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Tribuna:

El cesante

No se trata de un tipo galdosiano. Es decir, no sabe cuándo volverá su turno y de ahí el velillo de sudor sobre el bigote rasurado. Ha cumplido 44 años. Desde el 72 no ha hecho más que política. Primero ayudó secretamente en el partido y cuando fue un hombre legal lo pusieron en nómina. Los partidos crecían. No pasaba como ahora, que regulan plantilla. En el 79, cuando las municipales, ganaron en su ciudad. Quiso elegir, pero no pudo: era maestro, fuerte en humanidades, pidió algo de enseñanza. Pero lo destinaron, de segundo, a los servicios de asistencia social. Por su humanidad seguramente. Como lo guiaba un ideal intenso y pertenecía a una generación que hincó los codos para descifrar a Marx y los epígonos -estudió la filosofía al revés: primero, Althusser; luego, Grainsci, el Maestro, Hegel, Kant, y luego de un largo camino, Platón; ahora dicen que se entretenía refinadamente con los presocráticos; como era un tipo concienzudo, en fin, se convirtió en pocos meses en un profesional de la asistencia. En la primavera del 83 lo llamaron de Madrid: le dijeron que el presidente había oído hablar de su capacidad de gestión y necesitaba alguien así para un puesto delicado. Se trataba de recoger toda la información sobre las incidencias nucleares que se produjeran en España y coordinar la respuesta. Protestó -no tenía el perfil-, pero muy débilmente El presidente... Así pasaron seis años. Se metió en hipotecas y en el 89 pasó un mal rato: el PSOE había obtenido la mitad absoluta. No era un maestro,- ni un experto en asistencia social, ni un ingeniero nuclear, por supuesto. Tampoco era un experto en informes de coyuntura: en eso trabajó -ya en Moncloa- hasta el otro día, que llamó por teléfono, preguntó cómo estaban las cosas por aquí, y sin venir mucho a cuento, la verdad, soltó con fiereza y melancolía que sólo la derecha no tiene problemas de identidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 30 de mayo de 1996