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Los Juegos

Los telespectadores crecen por cientos de millones, las coberturas informativas han logrado su máximo esplendor, las retransmisiones son tecnológicamente más avanzadas que nunca y, entretanto, los Juegos Olímpicos tienden a interesar cada vez menos.En Estados Unidos, hasta un 60% de los ciudadanos siquiera se han enterado de que están celebrándose las competiciones, y entre los que en el mundo están al tanto casi lo mismo da que se bata un récord que otro, importa poco, al cabo, que gane o no el equipo nacional. El pánfilo espíritu del marqués de Coubertin ha logrado por fin la gloria de esta pánfila indolencia.

Obtener una medalla de oro en las ediciones de hace unos años era un divino galardón, pero ahora, multiplicados los campeonatos internacionales, continentales, mundiales, la cita olímpica es el gran ceremonial donde se la juega ante todo el comité organizador y sólo, después, los atletas. Los equipos, las delegaciones, las lizas, son, como en el festival de Avignon, menos importantes que el mismo festival de Avignon. Lo que aparece como relevante es el acontecimiento y no tanto la consecución de unas marcas o el honor de una medalla que, en los Juegos, destila un tufo beato y papal.

En España nadie se acuerda del fracaso del fútbol, pero incluso los trofeos en otros deportes sólo alborozan a los entrenadores o a los allegados y, en "tornado", por ejemplo,. exclusivamente a la familia real. La ciudadanía no ha dejado de conectar La 2, pero ¿qué podría hacer un televidente ante tamaña presión del televisor? ¿Cómo dejar de asistir, siendo feligrés, a la misa mayor por ,monótona que sea? El gran fracaso organizativo y el psicótico atentado de Atlanta señalan el fin de la ilusión; la vacuídad de este superconcilio revenido.

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