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Tribuna:

Camilo y José

A causa de su inveterada incontinencia verbal, este año le toca a don Camilo apechugar con el papelón de ogro homófobo y escatológico en las fiestas del gay barrio de Chueca, entronizado como imaginaria carroza en el orgulloso desfile del ejército rosa que allí tiene sus cuarteles. Siguiendo el expreso deseo del ilustre monstruo de las letras, los gais, desde luego, no se apuntarán a la celebración de su centenario, lo que resulta comprensible pero lamentable, porque la obra de Cela es tan generosa y brillante como mezquino y zafio suele aparecer en sus manifestaciones públicas el personaje que la creó.Desde su juventud, CJC ha incorporado un personaje -protagonista pero casi nunca héroe- de su obra y de su vida.

Eximio escritor y estomagante ciudadano, CJC parece víctima del síndrome de Bela Lugosi, que acabó creyéndose Drácula. Cada cierto tiempo, el provecto autor, atrapado por su propia creación, vuelve a ser aquel bufón socarrón, grosero, histriónico y extravagante que animaba la casposa vida literaria de una larguísima posguerra, un enfant terrible cuyos excesos gozaban, aunque no siempre, de la tolerancia oficial.

Apocalípticamente incorrecto, incluso en sus negros años de corrector político, el autor practicaba entonces las duras suertes del tremendismo en los ruedos literarios bajo la mirada indecisa de los prebostes del régimen, que nunca sabían a ciencia cierta si les estaba tomando el pelo o rindiendo pleitesía. Un juego peligroso que enmascaraba con fuegos de artificio su otra cara.

Las excentricidades y excesos de Mr. Hyde daban cobertura a un laborioso y concienzudo trabajador de las letras que desde su autoexilio, en su refugio mallorquín, no se limitaba a cultivar su parcela, sino que abría nuevos campos a la creación y a la experimentación, al estudio y a la crítica como editor de la revista literaria Papeles de Son Armadans, una isla insólita en el petrificado mar de la cultura nacional.

Don Camilo, que consiguió, entre otros, el dudoso honor de ser el primer ciudadano del Estado que podía decir cojones, puta y carajo ante los micrófonos de la radio y de la televisión, dio paso en su revista a las vanguardias, recuperó escritos y escritores olvidados y alentó los experimentos de jóvenes autores. Entonces, los jóvenes autores experimentaban y no publicaban; hoy publican, y la mayor parte de ellos no experimentan nada o tratan de hacer pasar por experimentos sus balbuceos o sus préstamos.

Sin embargo, algunos parecen especialmente dotados para la crítica, y cuando el viento dominante sopla a su favor, porque a don Camilo José Cela se le ha soltado la lengua otra vez, prorrumpen en las más necias e ignaras descalificaciones de una obra que, como se desprende de sus juicios, o no han leído o no han entendido. Alguno hay que, en un arranque de magnanimidad, recurre al consabido y falaz tópico de salvar La colmena o Pascual Duarte, para que se note que fue al colegio. Es cierto que, en estos últimos años de agitada vida social, CJC ha escatimado su mejor prosa, saliendo del paso con la profesionalidad del que tiene un campo fértil y bien abonado para autoplagiarse.

Pero estos que tan frívolamente le descalifican caerían acribillados por sus propios dardos si se acercaran por las páginas de Cristo versus Arizona -un insólito western en el que el viejo pistolero derrochó munición y coraje- o entraran en danza con la bárbara y fastuosa Mazurca para dos muertos, con la que Cela bailó sobre las tumbas de ciertos críticos que aún caminan por ahí como zombis. El personaje Cela es otra cosa, quizá la encarnación de uno de sus más raciales "apuntes carpetovétonicos", un tipo al que uno dudaría mucho antes de invitarle a tomar café en casa y presentarle a la mujer y a los niños, aunque esa misma tarde, investido de Dr. Jekyll, haya presentado las obras literarias completas, sin censura ni cortes, del pintor don José Gutiérrez Solana, insuperable narrador del "Madrid callejero", otro genio enemigo de lo políticamente correcto, rescatado del olvido como escritor por don Camilo con solidaridad de "energúmenos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 1 de julio de 1998