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La lección de Fowler

El goleador del Liverpool apoya a los huelguistas y rechaza falsos penaltis

En el cuartel general del Liverpool, en Anfield, no se habían recibido nunca tantos telegramas de la UEFA. El primero para anunciar una multa de 200.000 pesetas contra Robbie Fowler, la joven estrella del equipo, que ante el Brann Bergen en los cuartos de final de la Recopa se levantó la camiseta del Liverpool, dejando al descubierto otra con un mensaje de apoyo a los trabajadores del puerto despedidos en una larga huelga. "Los campos de fútbol no son el sitio adecuado para demostraciones políticos", decía el comunicado de la UEFA, un organismo muy permisivo con las tonterías que habitualmente se leen en las camisetas interiores de los jugadores.El segundo telegrama, a nombre del jugador, llegó el martes pasado y rezumaba elogios a su "deportividad". El día antes, Fowler había tenido el sorprendente gesto de corregir al árbitro que acababa de favorecerle pitándole un penalty al equipo contrario. ¿Puede un jugador ser la cara y la cruz de la profesión a ojos de la UEFA y todo eso en el espacio de unos pocos días? La respuesta es sí, tratándose de Robbie Fowler.

A punto de cumplir los 22 años de edad, el delantero del Liverpool -28 goles esta temporada- resume mejor que nadie las contradicciones que encierra el estrellato. Especialmente cuando la estrella tiene orígenes humildes. La huella de la malnutrición infantil se deja ver en el aire extrañamente fofo de Fowler. Nacido y criado en el depauperado barrio de Toxteth -uno de los más pobres de la deprimida ciudad de Liverpool-, Fowler conduce hoy un aparatoso BMW -un coche que "no es mi estilo", dijo una vez el jugador- y hace tiempo que se mudó a una mansión moderadamente lujosa en el pretencioso barrio de Mossley Hill. Allí vive con su madre, -separada desde hace años del padre, un empleado de los ferrocarriles-, sus dos hermanos y su hermana.

La difícil convivencia entre pasado y presente explica, quizá, esa rabiosa necesidad en Fowler de demostrar que el éxito no se le ha subido a la cabeza y que su corazón sigue estando del lado de los perdedores. "Apoyo a los 500 despedidos de los muelles", decía su camiseta. Por otro lado, está la no menos desesperada urgencia de disfrutar de la posición envidiable de quien se embolsa 2.300.000 pesetas a la semana y procura sacarle todas las ventajas comerciales a su fama. Sus juergas, y posteriores destrozos, de habitaciones de hotel no son ninguna novedad. Su rostro, estremecido por una risa compulsiva, apareció muy cerca del de Paul Gascoigne en la famosa fiesta de cumpleaños en Hong Kong, de la que se publicaron fotografías escandalosas en vísperas de la Eurocopa 96. Y otro detalle más en la mejor línea Gascoigne, Fowler fue multado no hace mucho por bajarse los pantalones y enseflarles el trasero a los hinchas del Leicester.

Quijotesco

A esa doble faceta se ha venido a sumar desde el lunes pasado, la del Fowler quijotesco. Sus compañeros reconocen que su gesto de extrema deportividad -volverse al árbitro que le pitó un penalty al equipo rival y decirle muy serio, "míster se ha equivocado usted"- hubiera podido acabar en asesinato colectivo de no ser porque el árbitro no le hizo caso, aunque casi se diría que Fowler se empeñó en contrariarle: lanzó el penalti, pero el portero Seaman despejó la pelota. Era el segundo penalti que fallaba en su vida Fowler. Pero el instinto depredador de su compañero Jason Mc Ateer no atendió al fair play. Llegó al rechace y marcó.Con ese gol, los reds se impusieron al Arsenal en un partido que reduce la Liga a una batalla entre el Manchester y el Liverpool. Puede que la etapa quijotesca marque el principio del fin de la etapa hooliganesca de Fowler. Casi todos los expertos lo creen así. Desde los comentaristas del Liverpool Echo hasta el entrenador del equipo, Roy Evans. "Robbie está sentando la cabeza", aseguran. Y el propio interesado también está convencido de ello. "Los últimos años he hecho muchos tonterías, en plan infantil, pero eso ha terminado. Sigo siendo la misma persona de siempre. El éxito no se me ha subido a la cabeza. Y si se me subiera, mi familia me bajaría los humos enseguida".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 30 de marzo de 1997