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CARTAS AL DIRECTOR

La mirada

La mirada es nuestro ser proyectado. Cuando miramos, no sólo vemos, presentamos. nuestro interior más recóndito. La mirada es arcano, pues mediante ella se manifiesta algo más que el presente desde el que actúa. Ella habla de nuestro pasado, que es también el de quienes nos dieron la vida. La mirada penetra en los secretos de lo mirado, desnuda el yo y el tú, porque, sobre todo, es interpersonal, no colectiva. La mirada se pierde, "perdida la mirada", pero es cuando más se encuentra a sí misma, cuando más mirada es, cuando el mundo de las cosas deja de ser real para convertirse en trasfondo del mirar. Entonces deviene creadora, porque lo mirado es el producto de quien mira. La mirada se clava, cual puñal, cuando odia; cual flecha de Cupido cuando ama. Y quien siente el dolor o el placer de la mirada tiene perfecta consciencia de su presencia, de su existir, de ser el objeto elegido.. El mirar supera la percepción -tan dependiente de lo material-, el análisis -esclavo de la inteligencia- y el sentimiento -deudor del aprendizaje- La mirada no investiga, sabe: sólo desde el profundo conocimiento se hace patente. Y su certeza no es científica, porque no nace de nada que sea observable a través de los ojos, sino del hacerse uno o una con lo mirado. La mirada es esquiva cuando tememos el poder de la mirada ajena, cuando creemos que podemos ser arrastrados o arrastradas por algo incontrolable. La mirada es la más perfecta comunicación: en ella no interfieren las palabras, tan deformadoras en ocasiones del mensaje, y, sin embargo, nada tiene tanto contenido comunicativo como la mirada, pues no sólo nos habla de quien nos mira, sino que nos interroga y nos obliga a responder; es, parafraseando a A. Dumas (padre), lo único que no se puede ocultar. Y lo que nos demanda es nuestro propio yo, nuestro más íntimo ser. La mirada, por fin, es intemporal, nos descubre la eternidad, pues no miramos a través de la edad, aunque sí desde ella. La conciencia del pasar de los años es algo añadido al hecho del mirar, que siempe aparece joven, inmutable a la degeneración que acaba con todo. Hay miradas que anhelaríamos hacerlas nuestras -y en alguna medida lo logramos-. Son aquellas que pertenecen al mundo de nuestra fantasía, al de los proyectos no cumplidos y que siguen siendo objeto de deseo; proyectos que satisfacemos en muchas ocasiones fabricando sueños-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de enero de 1998