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Teoría de la retroevolución

deologías en declive, nacionalismos en auge, fundamentalismo religioso, repliegue neonaturalista frente a los avances de la biotecnología. Uno contempla estos y otros fenómenos afines desde la perspectiva de un modelo más amplio y general. Veamos. He sostenido repetidamente que no se puede comprender mucho de lo que ocurre en el mundo si no se sustituye el concepto lineal y simplista de progreso por el concepto más caótico y complejo de retroprogreso. He expresado la idea de que toda la historia de la ciencia, e incluso de la cultura, se define por un movimiento de parcelación y alejamiento del origen que, paradójicamente, retroalimenta un impulso de recuperar el origen perdido. Cuando una ciencia se hace adulta, se hace también abstracta. A fuerza de compartimentar y parcelar la realidad para conseguir una formalización que permita su tratamiento formal (lógico, matemático, etcétera), la ciencia se aleja de su no-dualidad originaria. Ahora bien, este mismo alejamiento es el que explica que dabajo de toda la aventura del conocimiento humano lata un aliento digamos místico: devolver las cosas a esa no-dualidad originaria. Complejidad creciente y gravitación hacia el origen son entonces dos caras de un mismo proceso.Procede, pues, sustituir el mito canceroso del progreso por la noción más ambivalente de retroprogreso. Procede tomar conciencia de que allí donde el avance no es retroprogresivo los costes del progreso exceden a sus ventajas. Por ejemplo, si la sociedad informatizada no sirve para recuperar ciertas virtudes de una sociedad preindustrial no sirve para mucho. Ya se sabe, pongo por caso, que antes de inventarse el reloj y el calendario, los hombres no tenían la obsesión del tiempo que pasa y que genera angustia. Pues bien, si algún sentido tiene un mundo en informatizada sincronía es el de permitirnos recuperar la vieja sabiduría de las cosas sin tiempo, el presente de un vivir diariamente reinventado.

En la era retroprogresiva todo tiende a ser híbrido, a la vez innovador y tradicional, superado el espejismo historicista que es el espejismo del tiempo lineal. Ya dentro de este contexto, lo retroprogresivo es el verdadero meollo de la llamada posmodernidad. Porque no se trata de que hayan entrado en crisis los conceptos de razón y de progreso: se trata de que se han complejificado. La modernidad ciertamente agoniza. Pero ante esta crisis no van a servir las respuestas parciales: ni el neofundamentalismo (religioso, nacionalista, étnico), ni el posmodernismo que predica el fin de la historia. Aproximarse al origen abriéndose a la incertidumbre del futuro es la clave retroprogresiva que la época reclama. Retroprogresión, posmodernidad: balbuceos de una edad finalmente pluralista, sin discursos totalitarios, sin síntesis supremas, donde la recuperación de las formas del pasado se concilia con la irrupción de las nuevas tecnologías, con el pacto fértil entre complejidad y origen.

Suele denunciarse que Occidente, con la modernidad, apostó por la carta unidimensional del progreso; pero lo que se advierte menos es que nunca desapareció la exigencia de conciliar el progreso (secularización, racionalización, complejidad creciente) con el regreso (aproximación al inagotable origen, recuperación mística de la realidad perdida). De no ver las cosas desde este ángulo, resulta incomprensible, pongo nuevamente por caso, la resurrección de los fenómenos religiosos (y no religiosos), de creencia y mito. Quiere decirse que si el hombre no sintiera una previa necesidad de no-dualidad, si el hombre no fuese un animal intrínsecamente místico, resultaría inexplicable la tendencia, formalmente irracional, a la creencia y a la fe.

En todo caso, terminó aquella simplista identificación, que se indica en el siglo XVIII, entre devenir histórico y progreso. Dicha idea, formulada por primera vez por Condorcet, culminó con la Revolución Francesa, consagrándose el falso antagonismo entre lo nuevo (revolución) y lo antiguo (reacción). Por más que incluso los ilustrados, con el redescubrimiento de la idea de naturaleza y el mito del buen salvaje, también compensaron su progresismo con una cierta regresión). Después, el siglo XIX fue, sin duda, el siglo de la historia. Lamarck y Darwin, aunque con distintos modelos, coincidieron en el descubrimiento de la evolución. Pero ya con el concepto de entropía comenzó la crisis del progresismo. Finalmente, en física, en biología, en psicología, en ciencias sociales, descubrimos la ambivalencia evolutiva: junto al empuje ascendente, la gravitación hacia el origen. Recordemos una idea de Konrad Lorenz: cuando se producen demasiadas mutaciones sin su correspondiente conservación * del pasado, salen monstruos: por pérdida de genes o por pérdida de tradición. Falla el mecanismo retroprogresivo.

En consecuencia, hay que evitar las simplificaciones. Resulta superficial, por ejemplo, denunciar el antagonismo entre el supuesto irracionalismo posmoderno y la línea histórica de la Ilustración. Es un cliché afirmar que la oposición al progreso se inicia con el romanticismo, se prolonga en Nietzsche y Heidegger y alcanza hasta los estructuralistas de los años sesenta. La cuestión es: ¿quién prohíbe conciliar a Nietzsche y Heidegger con el discurso de las luces? Por no disponer del modelo retroprogresivo, Habermas ha acusado a la posmodernidad de ser un mero regreso a la premodernidad. Ahora bien, nada impide la conciliación ambivalente. Un ser humano retroprogesivo se define por sentirse a la vez secularizado y resacralizado, o séase, por estar abierto simultáneamente a la aventura de la razón y al misterio del origen.

El retroprogreso es, así, un modelo de salud y de equilibrio. "Cuanto más hondas las raíces, más alto el árbol", escribía Nietzsche. El animal retroprogresivo es el que se diferencia en ambas direcciones, el que a la vez que se seculariza y se fragmenta va recuperando la raíz. En términos de psicología profunda: recuperación, primero, del inconsciente; luego, del cuerpo; luego, del medio ambiente; finalmente, de la totalidad. El animal retroprogresivo sabe que puede construir un ego fuerte y racional, y, al mismo tiempo, restaurar la conciencia mística atrofiada. (Lo que el hinduismo llama advaita)., Sabe, además, que ya no valen los sustitutivos. La política, por ejemplo, que ha sido la gran religión de la modernidad, ha entrado en una saludable crisis con el derrumbe de las ideologías marxistas. Hoy ya nadie confía religiosamente en la política como vehículo de salvación. Reducida a proporciones más modestas, la política deja el campo abierto para profundizar en lo estrictamente religioso, que es el lugar del arte y del asombro.

En resolución, el genuino progreso es retroprogreso, dialéctica ascendente/descendente, movimiento en espiral hacia la complejidad y hacia el origen, hacia lo individual y lo colectivo, hacia el espíritu y hacia la materia. Sobre este esquema, y en un momento en que la biotecnología plantea desafíos estrictamente inéditos, sería muy oportuno constituir una nueva teoría de la retroevolución.

Salvador Pániker es filósofo y escritor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 26 de junio de 1997.

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