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Tribuna: PIEDRA DE TOQUE

Diana o la caja de los truenos

Diana abrió, jugando, la caja de los truenos y se encontró con que el juego se había vuelto peligroso

La familia real británica, en la boda de Diana y Carlos, en 1981.
La familia real británica, en la boda de Diana y Carlos, en 1981. AFP

¿Un cuento de hadas que terminó mal? Bastante más turbio que eso, si se escudriña, con la cabeza fría, las interioridades de la extraordinaria aventura de Diana, princesa de Gales, cuyo trágico desenlace ha provocado una conmoción mundial. Ni la muerte del presidente Kennedy, con la que algunos la comparan, llegó a repercutir en tantas personas como las que, en los cinco continentes, gracias a la ubicua televisión, han seguido todos los pormenores del macabro final de la historia que se inició hace 16 años, cuando la bella heredera del octavo conde Spencer (aristócrata oscuro y casi en la ruina), una veinteañera rubia, tímida y con la silueta aérea de un elfo, se casó, observada por cientos de millones de televidentes enternecidos, con Carlos, el futuro monarca de la Gran Bretaña.

La princesa, que parecía salida de un poema de Rubén Darío, tenía todos los atributos de que están hechas las princesas de Hollywood y de las añoranzas de los románticos (pero no las de la realidad británica) -era bellísima y sencilla, de ojos lánguidos y una sonrisa angelical- y fue entronizada, desde el primer momento, como uno de los iconos mediáticos de nuestro tiempo. Con una imprudencia tan grande como su belleza, Diana aceptó encantada ese papel y lo explotó a fondo, creyendo, la ingenua, que era compatible con aquél para el que había sido elegida por la Casa Real (en un error tan monumental como el cometido por aquellos remotos ancestros que firmaron la Carta Magna y aceptaron ser unas inexistencias decorativas): la de próxima reina de Inglaterra. Desde luego, nadie hubiera imaginado entonces -y Diana menos que nadie- que lo que parecía al principio el juego desenfadado y simpático de una princesa que quería ser moderna y no se resignaba a llevar la aburrida vida de posma de sus pares en el palacio de Buckingham, iba a provocar la más seria crisis de la monarquía británica desde los tiempos de Cronwell.

La función de la monarquía en Gran Bretaña puede ser comparada a la de un antiquísimo museo lleno de augustas momias, a las que la inmensa mayoría del pueblo británico veía con afecto, curiosidad y cierto orgullo, como símbolo de su rica historia, de su tradición e instituciones democráticas, y, también, de esa idiosincrasia excéntrica, formalista y libérrima que ha sido hasta tiempos recientes algo así como el signo de la identidad nacional albiónica. Ahora bien, para que las momias sean respetables, misteriosas, inquietantes y sagradas, hay que mantenerlas -como las mantienen las pirámides a orillas del Nilo o en las selvas mayas, y los entierros prehispánicos de los desiertos de Nazca y Paracas, o como las mantenía el palacio de Buckingham hasta la llegada de Lady Di y, peor todavía, de su impresentable cuñada Fergy, la duquesa de York- en la penumbra y a distancia, rodeadas de la discreta escenografía de los museos, sin exponerlas a la luz ni al manoseo de las incautas muchedumbres. Porque, bajo los fuegos del sol y en media plaza pública, a merced de la curiosidad y el morbo colectivos, las momias se desintegran o aparecen como lo que son: unos esqueletos agujereados y chamuscados por el tiempo, que provocan la carcajada o el disgusto, no la adhesión ni el respeto populares.

Vídeo añadido en agosto de 2017: los hijos de Diana cargan contra la prensa sensacionalista.

