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TENIS OPEN DE AUSTRALIA

Korda se hace justicia

El jugador checo supera a Ríos y alcanza a los 30 años su primer Grand Slam

El tenis hizo justicia ayer con uno de los últimos artistas del circuito. Petr Korda, sexto cabeza de serie, consiguió a los 30 años el mejor triunfó de su carrera profesional. Se impuso al chileno Marcelo Ríos por 6-2, 6-2, 6-2 en 1 hora y 25 minutos, e inscribió así su nombre en el palmarés de un torneo del Grand Slam. Fue un sueño realizado, una sensación inolvidable que embargó no sólo al jugador, arrodillado en la pista e incrédulo aún ante su hazaña, sino también a los 15.000 espectadores que llenaban la central de Flinders Park en Melbourne. Korda ganó el Open de Australia, percibió 65 millones de pesetas y elevó su clasificación hasta el segundo puesto mundial. Sólo Pete Sampras le supera.Fue un momento emocionante. Korda conectó un revés cruzado que Ríos no logró atrapar y concluyó así un partido que había dominado con su toque genial. Después lloró. Consciente, o aún no, de que acababa de salvar su carrera, Korda, se arrodilló y todo en él se desbordó. Luego se levantó y lanzó su raqueta a los aficionados que siempre le habían apoyado a lo largo de la final. Su próximo acto fue de reconocimiento: corrió hacia la grada y se abrazó a su entrenador, lwo Werner; a su esposa, la ex jugadora Regina Racjchrtova, y a su hija Jessica, de cinco años. No se olvidó de su protocolo particular tras cada triunfo y realizó la voltereta y tres saltos de tijera.

El triunfo tuvo para Korda un sentido muy especial, puesto que era una de sus últimas oportunidades de ganar un Grand Slam. En 1992 disputó la final del torneo de Roland Garros, pero allí acabó derrotado por el norteamericano Jim Courier. "Ahora mismo estoy en la cima del mundo. Me siento orgulloso de lo que he logrado, pero también más nervioso que cuando nació mi hija", dijo Korda minutos después de su triunfo.

La final se presentaba como un partido de gran calidad porque enfrentaba a dos jugadores de talento demostrado. Sin embargo, no pasará a los anales del tenis. Los dos fueron demasiado apasionados, se arriesgaron en exceso, estuvieron nerviosos y cometieron tantos errores que mataron el espectáculo. Korda realizó siete de sus 26 errores no forzados en los dos primeros juegos, lo que permitió a Ríos ganar el único juego en blanco mientras dispuso de saque.

El checo, sin embargo, fue el primero en calmarse. En gran parte lo logró gracias a la tensión que siempre acusó Ríos, que disputaba su primera final del Grand Slam. El chileno fue una sombra de sí mismo, parecía un jugador mediocre e incapaz de concretar sus oportunidades. Ríos perdió su saque en el cuarto juego y consiguio recuperar el break en el juego siguiente. Pero fue la primera y única vez que rompió el saque de Korda en todo el partido. Korda ganó los dos juegos siguientes en blanco y el chileno no ganó más que tres puntos hasta ceder la primera manga.

En la manga siguiente las cosas le fueron aún peor. Su pasividad aumentó y sus bolas acababan perdiéndose tras la línea de fondo o morían en intentos irrealizables. Ahí no había lucha, faltaba uno de los ingredientes básicos para calificar un partido de bueno. Y en la tercera manga las cosas tampoco mejoraron. Korda rompió de inmediato el servicio de Ríos y se fue hasta el 3-0.

El chileno falló todo lo que intentó. Buscaba la dificultad en lugar de serenar su juego y recurrir a lo sencillo. Y así se le fueron esfumando las posibilidades. "Llevaba muchos partidos seguidos y me sentí algo cansado. No estaba nervioso, pero tal vez tuve ansiedad por ganar los puntos", confesó Ríos.

Korda dedicó sentidas palabras a su padre tras anotarse el triunfo. "El fue quien me puso en las manos de Dios y realmente me enseñó a jugar al tenis. Me dio todo lo que necesitaba. Mi padre me enseño que había que trabajar hasta que el juez de silla dijera: 'Juego, set y partido'. Estaba dispuesto a pasar cinco horas en la pista. Pero tuve suerte, no fue necesario", agregó. Después explicó que las últimas 72 horas habían sido las peores de su vida: "Me dolía el estómago. Era increíble, pero me dije que debía librarme de los nervios y salir a la pista relajado".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 1998