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Tribuna:

Así me convertí en un rebelde

El cantante argelino Matub relata en sus memorias la lucha de los bereberes, una causa que defendió hasta la muerte

Lunes Matub, un cantante argelino bereber militante, fue asesinado el pasado 25 de junio, a los 42 años de edad, por un comando terrorista disidente del Grupo Islámico Armado (GIA). Su muerte ha desencadenado una ola de protestas en Argelia en homenaje a un autor que denunció tanto al régimen instalado en el poder, como al terrorismo islámico que lo combate. Pero sobre todo, ha sacado a la luz al pueblo y al idioma bereberes, reprimidos a través de la arabización forzosa impuesta en toda Argelia y que se ha vivido con especial trauma en su región, la Kabilia. Éste es un extracto de su libro de memorias, Rebelde, publicado en 1995 por la editorial francesa Stock.

Mis únicos buenos recuerdos del colegio son de los profesores de aquella época. Eran franceses y conocidos por el nombre de Padres Blancos, sin duda porque siempre estaban vestidos de blanco. Eran religiosos, misioneros católicos, pero su enseñanza era laica. El programa era el de la República (Francesa), el que por entonces se daba en los colegios franceses. Evidentemente, nos hablaban de la historia de Francia -Vercingetórix, la Galia-, pero también de las conquistas relacionadas con nuestra propia historia. Los Padres Blancos nos hacían leer libros. En uno de ellos se hablaba de Yugurta, encadenado y conducido a Roma a la fuerza. Yugurta era nuestra historia, la de nuestro pueblo, que nos contábamos por la noche durante horas al amor de la lumbre. Era nuestra mitología, conocíamos sus aventuras de memoria. Yugurta era ese rey bereber que osó desafiar la autoridad y la opresión de Roma. Durante varios años combatió heroicamente antes de ser traicionado por Bocus, su suegro. Entonces fue capturado por los romanos. En el libro que contaba esta historia de valentía y rebeldía había muchos dibujos y grabados. Recuerdo perfectamente en uno de ellos una ilustración de Yugurta encadenado en su jaula. Ese dibujo supuso para mí una especie de revelación. ¿Por qué este rey bereber, del que descendemos, pudo ser humillado de ese modo? En ese momento sentí una profunda sensación de injusticia, una herida casi personal.Esas emociones, esos interrogantes se los debo, hay que recalcarlo, a los Padres Blancos. Hoy estoy convencido de que desempeñaron un papel activo en la toma de conciencia de mi identidad. No sólo la mía, sino también la de muchos niños de mi generación, aquellos que tuvieron la posibilidad de recibir su enseñanza. Sin duda, gracias a ellos tomé conciencia de la profundidad de mis raíces cabileñas. A su manera, contribuyeron al rechazo de toda nuestra sociedad a la amnesia. Sin duda a causa de ello, en numerosas ocasiones el poder argelino ha intentado vincular la cuestión bereber a la presencia de los Padres Blancos. A menudo se ha afirmado que "el bereber es una creación del colonialismo". Es falso históricamente y muy injusto hacia esos religiosos que jamás intentaron imponernos el más mínimo adoctrinamiento. Nos hablaban de valores morales, teníamos clases de educación cívica, pero nunca religiosa. Su enseñanza me abrió el espíritu profundamente, no lo extravió o anexionó. Tampoco hay que olvidar que fueron ellos, los Padres Blancos y las Hermanas Blancas, quienes nos permitieron preservar una parte de nuestra memoria. Tras la independencia, algunos se quedaron en la Kabilia. La identidad bereber siguió siendo negada por el poder argelino. Todo aquello que podía representar lo bereber era sospechoso. Nuestra tradición, nuestra cultura, consideradas subversivas, eran fundamentalmente orales y no se hacía nada por garantizar su transmisión y su supervivencia. Fueron los Padres Blancos quienes permitieron las primeras publicaciones de diccionarios. La sociedad cabileña en su conjunto les debe mucho. Creíamos que las atrocidades de la guerra se habían acabado con la independencia. Por desgracia, no fue así. Un año después, la violencia se reanudó en la Kabilia. A partir de 1963, los oficiales de la Wilaya 3 se opusieron a Ben Bella, por aquel entonces jefe de Estado. Los enfrentamientos fueron muy duros. Algunos pueblos sufrieron entonces más brutalidades que durante la guerra de liberación. Hubo más de cuatrocientos muertos en la Kabilia. Todo terminó muy mal. Los maquis depusieron las armas en unas condiciones turbias. Los muertos fueron un tanto olvidados, pero esa forma de rendirse, tan poco conforme a nuestras tradiciones guerreras, traumatizó a los cabileños durante mucho tiempo. Después de eso, resultaba muy difícil pronunciar una palabra en bereber en un autobús de la capital. Éramos sistemáticamente sospechosos y nuestra lengua estaba prohibida. Hubo que esperar a la generación de la independencia para rehabilitar a la Kabilia, sobre todo mediante la lucha por la identidad que seguimos llevando a cabo. Para mí, como para muchos cabileños, el episodio de 1963-1964 sigue siendo un desgarro que desencadenó en nosotros un verdadero rechazo de todo lo que era árabe. Sufrir una ejecución moral es seguramente tan duro como sufrir atrocidades físicas. Así es al menos como vimos las cosas. A partir de 1963, puedo decir que mi despertar respecto a la identidad fue en aumento. Los cabileños eran considerados como inexistentes y la injusticia de esa negación me indignaba. Así es como vi y viví esos acontecimientos de mi infancia. A partir de ese momento, todo se aceleró. Empecé a mostrar abiertamente mi rechazo del árabe, prefiriendo el francés que aprendí en la escuela. El bereber, nuestra lengua materna, estaba prohibido. Necesitábamos una lengua que lo sustituyese.

