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Tribuna:

Borrell-Maragall-Anguita

Extramuros del PSOE, las tribulaciones de Borrell para ratificarse como líder necesario recuerdan el título del olvidado Julio Verne Las tribulaciones de un chino en China. También las decisiones e indecisiones de Maragall para enfrentarse a Pujol como candidato a la presidencia de la Generalitat de Cataluña tienen algo de chinería desorientada dentro del doble proceloso bosque socialista, el estatal y el catalán. Las próximas elecciones autonómicas decidirán el tono del nacionalismo a comienzos del segundo milenio de catalanidad y Maragall debería ofrecer algo más que una alternativa a la pesadilla sensorial de soportar cuatro años más al honorable Pujol y su corte. Un tándem Borrell- Maragall tendría muchas posibilidades de levantar un movimiento socioelectoral alternativo a la hegemonía de CiU, pero solos Borrell y Maragall, sin otra plataforma que el PSC, tampoco podrían batir a Pujol porque no convocarían el voto de la abstención indispensable para el vuelco. Hoy por hoy, sólo existe en Cataluña una difusa conciencia social de la necesidad del cambio. El pujolismo no entusiasma, pero es lo mediocre conocido frente a la nada por conocer y frente a la indecisión constante manifestada por la fuerza política que estaba en condiciones de urdir la alternancia: los socialistas. Construir el imaginario de una posible alternativa a Pujol ha costado un embarazo pesadísimo, preñado de incertidumbres, y cuando cuaje la oferta Borrell-Maragall podría llegar excesivamente condicionada por la lógica interna del partido. Los socialistas deberían ser lo suficientemente inteligentes como para respaldar al tándem Borrell-Maragall sin instrumentalizar la cosecha electoral a costa de otras formaciones de izquierda aliadas en la operación. Si planteo la oferta Maragall como un tándem Borrell- Maragall es por el gancho popular que en Cataluña Borrell añade al tan laboriosamente construido carisma de Maragall.Inevitablemente polarizadas las elecciones autonómicas, el fantasma del voto útil provoca pesadillas en los intelectuales orgánicos colectivos de Iniciativa per Catalunya y Esquerra Republicana, dos fuerzas imprescindibles en el ecosistema político de Cataluña. Aparecer como incondicionales avaladores de Maragall candidato significaría propiciar suicidamente el voto hacia el PSC y jugarse la instalación socioelectoral durante un largo periodo o para siempre. Se necesitaría un pacto estratégico basado en la promesa implícita de que Maragall es el candidato final de toda la izquierda, pero sin que eso signifique la sucursalización explícita o implícita de IC o ERC. Ese pacto no puede conseguirse sin la aquiescencia del PSC-PSOE, y aun de conseguirse sería insuficiente si no suscitara una amplia acción social para el cambio que no pueden fomentar los partidos políticos solos. Los movimientos sociales de vieja y nueva planta serán indispensables para conseguir un clima antiabstención, el único factor que puede propiciar una nueva mayoría en el Parlament de Cataluña. Vender la necesidad del cambio implica el para qué, el diseño de una concepción programática alternativa que no tiene por qué ser la biblia en verso. El programa común francés entre socialistas y comunistas ocupa dos folios.

Pero, aun dándose tan providencial logro unitario, seguiremos pendientes de otros ruidos en una operación de coherencia estratégica que no quisiera ruidos. Supongamos que se una la izquierda, pero sin perder sus diferentes clientelas; supongamos que los socialistas no van a vampirizar cualquier resultado electoral absoluta o relativamente favorable; supongamos que los movimientos sociales crean ese clima de cambio necesario. En medio de tanta sinfonía pueden sonar los ruidos disgregadores de la izquierda dividida y subdividida extramuros de Iniciativa per Catalunya, y entre todos los ruidos, el factor Anguita puede actuar como una piedra lanzada contra el tejado de vidrio de una alianza electoral de progreso. Es decir, sería conveniente que IU y sus socios catalanes asumieran la importancia de unir esfuerzos para conseguir una nueva situación política en Cataluña que propicie una nueva lectura de la catalanidad en su relación con España y el universo, de lo contrario podría darse la chusca situación de que objetivamente el anguitismo actúe como un aliado de la permanencia de la coalición explícita, CiU, y de la implícita, CiU y PP, desde el cálculo de que es preferible más de lo mismo porque ya nos ha educado los reflejos condicionados.

De así comportarse no será por un ejercicio de perversidad o morbosidad histórica, sino como resultante del particular análisis concreto de la situación concreta, análisis que históricamente ha dado para un barrido y para un fregado y que siempre ha dependido de quién o quiénes estaban en condiciones de concretar el análisis y la situación. La trayectoria de la izquierda española está llena de análisis inconcretos de situaciones poco concretadas. Una cosa es el socialismo científico, y otra, interpretar innecesariamente situaciones parecidas a las de la película Rufufú, y desde la desdichada guerra nominalista entre leninistas y eurocomunistas, más de una vez los comunistas o poscomunistas o precomunistas no hemos hecho otro análisis que el de sangre. En el caso de las autonómicas de Cataluña , la política de alianzas para el cambio debiera ser lo suficientemente generosa como para que las usuras no se convirtieran en ruidos para los perezosos oídos de esos miles de electores que con su abstención han permitido que Pujol se sucediera a sí mismo, hasta convertirse en ventrílocuo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 24 de junio de 1998