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Crónicas marcianas

Agustin Jauraeaguízar, ingeniero de 62 años, posee la mayor biblioteca de ciencia-ficción en España

Hace cien años, en 1897, un escritor y periodista llamado Nilo María Fabra se imaginó en un relato de política-ficción cómo sería el gobierno de la Casa de la Villa medio siglo después, en 1943. Escribió un relato titulado El futuro Ayuntamiento de Madrid, en el que narra cómo los madrileños eligen su primer gobierno socialista y el nuevo equipo decide como primera medida cambiar el nombre de las calles y plazas de la capital, que pasan a llamarse calle de la Moralidad Municipal, carrera de Saint-Simon, Gran Vía de la Huelga Triunfante o glorieta de las Cuatro Vías de la Evolución Socialista. Fabra, precursor de lo que hoy se conoce como ciencia-ficción, especuló también en sus cuentos fantásticos con gobernantes que espían a los ciudadanos con sofisticados aparatos de grabación.Sus libros forman parte de la colección de Agustín Jaureguízar, un ingeniero de caminos de 62 años, nacido en Ferrol, La Coruña, pero que reside en Madrid desde los 20 años y que tiene la -mayor y más completa biblioteca de ciencia-ficción de todo el país: 5.000 volúmenes que ha tardado más de medio siglo en recopilar, desde que leyó por primera vez a Julio Verne a los nueve años. Fue él quien en 1978 solicitó a la Real Academía Española que el término ciencia-ficción se incluyera en el diccionario.

"Los aficionados a esta literatura, además de estar bastante locos, estamos más preparados para el futuro", afirma cuando inevitablemente aparece en la conversación Dolly, la primera oveja clónica, que ha dejado boquiabierta a la opinión pública. "Al fandom [término con el que se autodenomina el grupo de incondicionales de la ciencia-ficción] no nos ha causado ninguna sorpresa. Existe infinidad de novelas donde se ha tratado con cierto rigor cómo podrían ser las sociedades clónicas, y hemos meditado mucho sobre ello. Se ha especulado incluso con hacer un clónico de Jesucristo a partir de una gota de sangre que todavía se conserva", y añade pensativo: "Puede que dentro de unos años los ingenieros genéticos estén recluidos en celdas, por el peligro que suponen".

Agustín Jaureguízar -en el círculo del fandom se le conoce por el seudónimo de Augusto Uribe- localiza rápidamente cualquier título en su extensa biblioteca, a pesar de que sufre una grave enfermedad en los ojos que le dificulta enormemente la visión y que le obligó a jubilarse a los 50 años. La colección incluye revistas y fanzines, y por su venta han llegado a ofrecerle hasta 10 millones de pesetas. "He invertido mucho tiempo en buscar libros y en investigar", apunta. "Durante cinco años subí y bajé dos veces al día la Cuesta, de Moyano. Los libreros me conocían y me guardaban las novelas que me podían interesar, hasta el punto de que cuando llevaba prisa subía por la calle de al lado, para no entretenerme".

"He encontrado novelas realmente curiosas de politica-ficción, sobre todo de principios de siglo, y muchas de ellas tienen que ver con el mundo de la corrupción. Recuerdo un relato protagonizado por un director general de loterías, que en el primer sorteo que preside juega cinco números y los cinco salen agraciados. El Congreso de los Diputados se reúne para estudiar el caso y concluye que es tan sólo un caso extraordinario de buena suerte".

Uno de los empeños de Jaureguízar es dar a conocer que fue un madrileño, el dramaturgo Enrique Gaspar, el primero en imaginar un viaje en el tiempo usando una máquina construida expresamente para ese fin, y no H. G. Wells, como consta en todas las enciclopedias. "El autor americano publicó The time machine en 1895; Gaspar escribió en 1881 El anacronópete, una zarzuela en 13 actos que repasaba otros tantos paisajes, históricos, cantados por cuatro personajes que se desplazaban de un lugar a otro de la historia en una máquina del tiempo. La zarzuela no llegó a estrenarse, pero el manuscrito se conserva en la Biblioteca Nacional. Finalmente, Gaspar publicó El anacronópete como novela en 1887, ocho años antes que Wells, y describe con todo detalle el artefacto".

El círculo del fandom en Madrid se mueve en tomo a una tertulia que se celebra todos los jueves en el bar Alameda, en el paseo de Recoletos. La primera reunión de aficionados se celebró en 1967, hace tres décadas, en un bar llamado Las Cuevas del Arriero, en la calle de Atocha. Entre los asistentes se encontraba una joven promesa del género que luego abandonó esta literatura para dedicarse al cine: era José Luis Garci. También acudió un grupo de barceloneses que editaron a finales de los años sesenta una revista, Nueva Dimensión, que se convirtió en el aglutinante del género hasta su desaparición, en 1983.

La dictadura

"Durante la dictadura", comenta, "la ciencia-ficción se dio también como una forma de eludir la censura. Ciertas expresiones puestas en boca de un comunista no hubieran pasado la estricta vigilancia del censor; sin embargo, las mismas palabras dichas por un lagarto venusino circulaban con bastante facilidad". Los problemas surgieron por cuestiones muy elementales: Nueva Dimensión publicó un cuento, 'La batalla de Robert Shekley', que trataba de una gran lucha entre ángeles caídos contra hombres y robots, y Dios se poma de parte de estos últimos. Al censor no le pareció bien que la acción se desarrollara en el desierto del Sáhara y que el jefe de las tropas humanas se llamara, sospechosamente, Generalísimo. Tuvieron que cambiarlo". También la Dirección General de Seguridad prohibió en 1970 una reunión de aficionados en Madrid. Esgrimieron que se iba a proyectar el alunizaje del Apolo XII que no había pasado la censura.

Entre los escritores madrileños de este género ha habido varios militares que escribieron con seudónimo y alcanzaron cierta fama. Es el caso de José de Elola y Gutiérrez, un coronel del Estado Mayor del Ejército que, bajo el nombre de Coronel Ignotus, publicó en los años veinte libros de viajes interplanetarios protagonizados por una heroína maña llamada María Pepa Bureba. O más actual, el general Enrique Jamés Bergua, ya fallecido y autor de la famosa serie Diego Valor, que fue emitida por Radio Madrid con gran éxito.

Agustín, que es viudo y tiene cuatro, hijos, es el mayor documentalista del fadom español. Se lo sabe todo, y hasta las editoriales le consultan. Mantiene correspondencia, a través del correo electrónico de Intemet, con aficionados de todo el mundo, aunque advierte que, "como cualquier persona normal, leo bastante más de otros géneros que de ciencia-ficción".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de marzo de 1997