En Buckingham Palace, en Balmoral, en Windsor, en Saint James, en la mansión de Highgrove, Diana descubrió (¡qué mal educaba a la nueva generación la aristocracia inglesa!) que la nobilísima Casa de los Windsor estaba hecha de la misma estofa que las familias plebeyas y sujeta a idénticas sordideces y vulgaridades. Así, por ejemplo, su real marido no la quería y se había casado con ella por obligación, pues no podía hacerlo con su verdadero amor, la inagraciada Camilla Parker Bowles, esposa de un sufrido oficial, con la que mantenía unos amores adúlteros que, por lo demás, no tenía la menor intención de interrumpir. En vez de reaccionar ante esta cruda desilusión como deben hacerlo las princesas y como lo hicieron tantas de sus flemáticas predecesoras -apasionándose por la jardinería, la equitación o los perros de raza- la lastimada Diana cometió el sacrilegio de reaccionar como una mujer de carne y hueso: sufriendo, resintiéndose y tomándose la revancha.

No era una chica culta ni de muchas luces, pero, a partir de este momento, demostró tener un instinto verdaderamente genial, incomparable, superior al del político más avezado y carismático, para servirse de esos innobles medios de comunicación de los que tanto se quejaría en su última época y los que, de algún modo, acabarían matándola. Su venganza consistió en destronar al príncipe Carlos y, por extensión, a toda la familia real, en el corazón del público y en conquistar, para ella sola, gracias a su elegancia, simpatía, hermosura, gestos cuidadosamente estudiados -a veces de insigne frivolidad y a veces de estupenda solidaridad humana con los desvalidos- en todos los rincones del planeta, una popularidad que pronto rebasó la de los más conspicuos ídolos musicales y cinematográficos: ni Michael Jackson ni Madonna en el presente, ni Brigitte Bardot o Marilyn Monroe en el pasado, alcanzaron un endiosamiento parecido.

Dicho de este modo, tal vez este análisis pueda parecer cruel. No lo es. Como a todo el mundo, me apena la muerte atroz de la encantadora Diana, princesa de Gales, en la flor de su edad, luego de haber vivido un período dificilísimo de tensiones y traumas familiares y personales. Sin embargo, lo ocurrido con ella no es sólo personal. Es, también, institucional y cultural y ese aspecto de su tragedia no debe ser soslayado. Sin proponérselo, sin sospechar los cataclísmicos efectos que tendría para la institución hasta entonces más incuestionada de la sociedad británica, Lady Di, en una operación dictada por una indiscernible mezcla de despecho, frustración, inconsciencia y frivolidad, logró elevarse en la consideración pública muy por encima de la institución monárquica que la había decepcionado y humillado, con la que había entrado en una sorda pugna, y desprestigiarla y restarle más crédito ante sus súbditos de lo que lograron jamás los republicanos británicos. Esto puede parecer absurdo, y en cierto modo lo es; pero no cabe la menor duda de que si, por primera vez en el siglo, una encuesta hecha hace menos de dos meses reveló que más de la mitad de los encuestados habían dejado de considerar válida a la monarquía en el Reino Unido, ello fue en gran parte una involuntaria hazaña de la princesita resentida.

Habrá quienes dirán: ¡en buena hora! ¡gracias, Diana, por haber contribuido a socavar una institución tan obsoleta y apolillada como la faja de ballenas y el corsé! Ésta es una posición política perfectamente legítima. Pero no era la de Diana, desde luego, que nunca actuó guiada por principios ideológicos ni formuló opiniones políticas, salvo las últimas semanas de su vida, cuando sus felicitaciones al Gobierno de Toni Blair por apoyar la prohibición de las minas antipersonales y sus críticas a los conservadores por oponerse a ella, provocaron una tempestad en el Parlamento, donde se le recordó que la madre del futuro monarca del reino, princesa mantenida por los contribuyentes británicos, no puede tomar partido en los debates cívicos. Si algún reproche debe hacérsele es, precisamente, el haber asumido una conducta pública sin tener conciencia cabal de la magnitud social y política de lo que hacía ni de las consecuencias que ello tendría.

