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Crítica:
Crítica

La buena vida

22.30 / Drama España, 1996. Director: David Trueba. Intérpretes: Fernando Ramallo, Lucía Jiménez, Luis Cuenca, Isabel Otero. Entre Truffaut y Truffaut, Trueba (David). Cuentan los actores debutantes Fernando Ramallo (ahora en Carreteras secundarias) y Lucía Jiménez (con puesto en la televisiva Al salir de clase) que el director les hizo ver Los cuatrocientos golpes. "Ése era el tono que quería para su película", dice el primero de ellos. Comparaciones impertinentes a un lado, lo que permanece es, que el también novel realizador, antes guionista (Amo tu cama rica) y novelista (Abierto toda la noche), acierta a tararear el estribillo del maestro francés, la música que parpadeaba en la mirada desasistida de Jean-Pierre Léaud. Un relato de iniciación a la muerte, el sexo y, por ello, la vida se convierte, gracias al rostro magnético de Ramallo, en un emocionante inventario de sensaciones a la vez amargas y dulces, profundas y ocurrentes, brillantes y sombrías. Un chaval se queda huérfano, solo y roto. Lo que sigue es una instintiva labor de reconstrucción que de repente descubre el último reducto -experiencia y oficio a un lado- que justifica a un cineasta: el talento. Mención especial para el genial Luis Cuenca.

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