Tribuna:Elecciones 3 de Marzo
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Jordi González y 'la guerra fría'

El despiste de los analistas más celtibéricos ha sido monumental en estos últimos años. Pujol, según ellos, andaba por la Moncloa como Perico por su casa. El ubú rei catalán movía a Felipe como a un guiñol de Lo + Plus. Y además le había birlado el 15% de la cartera nacional. Por si fuera poco, le había cortado la lengua a los inmigrantes que, como todo el mundo puede comprobar, en Barcelona hablan por señas. Vista de águila. Pues sucede exactamente lo contrario. Todo ha sido una maniobra de Felipe para emigrar del yermo monclovita, llevarse los bonsais a Montserrat, presidir la Generalitat y convencer a Pujol de que promoviese la revolución liberal-textil en el resto de España.González es el máximo exponente de una nueva etnia surgida en la España del siglo XX. González es un andaluz muy catalán. Hubo un rey Abderramán que contó los días realmente feIices de su vida y le salieron 13. Daba la impresión de que uno de esos días felices de González fue el que vivió ayer en el Palau Sant Jordi. El mitin socialista más concurrido de la historia de la democracia.

Al contrario que Anguita, que la tiene por la peor de España, Felipe elogió a la burguesía catalana. Y lo hizo el día anterior, ¡en Andalucía! Los días de ternura, sus detractores dicen de él que es un Pinocho sevillano, un mentiroso que se cree sus mentiras, pero en ese caso deberían reconocer que es un Pinocho coherente, pues no le he visto cambiar de nariz en el puente aéreo como hacen los nuevos lerrouxistas. La peor burguesía del mundo, según González, es la andaluza, que no ha dado un duro por su tierra.

González estuvo casi tan catalán en Cataluña como en Andalucía. En el mitin de Cádiz había un público de caña jornalera y madres proletarias con rosas y prole. Los únicos burgueses que había por allí eran los oradores. Y por si fuera poco, uno de ellos catalán. Felipe González.

Los años que pasaron fueron una buena oportunidad para sellar la llei del amor entre Cataluña y España, que pedía el buen republicano Joan Maragall. Pero pilló a contrapié y con una mosca en cada oreja. Como después de Yalta, vuelve el ambiente de guerra fría. La cuestión en esta campaña no es con quién hay que entenderse sino contra quién hay que defenderse. Y es también una guerra fría porque el enfrentamiento consiste en levantar muros de vergüenza como en Berlín. Cada pugil vaga solitario por el ring peleándose con un rival invisible. Aznar es árbitro de sí mismo y se levanta las manos triunfal en Mestalla. Y Felipe araña votos, fajándose contra la negra sombra.

Tras la inyección catalana, toda la esperanza socialista está puesta ahora en Smiley, el agente de John le Carré. En el argot de los espías este Smiley es el que anda despertando a los agentes quemados o dormidos. En Madrid reapareció algún intelectual que otro. En Cádiz, Rafael Excuredo. ¿Cuántos anónimos agentes dormidos tendrá el PSOE? La otra táctica es la de contraespionaje. Los últimos apoyos a Aznar son recibidos con júbilo por el MI-5 socialista. Julio Iglesias, en política fiscal. Raphael, en cultura antifranquista. Gil, en tolerancia y zoosemiótica. Cosas de la guerra fría.

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