Es peligroso abrir la caja de los truenos, a menos de que se tenga la voluntad de convocar una tormenta. Diana la abrió, jugando, y se encontró de pronto con que el juego se había vuelto serio y peligroso. Sola, confundida, en medio de una tempestad de rayos, centellas y trombas de agua, optó por la fuga hacia adelante, mostrando así, al final de su vida, una audacia insospechada. Sus amores habían sido catástrofe tras catástrofe, empezando por su marido, el príncipe tristón y con orejas a lo Pluto al que por lo visto amó de veras (en 1982 intentó suicidarse por él). Su profesor de equitación, el capitán James Hewitt, su primer amante fue un ofidio mercenario, que la traicionó vendiendo su historia a la carroña publicitaria. Ahora, después de escarceos sentimentales con un deportista y un médico paquistaní, parecía haber encontrado un amor más firme, el playboy Dodi al Fayed.

No hay razón, alguna para poner en duda la pureza de sentimientos que el hijo del potentado egipcio, dueño de Harrod's de Londres y del Hotel Ritz de París, inspiró a Diana Spencer. Según el testimonio de sus amigas más próximas, la delicadeza y prodigalidad de Dodi sedujeron a la princesa, quien declaró que las últimas vacaciones en el Mediterráneo, en el yate de la familia Al Fayed, habían sido las mejores de su vida. Ahora bien. Es imposible no, detectar en estos amores, asimismo, una soberbia estocada final a ese establishment británico y a esa "fucking family" ("familia de mierda") de su conversación telefónica, grabada por la chismografía periodística, con el misterioso galán que la llamaba Squidgy (pulpito). Probablemente, no hay ningún otro ser viviente al que el establecimiento británico deteste más que al egipcio Mohamed al Fayed, uno de los principales contribuyentes del Reino Unido, donde reside hace más de treinta años y donde ha forjado su fortuna, al que, en un acto de flagrante injusticia, el Gobierno de John Major negó la nacionalidad británica. El odio a Al Fayed de la clase dirigente expresa, también, algo de racismo; pero, sobre todo, la indignación por la insolencia que tuvo aquél al poner en evidencia la corrupción de un puñado de parlamentarios tories, a los que tenía en su nómina -a unos les pagaba en cash y a otros con fines de semana en el Ritz- para que hicieran a los ministros, en el Parlamento, preguntas que convenían a sus intereses. ¿Cabe imaginar una humillación y revés más contundentes para este establishment que, por el casamiento de Diana, princesa de Gales, Mohamed al Fayed se convirtiera en abuelo político del príncipe Guillermo, futuro rey de Gran Bretaña?

El espantoso accidente de la noche del sábado 30 de agosto, en un túnel a orillas del Sena, en el que Diana y Dodi perecieron en un bólido enloquecido que trataba de distanciarse de los paparazzi carroñeros (creados por la estupidez y el esnobismo de una cuantiosa masa de compradores de prensa amarilla) que los perseguían en motos, ha liberado a la corona y a la clase dirigente británica de ese puntillazo. No hay que concluir de ello que los dioses son monárquicos y conservadores y castigan a las bellas muchachas que juegan con fuego y, jugando jugando, ponen en peligro el status quo. No. Hay que concluir que ese imponderable que es la muerte y que golpea en el momento menos pensado, desbarata a veces las fábulas que los seres humanos urden para escamotear la realidad, y reordena los destinos individuales y colectivos de la manera más inesperada y, muchas veces, poco justa.

En todo caso, aquellos a quienes la bella princesa desafió e hizo pasar tantos apuros y estuvo a punto de derrotar, han sabido guardar las formas (ellos sí saben esas cosas): la han llorado con la sobriedad debida, orado por su alma, cubierto de flores, le abrieron las puertas de la abadía de Westminster, donde sólo admiten a sus prohombres y heroínas, y nadie, ni el más severo observador, podría jactarse de haber escuchado escapar de uno solo de esos chaqués y trajes de luto nobiliarios el más mínimo suspiro de alivio. Como dijo el primer ministro Tony Blair (¡ah, esos políticos!): "Princesa del pueblo, descansa en paz".

Mario Vargas Llosa, 1997.Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SA, 1997.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de septiembre de 1997