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Para nosotros no había solución, salvo el francés. Y cuando, durante mis años de instituto, la arabización nos fue impuesta por Bumedián, nos sentimos heridos. Hoy, con la perspectiva que da el tiempo, afirmo que esta arabización forzada me rompió intelectualmente. No sólo a mí, sino a muchos estudiantes de instituto de mi edad. Esa decisión autoritaria de 1968 del ministro de Educación, Ahmed Taled, fue uno de los mayores errores de Bumedián. Considero, aun a riesgo de chocar contra más de uno, que el descenso a los infiernos de Argelia empezó en aquel momento. Hoy cosechamos lo que empezó a sembrarse en 1968. Mi generación, la de la posguerra, se anunciaba prometedora. Esta arabización quebró nuestro ímpetu. Hoy tenemos el resultado: el FIS. El Frente Islámico de Salvación nació de allí, se desarrolló en la escuela con plena legalidad. Le extendieron una alfombra roja. ¿Por qué no habría de aprovecharse?

Nunca sentí el árabe como mi lengua. Y como querían imponérmela, lo rechacé de inmediato. Fui criado en las montañas de la Kabilia, el cabileño siempre ha sido mi lengua habitual y el francés un instrumento de trabajo. De repente, quisieron quitarnos algo que había sido esencial en nuestra cultura. Teníamos que renegar del bereber y rechazar el francés. Dije no. Hice novillos en todas las clases de árabe.Cada clase a la que faltaba era una acción de resistencia, un trozo de libertad conquistado. Mi rechazo era voluntario y asumido. Esa lengua nunca quiso entrar dentro de mí. Hasta hoy, no sé nada o casi nada de árabe. Sé escribir mi apellido y mi nombre, eso es todo. Sería incapaz de escribir mi fecha de nacimiento. ¿Supone una desventaja para mí en mi país? No. Por otro lado, asumo totalmente este rechazo.

El hecho de imponer el árabe correspondía a una voluntad política evidente de aplastamiento y negación, pero tenía también como objetivo borrar la doble herencia histórica que representaban el bereber y el francés. La escuela francófona produjo en Argelia una élite intelectual y, sin duda, fue esa élite a la que quisieron silenciar. El francés supuso una oportunidad para mí. Me abrió el espíritu, me aportó un saber, cierto rigor intelectual. Conocí a autores y textos fabulosos que nunca habría descubierto si no hubiese tenido acceso a la lengua francesa: Descartes, Zola, Hugo, el teatro de Racine o la poesía de Baudelaire. Ese aprendizaje fue beneficioso, constructivo. Tengo la sensación de poseer algo importante y precioso. El árabe, lamento decirlo, no ha producido una élite digna de este nombre en Argelia. Ha reprimido, ahogado y engendrado lo que se puede ver hoy: una sociedad que no sabe adónde va, que pierde su identidad.

El bereber, mi idioma, está prohibido. Esta lengua tan bella en la que aprendí a hablar, que utilizo en mis textos, que me permite realizar mi profesión de cantante, sigue siendo indeseable en Argelia, donde no es reconocida. No se enseña. Una paradoja: para el Ministerio de Educación Nacional, no existe, aunque la hablamos varios millones. Así pues, cada vez que hablo en mi idioma es como un acto de resistencia. Existimos gracias a nuestra lengua. Esta lengua transmitida por mi madre es mi alma. Gracias a ella me he hecho a mí mismo, he soñado escuchando canciones o cuentos.

©EL PAÍS/Le Nouevel Observateur

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de julio de 1998