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Tribuna:

'Full' de Estambul

El segundo es la duración de 9.192.631.770 periodos de la radiación correspondiente a la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del átomo de cesio 133. Lamento el escupitajo, lector, pero algunas definiciones no se dejan gobernar, y en este caso, menos, ya que hablamos de un hijo del tiempo. El tiempo: la madre ciencia sugiere que es una magnitud ilusoria, endeble y poco de fiar; esto es, que existe a medias, o si se quiere, relativamente, aunque yo no me lo creo. Y tengo mis motivos: ni una sola vez en mi vida he estado en un sitio sin que al mismo tiempo fueran las 7.19, las 22.30, las 13.44 o cualquier otra hora semejante, y la verdad, mucha puntería me parece.Salvado esta discrepancia, me caen bien los científicos. Respeto su estilo y los tengo por la facción más honesta y eficiente del género humano. Sin ir más lejos, los ingenieros navales son unos verdaderos artistas: reflexionan, miden, crean, acatan las reglas del juego y siempre buscan el camino más certero para lograr su objetivo. Por eso los barcos flotan.

No obstante, también son finos de mente, incorruptibles y muy sutiles sacando conclusiones. (Me he referido a esta gente por razones sentimentales, lo reconozco, pero igualmente servirían como ejemplo los matemáticos, los físicos, los químicos y los biólogos, residentes todos ellos en el ático del edificio).

Un poco más abajo, a la altura del tercer piso, se mueven algunas disciplinas interesantes, si bien con menor capacidad de remate, ya que su campo de estudio no permite tanta precisión. La historia y la arqueología, entre otras.

Y por fin, en las plantas inferiores del inmueble, pululan ciertas especialidades académicas, como la psicología y la psiquiatría, que todavía están aprendiendo a andar. Estas dos ramas -hermans de sangre- trabajan con indicios, supuestos y presunciones, pero carecen de una pieza fundamental en el mundo de la ciencia: la demostración de sus aseveraciones.

No es culpa suya, desde luego, sino de la propia condición del medio: la mente humana, un recinto tan vasto e insondable que no se puede manejar mediante leyes o postulados. Quedan disculpadas, pues, en este aspecto, pero no en lo que se refiere a sus ínfulas, a la asunción de sus limitaciones y a su empeño por aventurar respuestas que a menudo rozan la superchería.

El famoso crimen del rol ha demostrado hasta qué punto estos especialistas de la mente se mueven en la niebla. Cabría suponer que los peritos designados por el tribunal (dos psiquiatras y dos psicólogas), debido a su preparación académica, estarían en condiciones de entender y explicar con mayor fundamento la extraña conducta de Javier Rosado; pero a la vista de sus conclusiones, más valdría haber prescindido de ellos y jugarse un diagnóstico a los dados. Así, para el psiquiatra Juan José Carrasco (uno de los forenses encargados del caso), Javier Rosado es un enajenado mental completo. "No es que simule estar loco, es que está loco", afirma con una seguridad aplastante. Más confuso, sin embargo, se muestra su colega de peritaje, para quien las facultades mentales del procesado "estaban totalmente anuladas mientras mataba"; si bien, "tomó precauciones antes y después del homicidio, y un esquizofrénico nunca toma esos cuidados".

Por su parte, las dos psicólogas se muestran intratables: para ellas, sin duda alguna, "Javier Rosado es una persona cuerda que sirviéndose de su alto nivel de inteligencia, simula sufrir un trastorno múltiple de la personalidad". "Un psicópata que finge estar loco". ¡Sopla!, con los peritos de la mente: ni aposta les sale peor.

Contentos deben estar los jueces, a quien no es difícil suponer un pelín despistados. Me los imagino perfectamente: temblones, sudorosos, subiendo las cejas, soltando unos tacos feísimos y preguntándose si sus forenses no estarán de cachondeo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 14 de febrero de 1997