aquí, el pleito parte en dos el valencianismo político en perjuicio de ese mismo nacionalismo, pues ni puede aprovechar adecuadamente su apoyo electoral, la división lo impide, ni puede expandir su influencia más allá de la clientela actual. La actitud es aún más irracional cuando se considera que mientras el nacionalismo de origen fusteriano ha evolucionado hacia un nacionalismo civil antes que étnico, de estricta obediencia valenciana, con lo que los obstáculos que hubo en su día al restablecimiento de la concordia valencianista se ha evaporado, UV sigue amarrada a esa caricatura del pujolismo con el que ha venido a sostener la disidencia lingüística. Como he escrito en otra ocasión: Pujol y Lizondo están totalmente de acuerdo: la lengua hace la nación. Por eso sacan consecuencias distintas: para que la nación sea distinta la lengua debe necesariamente serlo, con lo cual nos precipitamos de lleno en eso tan valenciano que es el surrealismo político. Una de cuyas manifestaciones consiste en abominar del catalanismo por las mañanas para envidiar sus éxitos por las tardes y soñar con ser el Pujol valenciano por las noches. En concluyendo, para asentar una identidad nacional valenciana es preciso cerrar el conflicto identitario, para que el nacionalismo aúne fuerzas y tenga éxito es indispensable que la identidad nacional se saque de la discusión, para eso es imprescindible que el conflicto lingüístico se cierre. Conclusión: al obrar como lo está haciendo UV se está segando la hierba bajo los pies, avanzando por un camino en el que no tiene otra compañía que Juanito García. ¿Quo vadis UV?

Manuel Martínez Sospedra es profesor de derecho en la Universidad de Valencia.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Logo elpais

Ya no dispones de más artículos gratis este mes

Suscríbete para seguir leyendo

Descubre las promociones disponibles

Suscríbete

Ya tengo una suscripción